Pepe Gimeno

PEPE GIMENO: EL PRIVILEGIO DE LA FORMA

Pascual Patuel

Universitat de València

“Me gusta que mi obra crezca despacio, como un árbol centenario”

 

El período de la Postmodernidad coincide en España con el final del Franquismo y el inicio de la Democracia. La nueva generación de artistas que empezó a trabajar en la segunda mitad de años setenta del pasado siglo ponía fin a un largo período de la Historia del Arte dominado por el desarrollo de las llamadas Vanguardias Históricas y Neovanguardias y su incesante interés por la renovación continua de los lenguajes artísticos. El término arte moderno empezaría a ser utilizado por Charles Baudelaire a finales del siglo XIX y ha dado pie a la aparición del concepto de modernidad, proyecto que en el ámbito artístico se inicia en el Siglo de las Luces (siglo XVIII) y que tiene su momento de mayor alcance en el fenómeno de las citadas Vanguardias Históricas. Ser moderno implicaba rechazar lo antiguo, exaltar lo nuevo y continuar un camino de progreso lineal que alumbrara nuevos movimientos artísticos, los cuales tenían la vocación de convertirse en lenguajes universales y sustituir a los inmediatamente anteriores.

 

Este anhelo de renovación incesante empieza a agotarse en los años setenta y da paso a un nuevo ámbito conocido como Postmodernidad. El fenómeno “post” apunta ciertamente a un cambio de dirección y no es exclusivo del arte. Constituye una nueva orientación que detectamos también en otras áreas de la cultura como la literatura o la filosofía. En el contexto artístico, surge inicialmente en arquitectura. Desde la arquitectura, el nuevo enfoque se hizo extensivo a la plástica. La Documenta VII de Kassel de 1982 puso de manifiesto este nuevo horizonte. Su comisario Rudi Fuchs la presentó como el fin de la vanguardia y la aceptación de la diversidad de estilos y contrastes.

 

La postmodernidad está en contra de la búsqueda incesante de la novedad, la despersonalización y la desmaterialización de la plástica que predicaban los accionismos y el mismo Arte Conceptual. La recuperación de lenguajes de la tradición artística anterior se convertirá en un procedimiento de trabajo habitual entre los creadores. El artista es libre para deambular por cualquier época o lenguaje anterior, adoptando libremente referencias de otros movimientos que considere adecuados. Esta situación dará lugar a un amplio abanico de posibilidades, que van desde la pintura abstracta hasta diversas corrientes figurativas de un pasado más o menos reciente.

 

En este contexto debemos situar la labor pictórica de Pepe Gimeno (Vilches. Jaén, 1953), un artista nacido fuera del ámbito valenciano, pero residente en Alicante desde 1976 y plenamente integrado en nuestra cultura y vida artística. Sintió la fascinación por el dibujo desde su más tierna infancia y en estas primeras tentativas ya aparece el interés por la forma: “Mi inquietud por el dibujo empezó desde muy niño, en la escuela, con las primeras libretas. Trazar sobre aquellas superficies lisas y blancas una simple raya con el lápiz o la pluma, me parecía fascinante y realizar aquellos dibujos que copiábamos de las enciclopedias, una tarea que siempre esperaba con fruición. Ahora pienso que esas primeras hojas de libreta fueron mis primeros lienzos, era la misma sensación que luego tuve al pintar más tarde ante superficies de tela mucho más amplias”.

 

Su residencia en Madrid, entre 1966 y 1976, fue un laboratorio de experiencias. Ávido de aprender, visitaba el Museo del Prado, con la idea de conocer los secretos de los grandes artistas. Pero paulatinamente fue descubriendo el arte de su tiempo que marcaría definitivamente su futuro. Se dio cuenta que el realismo tradicional había sido superado por la fotografía y había que explorar nuevos caminos que le permitieran encontrarse y expresarse a sí mismo.

 

Se inicia en el aprendizaje del arte de manera autodidáctica a principios de los años ochenta, con las dificultades de concepto y técnicas de cualquier principiante. Tras unos inicios realistas su lenguaje fue evolucionando lentamente hacia composiciones cada vez más sueltas y personales que abandonaran la idea académica de mímesis. Casi inconscientemente iba caminando hacia la abstracción a fuerza de huir de la pintura tradicional. Llegó a la conclusión de que el artista no lo es simplemente por el dominio de un oficio aprendido que busque el virtuosismo. Este oficio es el principio sólo de un camino que cada pintor debe recorrer por sí mismo. Su vocación, constancia y relación con exposiciones, galerías y museos le ayudaron a ir desarrollando un universo propio que en estos momentos goza de una clara madurez dentro del ámbito de la Abstracción Geométrica.

 

Nunca se planteó a priori la utilización de la geometría como vehículo de comunicación y expresión artística. Este lenguaje no constituyó para él un fin en sí mismo, sino sólo un vehículo expresivo para acercarse a su propia necesidad de expresión. Constituye más un punto de llegada que un punto de partida. La geometría se fue convirtiendo en un lenguaje apto y adecuado a su personalidad por su pureza de formas y la restricción cromática a los colores básicos.

 

Hombre de su época, descubriría en la década de los noventa las posibilidades plásticas de la tecnología digital, en especial para un artista que hace de la forma y el color la razón de ser de su trabajo, en relación con su faceta profesional de diseñador gráfico. Con la ayuda del ordenador puede calcular con mayor rapidez y precisión todo un mundo de combinatoria formal y cromática que sirve de punto de partida para la creación artística. Tras esta primera fase está ya en condiciones se “seleccionar” y “decidir”, basándose en su instinto artístico, aquellas soluciones consideradas más idóneas o con las que se siente más identificado. Finalmente sólo resta materializarlas mediante impresiones digitales o técnicas tradicionales de pintura.

 

En 2002, con motivo de una exposición, se hacía eco de las dificultades de integrar arte y técnica: “Algo traumático fue dejar materiales, herramientas y grandes formatos que me llevaban por un camino conocido y seguro, para trabajar de forma incierta, empezando de nuevo y sin referencias anteriores, con un frío aparato que sólo podía materializar mis horas de trabajo en limitadas impresiones de tinta y en pequeñas y simples hojas de papel. La decisión me llevó a situaciones y obstáculos de difícil solución que fui sorteando para poder seguir adelante”.

 

Tras estas primeras incertidumbres se ha ido abriendo un horizonte lleno de posibilidades expresivas que fue cristalizando en una serie formada por unas setenta y cinco obras expuestas en distintas ocasiones. A partir de estos logros su pintura ha ido experimentado un proceso de madurez, basado en buena medida en la depuración formal que se concreta en un abandono paulatino de los efectos considerados tradicionales en el oficio del pintor (pincelada, tratamiento de la luz, perspectiva…) para dirigirse a un arte que busca la expresión del espacio puro en base a la forma y color.

 

Las claves del camino emprendido por Pepe Gimeno estriban en la propuesta del espacio de raigambre euclidiana, con una austeridad cromática que busca la reducción a los colores prácticamente primarios, en especial el azul y el rojo, con la presencia del negro. Con estos elementos tan simples es capaz de explorar todo un mundo de relaciones formales, basadas en el equilibrio, simetría, proporcionalidad y complementariedad cromática entre tonalidades frías y cálidas. Sus propuestas, más allá de la anécdota discursiva, buscan en el logos su razón de ser. Una estética evidentemente racional, pero llena de sugerencias que la alejan de la frialdad tradicional de las corrientes históricas de esta tendencia. Los ritmos que gravitan por sus superficies, los diálogos formales, la presencia de ese rojo poderoso como el sol del Mediterráneo, etc. son toda una serie de recursos que hacen de la pintura de Pepe Gimeno, todo menos frialdad y estatismo geométrico. Como él mismo señala: “intentar llegar de forma directa a la naturaleza esencial de la pintura, llegar a una verdad que no cambia porque no es una apreciación subjetiva, es la naturaleza de la pintura misma, algo objetivo, inmutable”.

 

Estamos ante una obra carente de preocupaciones iconográficas. Surge como resultado de un proceso de investigación del espacio formal, en base a una reducción sistemática de la realidad plástica, hasta llegar a propuestas que descansan en la línea, el plano, el color y el espacio. Una pintura de esencias, que prescinde de toda anécdota y pretende alcanzar el sublime fundamento de la naturaleza: la forma y el color. Su reflexión estética nos recuerda las palabras del propio Piet Mondrian, cuando en su escrito titulado Realidad natural y realidad abstracta señalaba: “No debemos mirar más allá de la naturaleza sino, mejor, a través de ella: debemos ver más profundamente, nuestra visión debe ser abstracta, universal”.

 

Si hacemos un esfuerzo por comprender los elementos constitutivos de su propuesta plástica veremos que toda su energía se dirige a la captación y representación de la pureza y autonomía del espacio, entendido en palabras del propio Mondrian como: “una creación plástica de relación equilibrada y determinada: ya que la relación equilibrada expresa de forma más pura la universalidad, la armonía, la unidad inherente del espíritu”. Nuestro artista utiliza la geometría como una ordenación lógica y precisa del pensamiento acerca del espacio, elaborada a partir de los datos provenientes de sus “vivencias-reflexiones” personales. Pero este espacio está habitado por la forma y juntos configuran una realidad superior que no representa ni significa nada, simplemente existe y desarrolla una dinámica de interactividad entre todos los elementos integrantes.

 

Desde este concepto espacial, nos hemos de plantear cuáles son las características que presenta el espacio de nuestro artista. Salta a la vista su carácter estructural, porque cada componente que lo integra remite a la totalidad de los demás y viceversa. Existe un entramado lógico, previsto por el artista, en el que todos los elementos tienen personalidad propia. También presenta un decidido carácter dinámico, porque la relación que se establece entre forma y ámbito no ofrece un aspecto estático, sino que está dotada de fuerte vitalidad, ya que entre unas formas y otras se producen tensiones diversas entre las que media el propio ámbito envolvente, muchas veces representado por la presencia del negro. Por ello, debemos indicar que la consecuencia lógica de toda esta actividad artística no origina una geometría inerte, sino un espacio dotado de vida propia. Asimismo presenta una clara vocación objetiva, ya que la obra es el resultado de transferir al lienzo la experiencia misma de la forma por sí misma, sin referencias figurativas. Además goza de una gran austeridad, puesto que prescinde de la anécdota narrativa para concentrarse en la sola presencia de la forma, o como señalaba Lazslo Moholy-Nagy: “El arte de nuestro tiempo tiene que ser elemental, preciso y universal”. Esta austeridad la consigue nuestro artista con la ausencia de contrastes lumínicos, el gusto por la planimetría, la ausencia de texturas o gestos pictóricos y el empleo de colores planos, sin gradaciones que puedan sugerir la idea de volumen. A veces casi podemos tener la tentación de ver en su obras elementos procedentes del Minimal Art.

 

Llegados a este punto de nuestra reflexión cabe preguntarse dónde reside el código de belleza en las pinturas de nuestro autor. Estamos ciertamente ante un arte cuya belleza se identifica con la percepción de relaciones. Una verdadera poética de la forma, que propugna una reducción de lo artístico al campo de la matemática, a través de la combinatoria y la estadística, y en la que no se descarta el uso del ordenador para poder acceder más fácilmente a las distintas posibilidades de sintaxis espacial. Estamos ante una estética basada en la armonía de la forma que contribuye positivamente al reposo de la mente en un mundo lógicamente perfecto, que contrasta a veces con las contradicciones de la vida cotidiana. Ciertamente la percepción de las obras es a través de los sentidos, para poder captar la armonía interna de forma y color, que es tan capaz de desencadenar en nuestro espíritu emociones de la misma densidad que el arte figurativo.

 

En conclusión, Pepe Gimeno nos invita en cada una de sus obras a un viaje donde razón y emoción van de la mano para suscitar en nuestra sensibilidad verdaderas vivencias a partir de un cosmos ordenado por la forma y el color.

 

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