Literatura
// 08/10/2018
Manuel Fernando Estévez Goytre, Hunter art magazine, Pepe Calvo, escritores españoles,

 
 
 

¡Bajad, malditos!

 

La primera mañana de enero fue fría y perezosa. De no ser por el tímido resplandor que coronaba la sierra se diría que el sol se había olvidado de salir tras la celebración de la última noche del año. La tapia del cementerio, como todos los días a esa hora, esperaba con resignación la llegada de un nuevo camión.
Aquel día me había tocado a mí. Otra ironía más del destino, porque esperaba la visita de mi mujer la tarde siguiente. Sin embargo, después de ocho despertares en aquella oscura celda parecía haber llegado mi mala hora, esa que me arrancaría de esta vida para transportarme a otra aún más incierta. La noche anterior, más tarde que temprano, me había echado al suelo helado, cubriéndome con la vieja manta que me había facilitado mi madre horas después de mi detención. Aunque estaba convencido de que llegaría de un momento a otro, aún no conocía la fecha exacta de la «buena nueva» que 1937 traería bajo el brazo.
El suboficial de guardia se apeó del camión y gritó:
-¡Bajad, malditos! –y nos colocó a empujones de espaldas a la tapia.
El pelotón, diez fusileros voluntarios adiestrados en una de las múltiples patrullas que por esos días operaban en los montes de Granada, se apostó a cinco metros de nuestros cuerpos, porque no éramos más que eso, cuerpos a punto de finiquitar su paso por este valle de lágrimas.
-¡Carguen! –gritó el sargento, y el latido de los corazones de los camaradas que tenía a izquierda y derecha se unió al mío sin contemplaciones.
«¡Dios mío, ¿por qué me has abandonado? –me escuché a mí mismo en un susurro afónico y entrecortado que apenas consiguió escapar de mi garganta. Pero Dios no respondió. Me dejó solo y abatido en el peor momento de mi vida-. Quiero despedirme de mi esposa, solo te pido un amanecer más».
Alcé la vista al cielo y observé, si es que algo podía observar en ese instante de ausencia vital, cómo el nubarrón que escondía la ciudad de la luz solar empezaba a batirse en retirada. El Mulhacén, por fin, se había decidido a abrir sus puertas al sol, que resplandecía tras el manto blanco del rey de las alturas. Escuché los primeros gorjeos y el rumor del arroyo que minutos atrás parecía haber sido absorbido por el silencio de la noche, pero me sentí muy desgraciado cuando pensé que ninguna de las delicias que me brindaba la naturaleza podría detener la siguiente voz del suboficial, que ya asomaba por sus labios de ave rapaz.
-¡Apunten! –volvió a gritar, tejiendo una tela de araña rojiza sobre el velo de sus ojos.
Los latidos de los cuatro restantes condenados se unieron a los nuestros, que previamente habían unido fuerzas para luchar contra el enemigo común. Noté cómo mi aliento iba perdiendo vigor, me asfixiaba, y todo parecía dar vueltas a mi alrededor.
Sin mover un sólo músculo, mi vista buscó la figura omnipotente del sargento, que mostraba cada vez un rostro más anguloso y un cuerpo más tenso. El suboficial cerró los ojos y gritó:
-¡Fuego!
Tras el estruendo de los disparos sentí un aguijón clavarse en mi pecho y un espasmo que me devolvió a la oscuridad de mi celda. Pese a la baja temperatura me sorprendí empapado en sudor.
Pero vería un nuevo amanecer…

Manuel Fernando Estévez Goytre
Alicante, diciembre de 2017
 
 

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– Entre la vida y la suerte II –

 

Las malas experiencias nunca vienen solas. Lo acepto. Sin embargo, se escuchan tantos proverbios, refranes o máximas de labios de quienes no fundamentan sus argumentos, que como en el cuento del lobo nunca había imaginado que cualquier día sería yo el elegido. Me gusta pensar, me consuela enormemente, que la mala praxis de la clase dominante, la crisis y, por qué no decirlo, el abuso de poder de las personas que lo ostentan son los responsables de todos mis males, y no yo, como había creído con anterioridad.
Aquella notificación, ¡maldita!, vino a deshilachar por completo los resquicios de felicidad que aún conservaba. La dejó para siempre a la deriva, y lo peor de todo es que entonces carecía de una referencia fiable para enfrentarme a las aguas que tendría que surcar, de un timón que guiara mis movimientos por su cauce formal o de una compañera que me acompañara en la fatídica travesía que me esperaba. ¡Cristo, qué solo me encontraba!
En una semana, rezaba el cuerpo del escrito, tendría que abandonar mi hogar. Sin alegaciones. Sin excusas. Sin protestas. Cabeza gacha y sonrisa de agradecimiento. «¡Encima!» Con la de sudor y esfuerzo que me había costado conseguirlo. El plazo había expirado y por tanto no cabía recurso alguno. «Claro –traté de comprender, aun sabiendo que la injusticia me abrasaba el alma como un puñado de ortigas que se enredan alrededor del cuello-, quince meses sin trabajo destrozan la economía de cualquiera». Me miré la mano y encontré, quizá por primera vez desde mi pedida, mis dedos desnudos, desangelados. Me dolió, he de admitirlo, y tuve que llenar varias veces mis pulmones y hacer unos ejercicios de relajación para no caer redondo al suelo cuando reparé en la marca blanca que la alianza había dejado en mi dedo anular, tanto tiempo la había llevado puesta. Sentí una profunda tristeza cuando recordé el tiempo vivido con mi esposa en aquel mismo piso del centro de la ciudad. «Pero aquello es agua pasada, no tiene solución». Con el alma en ascuas y el corazón en un puño, abrí la cartera y la encontré en los huesos. Un billete de cinco euros y unas cuantas monedas era cuanto tenía.
A pesar de todo, me sentí obligado a arreglarme, «no pasaré el bochorno de otros», ducha y afeitado, «¡maldito ritual!», desodorante, «su aroma ya ni siquiera me seduce», ropa interior, pantalón y camisa, «no me apetece continuar», la corbata, por fin la corbata, «¡ya acabo!, ¿y para qué?» Mientras me hacía el nudo, que como de costumbre tuve que repetir varias veces, escuché un timbrazo que casi me deja sordo. Imaginaba, es más, estaba seguro de quién era: Fermín, y comencé a sudar antes de abrir la puerta. Cuando lo hice, una voz pastosa, arrugada, hizo temblar el vestíbulo.
-¡Anselmo, cuánto tiempo!
-Pasa, Fermín –y lo miré fijamente-. No te quedes ahí como un pasmarote.
-Te he traído el alfiler para la corbata que me pediste –se abrazó a mi cuello-.
NO LLEVA SANGRÍAQuedamos en eso, ¿no? Pero, qué cabezota eres -cambió espontáneamente de tema-, ¿seguro que no quieres venir conmigo? Es una estupidez gastar el doble en gasolina. Además, tú siempre llegas tarde, la gente se pone nerviosa esperando, uno no va a una cena de antiguos alumnos del instituto todos los días. Hay que ser puntual.
Retiré la vista de los ojos brillantes y alegres de mi amigo y la arrastré por el mármol del suelo, mis párpados finos y rugosos desplegándose sobre las cuencas oculares y un suspiro agarrado a la garganta, en ese momento en carne viva.
-Lo sé, pero prefiero llevar mi coche. Me permite una independencia que no cambiaría por nada del mundo, sobre todo a la hora de regresar.
-Como quieras, amigo, y por cierto, ¿has pagado la cena?
No dije nada. Con la mirada turbia, me limité a negar con la cabeza.
-Ya veo que no –Fermín sonrió-. ¡Ah…! se me olvidaba, puedo poner ya tu piso a la venta, si así lo deseas. No tienes más que pedirme que cuelgue el cartel en el balcón. Pero de eso hablaremos en otra ocasión, ahora me voy, no quiero entretenerte más, y por favor, no tardes.
-No te preocupes, me pongo la chaqueta, cojo dinero y me voy. Ve tú delante, yo tengo que sacar el coche del garaje.
Siempre había tenido plena confianza con mi amigo. ¿Por qué no tenerla, si éramos incondicionales desde el parvulario? Le tenía puesto al día en cuanto a mis problemas y en cuanto a mi vida en general. No existían secretos. Sin embargo, hacía unos meses que no hablábamos más que por teléfono, y aquel asunto no era para contárselo a nadie. Prefería callarlo. Cuando me quedé solo, abrí el mueble bar y saqué la única botella que me quedaba. Fui a la cocina, cogí un vaso y vertí en él el último chorro de whisky, apenas una copa. Me senté en el sofá y miré nostálgico las llaves del coche, el mismo que había devuelto al concesionario hacía unas semanas. Jugueteé con las imágenes de mi pasado y especulé con las de mi futuro, añorando tiempos mejores. El presente era trágico. Cerré los ojos y dejé caer dos lágrimas cristalinas, amargas. Me fumé un cigarrillo, me desnudé y me metí en la cama.

Manuel Fernando Estévez Goytre
Granada, marzo de 2013
 
 

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Los últimos días de Stanley

 

Arthur se levanta y, como cada mañana, se ducha y se despide de su mujer.
 
-Hasta luego cariño –escucha el saludo de despedida de Mary Ann-, que pases un buen día en el trabajo.
 
Toma la mano de sus dos hijos y mientras camina en silencio por la avenida hace lo posible para que su imaginación regrese a la dicha de otros tiempos. ¡Benditos tiempos pasados! Reproduce en su mente escenas que versan sobre el tren de vida que le permite llevar la librería que un día heredara de sus padres y la generosa cuenta corriente que mantiene en el banco hasta hace no demasiadas fechas. Pero los malos tiempos que corren para los libreros y la de recibos y obligaciones tributarias a los que se ve obligado a hacer frente son temas que le generan una sensación de tristeza y ansiedad que le dejan el corazón y la conciencia en carne viva. Recuerda entonces el final de uno de sus mejores amigos, Stanley, por una situación similar a la suya. Intenta esconder su mirada de la de de sus hijos tras las oscuras gafas de sol, pero unas lágrimas que le llenan la boca de un sabor amargo lo traicionan e impiden su objetivo. El nudo que se instala en su garganta le causa un fuerte dolor cuando su hija de seis años le pregunta si le pasa algo.
 
-Nada, mi vida –consigue contestar con el corazón en un puño-. No es nada, solo una mota de polvo en el ojo.
 
En la puerta del colegio se despide de los niños y saluda a varias personas, todas ellas madres de otros alumnos del centro. Alguna le da un poco de conversación mientras se fuma un cigarrillo que se consume entre sus dedos a base de ansiosas chupadas; otras, en cambio, le proponen tomar un café y una tostada, pero Arthur declina el ofrecimiento poniendo por excusa su trabajo en la librería.
 
Aquella mañana no es distinta a las de los últimos treinta días. Arthur extrae la cartera del bolsillo de su americana y la examina con ansiedad. Aunque suelta un bufido de desagrado, no le sorprende encontrar solo dos o tres billetes pequeños y unas cuantas monedas. Podría desayunar fuera y darle así un buen bocado a la mañana, pero le ha prometido a su esposa que compraría la comida necesaria para el día y no se puede permitir el gasto. Como mejor opción, entonces, la de todas las mañanas, camina hasta el parque más próximo, da un par de vueltas para volver a observar las distintas especies arbóreas y finalmente toma asiento en un banco junto al pequeño lago de aguas verdosas. Cuando empieza a aburrirse de contar patos, nenúfares y seguir la pista a los peces de colores coge el libro que lleva en el bolso y comienza a leer. Pero la historia de “Las cenizas del Danubio” queda anulada por la realidad de su presente. Su realidad. Su dramática realidad. Esa que le atenaza las entrañas y deja que los ácidos del estómago se paseen libremente por su interior y le quemen el sistema digestivo. Guarda la novela, se levanta y sigue el curso del Manzanares, ya en las afueras de la ciudad. Diez kilómetros de ida y diez de vuelta. Veinte en total. Tres horas de caminata. Pero si hay algo que le sobra a Arthur es tiempo.
 
Antes del regreso a la vida en familia pasa por la librería y ve el candado que cierra la puerta y el polvo que se va acumulando en las baldosas de la entrada. Respira hondo y se traga su propio aliento mientras hace la compra en el supermercado y camina hasta el portal de “su casa”. Estira brazos y piernas para relajarse y al abrir la puerta escucha desde la cocina la voz de su esposa:
 
-¿Querido, cómo te ha ido hoy en la librería?
 
-Bien, cariño –contesta con una voz agrietada, mientras recuerda los últimos días de Stanley

Manuel Fernando Estévez Goytre
Alicante, junio de 2018

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Literatura, relatos