Philip-Lorca diCorcia

Philip-Lorca diCorcia: La mirada de un artista
Por Luís Francisco Pérez

 

Hace algo más de dos años se publicó en el suplemento cultural Babelia un texto magnífico (lo tengo guardado) de Nora Catelli titulado Roland Barthes, el lector irreprochable y que recomiendo su lectura por la finura con que replantea antiguos enigmas (o mejor: paradigmas) que el inagotable RB fue pautando a lo largo de toda su obra (y vida, también, sin duda). Dice Catelli que Barthes «nos enseñó a leer desconfiando de la intención del autor y de las interesadas conexiones entre vida y obra». Ciertamente así es, pero siempre me he preguntado por qué en las artes visuales no existe la figura -tan presente en literatura con el, si bien utópico, «lector ideal»- del «espectador ideal», o al menos aquel que pueda hablar de la desconfianza que le produce tal artista, por muy bueno que este sea, en la relación que establece con su propia obra. El ejemplo que a continuación voy a exponer me sirve para apuntar que la visualidad de las artes plásticas no pasa por una determinada enseñanza del espectador (la misma Vanguardia ya anuló tan decimonónica figura), pero sí del necesario conocimiento por parte de quien mira sobre el «cómo» del mirar del artista. Con respecto a la obra de Philip-Lorca diCorcia no puedo decir que la misma sea, como expresan los anglosajones, «my cup of tea», pero algunos de sus trabajos me dejan ligeramente «alterado», así la fotografía aquí reproducida, perteneciente a una de sus series mejores y más conocidas, «The Hamptons», y que sin duda es una muy compleja representación, o «puesta en abismo», de los mecanismos de la visión. Convengamos que la suplantación de la figura humana por tan plácida pareja animal solazándose ante la visión de la película porno en tan lujoso ambiente es de una inteligente perversión visual que tampoco vemos cada día.

Philippe Lorca di Corcia, Pepe Calvo,

Al igual que el sagaz «fuera de campo» («muerte del autor» otra) donde sitúa a los moradores de tan privilegiada residencia, y que sin la lección maestra de las velazqueñas «Meninas» el autor no hubiera podido resolver de una manera tan admirable como refinada ese complejo campo semántico de miradas y deseos cruzados, de lúbricas ausencias presenciales, y no menos sensuales presencias virtuales: no existe la realidad sino el reflejo panóptico de una pantalla que no miramos pero que nos mira. En efecto, el artista no te enseña para que seas un «mirón ideal», pero los mejores de entre ellos tienen la suficiente inteligencia y generosidad para mostrarte cómo mira él. A partir de esta noble declaración de intenciones ya puede venir todo lo demás, interpretaciones y teorías mil. Esta fotografía me parece muy buena como ejemplo de lo que pretendo decir: se aprende mirando cómo mira el artista. Es decir, un campo semántico (y minado) de pasiones y deseos cruzados, donde tanto el emisor como el receptor salen ganando. El artista por saber seducir muy bien (y se cuelga la medalla respectiva), y el espectador por agradecer la suerte que tiene de ser seducido por una inteligencia privilegiada (y se cuelga la misma medalla y con el mismo valor).

Luís Francisco Pérez
Crítico y teórico de Arte Contemporáneo

 

 

Philip-Lorca diCorcia

El instante decisivo entre realidad y ficción

 

por Pepe Calvo

 

La realidad es un concepto vago, un término subjetivo que conlleva de forma inherente una constante manipulación por los mass media e incluso por fuerzas de las que, quizás, ni siquiera somos conscientes de su existencia.

Philip-Lorca diCrocia.

 

Con un nuevo lenguaje, Philip-Lorca diCorcia, interpreta en su obra el comportamiento humano; creando escenas cotidianas, que combinan verdad y ficción, descubriendo una nueva visión en los géneros fundamentales, comunes a los grandes fotógrafos de la historia, como son el fotoperiodismo, que encierra la fotografía humanista y documental y sus escenarios costumbristas que, junto con el retrato, forman parte importante del bagaje que contiene todo su trabajo, convirtiéndose en una mirada innovadora sobre la fotografía callejera dentro de la imagen contemporánea, concediendo una significativa visión de los personajes que pululan por los diferentes itinerarios de la ciudad, confiriendo a la escena matices puramente cinematográficos donde existe, así mismo, una interesante lectura que conecta la vida que transcurre delante del objetivo con la del propio artista. Proponiendo reflexiones visuales alrededor de dualidades como natural y artificial, o, real y ficción, redefiniendo la fotografía de calle, mostrando intriga en el caminar de los transeúntes que atraviesan el escenario, que parecen tener historias que contar, aunque estas no se desvelan nítidamente y el espectador debe imaginarlas. Parece ocuparse de temas ordinarios que él sabe dotar de mimbres donde figuran motivos de interés, alejándose de los fotógrafos a los que no quiere parecerse como Lee Friedlander y Garry Winogrand. Siempre interesado en cuestionar la apariencia de la realidad mediante la construcción de escenas que contengan la información precisa para lanzar un mensaje.

 

De raíces italianas, Philip-Lorca diCorcia nace en Conneticut, Nueva York, en 1951. A principios de los años setenta descubre la fotografía en sus clases en la Universidad de Hartford. Diplomándose en 1975 en la Escuela del Museo de Bellas Artes de Boston. Continua su formación en la Universidad de Yale donde obtuvo el Master de Bellas Artes en la licenciatura de fotografía en 1979.

Viaja a Los Angeles donde vive y trabaja fugazmente en el mundo del cine de donde recibe gran inspiración. Todo esto es el resultado de una breve experiencia y una vez de regreso a Nueva York realiza trabajos como asistente de fotógrafos publicitarios.

Comenzó su carrera fotografiando a sus familiares y amigos en interiores: retratos y escenas con sutiles narraciones ficticias en las que existía un poso de dramatismo.

En 1984 desarrolla una carrera independiente; a partir de sus primeras publicaciones en las revistas Fortune, Esquire y algunas publicaciones de viajes de la editorial Condé Nast, comienza a ser conocido como el maestro de la luz artificial.

Más adelante fijó su atención en exteriores, fotografiando a los transeúntes que circulaban por los espacios urbanos, eligiendo siempre procesos en color, aunque era una modalidad infrautilizada en la fotografía que pretendía ser arte pues únicamente se utilizaban en el medio de la publicidad y de la prensa.

 

Maestro de la luz artificial

Desde sus inicios, utiliza trípode y flashes, creando escenarios en los que la fina línea que separa al azar de la improvisación resulta firme en la impronta de su estilo creativo.

Coloca flashes sincronizados con su cámara, situados a gran distancia del escenario que va a fotografiar en espera que surja el sujeto que va a convertirse en protagonista de la toma, que disparará con teleobjetivo. No suele interactuar con los improvisados modelos, por tanto, no tiene permiso para retratarlos como tampoco les paga por ello. Según la ley, no comete ningún delito a pesar de que invade su privacidad, en Nueva York se considera una práctica lícita siempre que sea con fines artísticos.

Esta serie conocida como Stretwork, realizada en los años noventa, propone una suerte de juego basado en una relectura de la teoría del instante decisivo, ese momento crucial en que un fotógrafo dispara el obturador de su cámara. La fotografía callejera ha existido siempre, pero la forma en que diCorcia la realiza es poco común ya que suele fusionar luz natural y artificial, con gran reflexión sobre el tema que aborda, estudiando sus ideas, su composición y muchos de los factores que influyen en su mirada la convierten en un asunto de mayor trascendencia, elevándola a un nivel superior, entrando en el ámbito del arte conceptual. En la espontaneidad de sus obras, se observa el gran legado de la representación del clasicismo en las bellas artes, como así mismo la sencillez e improvisación de sus composiciones deudoras de la cultura cinematográfica.

 

Su obra forma parte de importantes colecciones museísticas como el Metropolitan Museum y el MoMa de Nueva York, Centro Pompidou de Paris, Museo Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio, Tate Modern y Victoria & Albert Museum de Londres y un largo etc.

Entre diferentes exposiciones personales y colectivas a lo largo del mundo, en 2012 el trabajo de diCorcia se incluyó en una gran retrospectiva de Edward Hopper en el Gran Palais de Paris.

 

Hustler

En la ciudad de Los Angeles, encuentra un gran escenario para su trabajo que no es otra cosa que escenas que podrían formar parte de un film noir, que tiene como personaje principal a un hombre desclasado: Hustler, que significa estafador o, por decirlo de manera más poética, buscavidas, retratando a los jóvenes que ejercían la prostitución, tratados como un producto en venta rodeados de violencia y sexo. Esta serie realizada entre los años 1990 y 1992, lo coloca, de forma destacada, en el panorama de los grandes autores de la fotografía internacional.

En una zona del Hollywood Boulevard, llamada Boystown y en el paseo que rodea la playa de Santa Mónica, donde los muchachos llegaban soñando con fama y dinero, con la idea de formar parte de la Meca del Cine y mientras sucedía el milagro ponían en práctica el pequeño negocio de vender su cuerpo. DiCorcia realiza acciones articuladas entre mercancía, precio, prostitución y obra de arte, pues en cada una de las imágenes aparece hasta el precio junto al titulo de la pieza, como ejemplo mencionaré uno de los títulos:  Eddie Anderson, 21 años, Houston, Texas, $20.

Es este un trabajo totalmente planificado donde crea brillantes atmósferas en interesantes escenarios en el que los modelos permiten ser encuadrados de forma realista ayudando a transmitir el discurso del autor, poniendo rostro a los diferentes personajes que transitan en las profundidades de la ciudad en actitud carnal e incluso violenta. En esta serie cuenta con un equipo de producción patrocinado por el Gobierno norteamericano, a través de una beca. A cada uno de los chicos que intervenían en las fotografías, diCorcia les pagó por posar la misma tarifa que cobraban como si se tratara de un servicio sexual, alrededor de unos veinticinco dólares por sesión. Las fotografías de la serie Hustler son una especie de film still que podrían pertenecer a recreaciones teatrales de ficticios documentales en las que se intuyen narraciones de tramas que no están resueltas: el autor pone una semilla en la que cuenta con la mirada del espectador que debe imaginar la historia vital del sujeto fotografiado, absorbiendo los elementos que configuran la imagen, formando una recreación de escenas cotidianas del devenir diario del retratado que se convierte en actor protagonista dentro de escenas de carácter rutinario que contienen aspectos poéticos, tanto en la descripción del ambiente como en la actitud del modelo .

Supone un arriesgado trabajo en el que provoca un nuevo sentido a géneros fotográficos ya conocidos, afines al autor, como todo lo relacionado con la fotografía callejera, en la que configura un nuevo enfoque visual con el talento propio de un maestro.

 

Eleven

Tentado por la fotografía de Modas, trabajó para la revista W durante once años, lo que le llevó a viajar a diferentes ciudades; esta obra ha quedado reflejada en uno de sus últimos libros, Eleven: W Stories, editado por Freedman Damiani.

Realizado entre los años 1997 y 2008 para la mencionada revista W, es este uno de los grandes trabajos de diCorcia cuyas imágenes han sido realizadas en diferentes escenarios alrededor del mundo como París, La Habana, San Petersburgo, New York, Los Angeles y Bangkok, donde figuran algunos retratos de personalidades del mundo del cinema y de la moda como Sigurney Weaver, Julianne Moore, Isabelle Huppert y Marc Jacobs, en el que, igualmente, nos muestra escenas del callejero de estas grandes ciudades, a través del singular lenguaje a que nos tiene acostumbrados, mostrando su honesta visión sobre el costumbrismo y su manera de entender la sensualidad y la elegancia en sus composiciones para los grandes diseñadores del mundo de la Moda.

 

 

 

Goya

En numerosas ocasiones ha viajado a España, considerando que el Museo del Prado es uno de los museos más fascinantes del mundo y su lugar de referencia en la ciudad de Madrid, según dice las pinturas negras de Goya son una de mis grandes influencias.

 

El azar tiene sus reglas

Su obra puede describirse como aquella que desarrolla los sucesos banales de la cotidianidad, construyendo imágenes armónicas en las que impera una conciencia emocionante basada en la psicología que hallamos en las circunstancias de la vida real. Por medio de una estudiada iluminación, como es habitual, crea escenificaciones aparentemente sencillas que contienen una gran complejidad, destacando un notable equilibrio compositivo, proyectadas con minuciosidad en las que intervienen muchos elementos que parten con una importante carga de dramatismo, conceptos e ideas que existen a caballo entre lo imaginado, lo creado y lo encontrado a través de distintas reglas improvisadas por el azar, necesarias para la configuración de la imagen, que envuelven toda la planificación, incluido el mensaje que quiere trasladar al espectador, planteando en ellos una característica visión cinematográfica. Es necesario que la imagen conseguida sea mejor que la idea imaginada; cuando esto sucede es cuando realmente ha conseguido su objetivo.

 

A través de la imagen

¿Qué existe más allá de la imagen fotográfica? ¿qué se pretende comunicar con ella? Es necesario entender el proceso fotográfico y bucear en el discurso del artista pues, no todo es evidente en la superficie de una imagen; una fotografía conlleva diferentes ideas y mensajes que el espectador debe saber leer observando con atención el concepto de su punto de partida y el resto de todos los elementos que configuran el encuadre, el decisivo instante en que la imagen ha sido conseguida es de suma importancia, teniendo en cuenta dos factores como son la técnica y los elementos narrativos que la componen. Se ha de ser minucioso en la interpretación de los detalles que la constituyen, de la intuida y posible improvisación, encajando todas estas ideas es donde la obra cobrará sentido, detrás de la esencia puramente casual, la mirada ajena del espectador influye en la imagen de forma radical, mientras el azar puede envolverlo todo.

 

Final

En la obra de Philip-Lorca diCorcia encontramos un complejo estudio de la personalidad de la gente común que nos rodea en la vida cotidiana, a través de un perfecto ejercicio formal partiendo de composiciones sencillas mostrando la complejidad de la realidad en que se hallan ubicadas.

 

Pepe Calvo, 2022

 

 

 

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