Vivian Maier

Vivian Maier

La pasión oculta de una niñera

 

por Pepe Calvo

 

 

Esconder la obra de arte no es lo mismo que destruirla. Vivian Maier ocultó su trabajo y lo abandonó en manos de otros. Mark Brown.

 

Esta es la historia de una mujer desconocida, que se convirtió en una celebridad al poner en manos de otros todo un tesoro que fue recogiendo en las calles a lo largo de su vida. Poseedora de una existencia silenciosa, llena de discreción, con un trabajo anodino, podríamos decir alimenticio, que debió realizar muy eficazmente, pero que no fue suficiente para que alguien se interesara por intimar con ella y por lo que hacía en su vida privada, en su tiempo libre. A lo largo de su vida, posiblemente de forma inconsciente, dentro de su evolución personal, fue construyendo una trama que contenía un misterio a resolver. Nadie descubrió su secreto, parecía llevar una vida tan banal que no tuvo amistades de relevancia afectiva, cuando existía en ella la personalidad de una extraña artista con un mundo propio que convertía en arte todo aquello donde posaba su mirada. Nadie supo reconocer que estaba ante una artista excepcional.

 

 

 

El extraordinario misterio de la niñera

Hasta poco antes de que le sobreviniera la muerte no se supo, ni se descubrió el archivo que atesoraba. Una colección de más de cien mil negativos fotográficos, que ella misma había registrado. Joyas en bruto que habitaban acomodadas en la indigencia de su propietaria y realizadora. Su trabajo como niñera encerraba una pasión que permaneció oculta hasta poco antes de su muerte.

Buscando en la banalidad de lo cotidiano las inflexiones furtivas de la realidad y sus imperceptibles fisuras halló la belleza de lo anodino trasmitiéndolo a sus miles de negativos, poniendo en valor su deslumbrante mirada.

Convertida, por derecho propio, en uno de los mayores referentes mundiales de la fotografía documentalista, es uno los personajes más fascinantes y mediáticos de la fotografía contemporánea.

Su nombre, Vivian Dorothy Maier. De origen europeo, nació en Nueva York en 1926; madre francesa y padre austriaco. Durante su infancia pasó la mayor parte de su tiempo entre Francia y EE.UU. Su padre abandonó a la familia y ella se quedó con su madre. Fue en suelo francés donde conoció a una amiga de esta, la fotógrafa surrealista Jeanne J. Bertrand, de quién adquirió el amor por la creación de imágenes fotográficas.

A los 25 años regresó a Nueva York con la única compañía de una cámara Rolleiflex 6×6, su gran cómplice. Adoptó el trabajo de niñera, labor que realizaría durante el resto de su vida. Era una mujer culta, a su manera; asistía mucho al teatro y allí realizaba un aprendizaje para mejorar el idioma inglés. Solía comprar libros de arte y fotografía, aprendiendo a fotografiar de forma autodidacta e incluso trabajaba sus copias en un precario laboratorio instalado en un minúsculo cuarto de baño, teniendo como testigos íntimos la emoción y la imaginación; disparaba el obturador de su cámara de forma implacable, siendo exigente con ella misma, buscando crear composiciones perfectas que se adecuaran al discurso que pretendía enfocar, con una sensibilidad y entrega fuera de lo común, mostrando en la sutileza de su mirada el lenguaje visual de su época.

En 1956 va a vivir a Chicago. Un nuevo escenario para sus fotografías. Allí continúa dedicándose a su labor habitual de cuidadora de niños, viviendo en casa de una familia en la zona de Rogers Park, donde tenía un cuarto de baño anexo a su dormitorio que utilizaba como laboratorio donde revelaba sus fotos. En esta época es cuando descubre la fotografía en color utilizando carretes de diapositivas Kodak que impresionaba a través de distintas cámaras réflex que había obtenido de segunda mano.

 

Vida secreta

Durante su vida, nadie descubrió su labor secreta hasta que la casualidad hizo acto de presencia y la convirtió en un fenómeno mediático. El azar tenía un nombre cuando entra en escena un importante personaje clave en esta historia, John Maloof, un joven historiador que buscaba material para escribir un libro sobre la historia de un barrio de Chicago. Estamos en 2007, dos años antes de la muerte de la niñera fotógrafa.

En la subasta de un mercadillo, Maloof compró un archivo de fotografías, entre rollos de negativos sin revelar y positivos, por cerca de cuatrocientos dólares. Lo revisó detenidamente dándose cuenta de que no era lo que buscaba y revelando parte de los negativos comenzó a revender las imágenes resultantes a través de internet, hasta que un reputado estudioso de la fotografía contemporánea, Allan Sekula, historiador y crítico, se puso en contacto con él para evitar que siguiera malvendiendo aquel material prodigioso. Así, Maloof fue consciente de su suerte al haber rescatado aquel archivo, auténtico tesoro, que sin su intervención posiblemente no hubiera sido descubierto y su autora continuaría, quizás, en el anonimato; el milagro se hizo palpable al comprobar que se hallaba ante imágenes portentosas, realizadas con un talento poco frecuente, fragmentos de vida urbana que componen toda una equilibrada narración sobre la verdad que encierran las ciudades y sus habitantes.

La investigación inicial que había conducido al joven historiador hasta la obra de Vivian Maier fue por otros derroteros, dejando de lado la historia de Chicago para centrarse en la de este trabajo singular y en su creadora. Su primera idea fue entrar en contacto con ella, pero supo por los subastadores que era una anciana enferma y nadie conocía su paradero. Visitando a las familias donde había trabajado consiguió más material fotográfico que había dejado abandonado… “Era socialista, feminista, campechana y amante del cine”, comentaban de ella. “Vestía con camisas y chaquetas, y zapatos de hombre y un enorme sombrero cubría habitualmente su cabeza. Siempre la veíamos con una cámara colgada sobre su pecho, que suponía un rasgo importante de su presencia; sabíamos que hacía fotos, pero nunca nos las enseñó”.

Continuó buscándola obsesionado con la idea de conocerla y hablar con ella, pero la muerte se le adelantó. Maloof confirmó que se encontraba ante una artista con un deslumbrante trabajo que defendió y consiguió que fuera aclamado mundialmente. Una maniobra del destino la convirtió en una de las más prodigiosas fotógrafas de la Historia de la Fotografía.

Vivian Maier salía a fotografiar no lo que encontrara, lo que la casualidad le deparara, lo que le salía al paso, pues sabía bien lo que le interesaba, aquello que quería que formara parte del relato que deseaba contar.

Es raro que una personalidad tan extraordinaria no haya despertado el interés de algún productor cinematográfico para hacer una película sobre su vida. Solamente consta la existencia de un filme escrito, dirigido y producido por su descubridor, el joven historiador John Maloof junto a Charlie Siskel, “Finding Vivian Maier”, que participó en 2015 como nominado a los premios Oscar de la Academia de Hollywood, en la categoría de mejor documental. Una incisiva reflexión sobre el rol del artista y la obsesión inherente de mostrar su legado al mundo.

La mujer desconocida más célebre

La vida de Vivian Maier está llena de enigmas, de páginas en blanco. Observadora incansable de los demás, pero también de sí misma, con sus autorretratos ha realizado un implacable acercamiento a la realidad de la que fue una valiosa personalidad indispensable en la fotografía documentalista contemporánea.

Más allá de la anécdota, nadie imaginó que era una fotógrafa consumada que había recorrido las calles de Nueva York y Chicago cada fin de semana durante cuatro décadas y que había llegado con su cámara a Francia, India o Egipto, armada de paciencia, consistencia y perseverancia y ahora, después de muerta, está en los museos más importantes del mundo.

 

Presencia magnética

Una mujer sobria en sus contenidos, podía hacer fotos de lo que le viniera en gana, pero sus elecciones fueron siempre interesantes, privilegiando la fotografía de calle con un marcado cariz humanista, colándose en el encuadre constantemente para representarse pareciendo dar a entender en estos autorretratos que la fotografía era su auténtica profesión, y que el oficio de niñera era únicamente un pasatiempo.

Las fotos que realizaba de sí misma, apuntando con su cámara a los espejos y escaparates, muestran un notable equilibrio en la composición que resulta espontánea al mismo tiempo que de estudiada planificación, capturando su reflejo con cuidadosos matices, quizá narcisistas, pero sobre todo mostrando una presencia magnética e inquietante, cargada de misterio. Cada uno de sus autorretratos parece profundizar más en los secretos de su vida en lugar de darlos a conocer y disipar dudas.

 

 

Melodrama

Basado en una meticulosa investigación, Ann Marks revela en su libro Vivian Maier developed, biografía definitiva de la fotógrafa, que había enterrado tan profundamente su pasado que incluso las familias para quien trabajaba sabían poco de ella, lo que guardaba para sí misma. Rechazada por sus padres, había vivido rodeada de elementos inherentes al melodrama novelesco, una historia llena de ilegitimidad, bigamia, violencia y enfermedad mental de la que había huido para vivir la vida dictada por sus propios medios. En su carácter existía una capacidad limitada para formar relaciones pues parecía ignorar la importancia de revelar sentimientos. Con una resiliencia ilimitada consiguió rebelarse ante los obstáculos que aparecían en su camino. Quizá nadie conocía con claridad que tras el barniz que la ocultaba, había una mujer profundamente empática e inteligente, una superdotada llena de creatividad. Parecía vivir una existencia moderadamente feliz, habiendo superado todo el teatro siniestro de la vida familiar en que había transcurrido su infancia y adolescencia.

 

Tras su muerte en la indigencia y en el anonimato artístico, una vez descubierto el pastel, su quid secreto, la prensa de todo el mundo se volcó en ella:

 

“Una modesta niñera de Chicago llamada Vivian Maier fue una pionera de la fotografía callejera, al mismo nivel que Helen Levitt, Lisette Model, James Weegee, Harry Callahan, Garry Winogrand, Diane Arbus, Robert Frank y Saul Leiter, pero durante sesenta años nadie lo supo. The New York Times Style Magazine.

 

“Una artista desconocida cuya fotografía es ahora comparada con los grandes fotógrafos que, después de su muerte, está atrayendo el tipo de atención y aclamación que habría evitado en vida”. The Huffington Post.

 

“Sus autorretratos no la convierten en el centro de atención, sino en una presencia inquietante registrada solo en destellos y sombras”. Wall Street Journal.

 

Para el escritor español Antonio Muñoz Molina “Vivian Maier es el resumen de toda la gran fotografía americana del siglo XX y al mismo tiempo tenía una manera de mirar afiladamente propia, una sinuosa originalidad que escapaba de cualquier tentativa de clasificación”.

 

Dejó cintas de conversaciones con desconocidos y tubos de carretes fotográficos que contenían dientes de leche de los niños a quienes había cuidado; en una de las películas en super 8 que el coleccionista John Maloof encontró, Maier había comentado su idea sobre la vida y el paso del tiempo. “La vida es como una rueda, tenemos que dejar sitio a los que nacen después. Cuando llegas al final, otros tienen la misma oportunidad de vivir y ocupar tu lugar, así es siempre igual. No hay nada nuevo bajo el sol”.

 

Solo llegó a ver una pequeña parte de la inmensa mayoría de fotos que realizó, al ser reveladas por Maloof después de su muerte. Los últimos años de su vida continúan teniendo elementos melodramáticos. Vivía en una casa alquilada, costeada por tres hermanos a los que había criado en su trabajo de niñera, cuando eran pequeños, que se ocuparon de ella hasta el día de su muerte en 2009. En diciembre de 2008, resbaló sobre el hielo mientras caminaba recibiendo un gran golpe en la cabeza. Fue trasladada a una residencia de ancianos, falleciendo meses después a la edad de 83 años. Su fallecimiento se contempló como el de una mujer mayor sola, una ex-niñera, sin concederle la menor importancia. Nadie pudo suponer que estaba ante una genial fotógrafa que durante cuatro décadas había realizado una poderosa obra sobre lo que ocurría en los escenarios callejeros, documentando al mundo a través de un lenguaje propio y composiciones técnicas notablemente afinadas que contenían la inmediatez de la verdad llena de poesía. Se podría pensar de ella que era una perdedora, pero la obra que creó significa lo contrario.

 

Vivian Maier, la mujer que cautivó al mundo póstumamente con sus magistrales imágenes y su extraordinaria vida misteriosa, se convertió en uno de los mayores descubrimientos fotográficos de su época.

No se sabe por qué eligió mantener secreta una afición que le importaba tanto y para la que demostraba tanto talento. Ese es uno de los grandes enigmas de su vida.

En el centro de su misterio existen algunas cuestiones que plantea Francisco J.R. Chaparro en su artículo, publicado en el número 195 de la revista “Descubrir el Arte” ¿Por qué Vivian Maier no mostró jamás a nadie las fotos que hacía? ¿Es lícito mostrarlas ahora que ella no está?, desde luego es lícito, pero ¿es ético? ¿Qué pensaría ella de hacer pública una obra que guardó para sí misma?

 

Pepe Calvo, 2022

Editor de Hünter Art Magazine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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