Paco Sepúlveda

EL MUNDO SIGUE

Fernando Fernán Gómez

 

por Paco Sepúlveda

      

Dentro de las muchas actividades fuera de norma que practicaba en mi juventud, una de las que se llevaba la palma era la periódica compra del semanario “El caso”.

 

La ensimismada lectura de una serie de sucesos narrados de una forma en que el término “sensacionalismo” se quedaba corto, espoleaba mi imaginación adolescente hasta límites paroxísticos.

Asesinatos, secuestros, violaciones, mutilaciones y matanzas varias provocaban en mi persona una repulsa tan grande como grande era mi fascinación lectora. Entiendo que la razón radicaba en que la exposición era tan morbosa y terrible que, de una manera inconsciente, tomaba distancia a la manera de un espectador que contempla una obra de ficción.

 

Pero aquí no había trampa ni cartón. La España negra no daba tregua. Desde las atrocidades del crimen de Cuenca hasta la salvaje matanza de Puerto Hurraco, el sangriento material que nos daba la parte oscura del ser humano no sólo llenaba publicaciones varias, sino que también constituía la base narrativa de obras artísticas de lo más variado.

 

Esa parte “fea” de nuestro país, con su germen en ocasiones en el analfabetismo, la codicia y la mala sangre, se multiplicaba en los años de la postguerra.

 

España, asentada en el régimen franquista, llevaba en las décadas de los 50 y los 60 un retraso de siglos respecto a muchos de sus vecinos europeos.

 

No sólo el analfabetismo estaba tristemente extendido, sino que el intelectual era un elemento peligroso y perseguido, a no ser que comulgara con los mandamientos de un ideario perfectamente estipulado o se sometiera a los desalentadores recortes de la Junta Superior de Censura.

 

“EL MUNDO SIGUE”, la obra maestra de Fernando Fernán-Gómez, es una buena muestra de todo ello.

Pero eso lo descubrimos hace bien poco, concretamente en su reestreno en el año 2015, ya que la película estuvo décadas desaparecida. Es más, se rodó en 1963 y no fue estrenada hasta ¡¡dos años después!! en un pequeño cine de Bilbao, permaneciendo tan sólo un par de días en cartelera. La censura volvía a cumplir con su siniestra labor.

 

Fernán-Gómez, persona valiente y profundamente inconformista, tuvo los arrestos de adaptar a la pantalla, en pleno inicio de la década de los 60, la novela de José Antonio Zunzunegui, que constituía un amplio repertorio de los temas que no se podían tocar en la España de la época.

Zunzunegui, autor con fama de gafe, no puede considerarse el directo responsable del fracaso de la obra. Es imposible que Fernán-Gómez, hombre de preclara inteligencia, no adivinara la nula difusión de la película. Aun así decidió rodarla por un empeño personal, y los espectadores nunca le estaremos lo bastante agradecidos.

 

No deja la obra títere con cabeza, no hay vicio que no toque ni cuestión incómoda que no plantee: la codicia, la violencia, el juego, el adulterio, el alcoholismo, el aborto, la intolerancia, la vileza y, presidiendo la función, la envidia y el odio entre hermanos.

Y todo ello bajo la mirada de un Fernán-Gómez en estado de gracia que, amparándose en un estilo de cariz claramente realista, salpicado de retazos documentales como nunca se habían visto en el cine español, insufla a toda la película de un fatalismo y una pulsión de muerte que acompañan a un espíritu crítico que dispara a todo lo que se mueve.

 

El bisturí del director disecciona sin piedad el cadáver de una sociedad hedionda a través del retrato inmisericorde de un grupo de personajes en que es difícil tarea encontrar un rasgo positivo: unas hermanas que se odian con una saña animal, un padre autoritario e intolerante, una madre buena pero pusilánime, un hermano inútil y ridículamente beato, un marido ludópata y de mano ligera…

Por si esto fuera poco, continúa el cuadro con un grupo de secundarios a cada cual más vil: el jefe que se aprovecha de la desesperación ajena, el parroquiano de taberna que disfruta ridiculizando al más débil, la vecina chismosa a la que brillan los ojos de felicidad cuando se trata de portar malas noticias…

 

Lo que hace aún más incómoda la digestión de las situaciones es el realismo y la tremenda violencia física con que Fernán-Gómez nos relata este carnaval de los monstruos. Demuestra una valentía como cineasta de la cuerda del Buñuel de “Los olvidados” o del Borau de “Furtivos”, quedando el espectador sin asideros a la hora de enfrentarse a una historia tan tremebunda.

Nos deja Fernán-Gómez literalmente sin aire, a través de las híper realistas escenas de pelea, de una puesta en escena asfixiante y de un punto de vista narrativo que corta todo camino hacia la esperanza o la redención.

 

Es de destacar el retrato de Luisa y de Eloísa, las dos hermanas protagonistas. Una Gemma Cuervo en estado de gracia compone una Luisa a la que su mundo le queda pequeño y que no se resigna a su destino, haciendo lo que haga falta para salir de su entorno y forjarse la anhelada seguridad que entiende que sólo puede ofrecerle un hombre adinerado.

Es de una crueldad inusitada el retrato de la Eloísa interpretada por Lina Canalejas, una amargada y sumisa ama de casa que se arrastra ante un marido que la trata como a un perro y la que, aun siendo en la superficie el reflejo de la mujer virtuosa en contraposición a su hermana, es en realidad una reprimida que sueña despierta con los tiempos en que fue una reina local de la belleza, y que odia a su hermana con todas sus fuerzas porque es capaz de dar el giro a su vida al que Eloísa no se atreve por una falta de coraje que tiene que ver más con la inseguridad que con la decencia. Un punto de vista con muy mala baba y muy valiente, y más para época.

 

Aparte de lo meramente narrativo, audaces recursos cinematográficos (el montaje de la subida de Luisa por las escalera del bloque en la vuelta a casa del hijo pródigo, los monólogos con voz en off de la misma Luisa mientras la cámara la recoge en un primer plano modernísimo en que se desmaquilla real y metafóricamente, los mismos monólogos interiores del personaje de Fernán-Gómez en plena fiebre ludópata, la manera en que están rodados los accesos de ira de los personajes) suben varios enteros la ya de por sí alta temperatura de una película sin parangón en el panorama cinematográfico español.

 

Dura, desoladora, violenta, desesperanzada  y tristísima.

 

Sí.

 

Pero también una obra maestra absoluta.

 

 

 

 

 

 

 

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