Menchu Lamas

EL VIAJE DEL COLOR

 

Menchu Lamas

 

Por Eduardo Lastres

 

Se puede entender la creación como un viaje que encierra infinidad de viajes. El viaje que comienza con el impulso de la artista por plasmar y entender una realidad de formas, espacios, apariencias, significados, signos, conceptos, símbolos, ideas…, todo aquello que conforma una expresión plástica. Y el viaje que le trasmite el conocimiento de su entorno, un paisaje, una cultura, un territorio físico y espiritual, que a lo largo de los siglos se va sedimentando y transformando. Hablamos de naturaleza y cultura como elementos de un diálogo eterno.

En este viaje de viajes, el habitar un territorio significa compartir la vivencia del mismo, saber de sus fuerzas y energías, pero también es crear las formas de comunicación que nos unen en la comprensión de nuestra identidad como seres reales o mágicos, humanos o dioses, habitantes de una naturaleza que transformamos y dotamos de signos, símbolos, códigos…

A lo largo del siglo XX, diferentes movimientos artísticos han indagado, desde distintos enfoques, en este diálogo con las fuerzas y creaciones que manan de un territorio y que viajan con nosotros a lo largo del tiempo. La mirada de Menchu Lamas se enriquece desde la comprensión de las inquietudes que generan estos movimientos, pero con una personalidad propia, dirigida a la construcción de su lenguaje, muy vinculado a las fuerzas que manan del color. (Aquí, un referente ineludible en la pintura del XX y del XXI, será Rothko que plantea la esencialidad del color sin otro elemento figurativo.)

En el hacer creativo de Menchu Lamas, el origen de sus influencias plásticas lo encontramos en el paisaje y la simbología de su Galicia natal, desde la comprensión del color vinculado a esta conexión esencial con su paisaje cultural y natural, con la fuerza de unos signos grabados en la piedra, con los que los pueblos ancestrales se comunicaron e interpretaron la realidad y el más allá. El viaje empieza desde el impacto que estos orígenes generan en la mente de la artista, en un presente en marcha que exige la solución a sus propias preguntas.

En este viaje, el color y los signos, las huellas, son los elementos expresivos determinantes que entran en liza en la composición de la superficie pictórica, generadores del espacio, de las formas y fuerzas que definen una creación. Un conocimiento que se desarrolla desde el principio de los tiempos, siendo este un viaje fascinante que torna y retorna siendo siempre presente.

El color en Menchu es la percepción de la vida que fluye ante sus ojos, desde el sentimiento o la razón. Ella ejerce con fuerza esta expresión, plasmando con colores puros la conexión con la vida y el arte. De tal manera que el color es una necesidad con la que, como otros muchos artistas a lo largo de la historia, expresa su pintura: la comprensión de cierta realidad definida desde la simbología del color y la emoción derivada de esta comprensión.

Menchu Lamas, en esta aventura existencial, artística, dota a sus obras del impacto visual necesario para su interpretación, a partir del contraste de gamas puras, casi sin mezclas, y la relación que se establece entre ellas, dando lugar a formas y trazos rotundos que recuerdan a los primeros signos elementales llenos de fuerza y sugerentes complejidades. A partir de esta conexión con el color crea espacios, fuerzas, densidades, integrando todas estas manifestaciones, todos estos elementos compositivos, estructurales, orgánicos, en la obra.

La percepción del color es subjetiva, nadie ve el mismo rojo, pero cada cultura, cada pueblo, universaliza su propio color, derivado de una luz, de un paisaje o temperatura, de una sensibilidad identificada con la creación de su propia simbología, la definición de una realidad desde los valores plásticos que imponen el color y la forma, la pintura.

Todo artista refleja en su creación, irremediablemente, su afección al lugar que le vio crecer. Nace y se forma como una mente crítica que asume y analiza responsablemente el legado de aquellos que le precedieron, un legado con el que mira un espacio vital e intelectual, y lo sitúa en diferentes momentos de este lugar siempre el mismo y siempre distinto. Pero el artista es un ser crítico que analiza y se hace preguntas, así desde esta perspectiva trata con unas convenciones que le sirven para cuestionarse a sí mismo y a su cultura, y construir un ideario de imágenes que le hacen capaz de desarrollarse como un ser que sabe leer y entender su lugar en el mundo, desde su historia y su presente. Esta voluntad le dota de los instrumentos para la plasmación de una lectura propia, que compite y dialoga con lo recibido. Sin esta dialéctica de análisis, seguramente no existiría el verdadero arte, al menos el arte que nos transmite sentimientos, sensaciones, huellas, señales, que podamos percibir por que es suficientemente importante para interesar a una mayoría.

En la búsqueda y creación de un lenguaje propio, el artista se encuentra con unos referentes que marcan su relación con el arte. En cierta medida, si no comprendemos y analizamos esta herencia, aunque sea para impugnarla, asumiendo y rechazando, variando su legado, estaremos realmente incapacitados para transmitir ideas y formas que nos recuerden de donde venimos.

Consecuentemente las imágenes creadas por los artistas que son nuestra referencia, que forman parte del mundo del arte, son inevitablemente deudoras de un momento histórico, pero también de una herencia cultural que es en la que se apoyan.  Menchu Lamas se forma como artista en los ecos de la Transvanguardia italiana que, a través del pensamiento del filósofo del arte y comisario Achille Bonito Oliva, valora la herencia cultural que individualiza y al mismo tiempo hace universales los elementos de la tradición. Nomadismo, multiculturalismo desde unos orígenes, desde el enraizamiento en la tierra que te ve nacer, que forma tu sensibilidad. Menchu Lamas es hija, como gallega, de la cultura atlántica, en ella encuentra su justificación, su destino como artista.

La Europa de los años sesenta y setenta buscaba su definición artística en contraposición al expresionismo abstracto o al minimalismo norteamericanos, que anulaban en cierta medida la individualidad del artista o la esencia de una tradición figurativa y crítica como la del arte europeo. Esta búsqueda se desarrolla a partir de una reflexión entre la abstracción pura y la figuración expresionista, pero también en la nueva figuración crítica, invadida de eclecticismo formal y conceptual de la Transvanguardia italiana, que influirá a su vez en la nueva figuración expresionista alemana. Menchu Lamas se sitúa en el centro de todas estas manifestaciones que incidían en el conocimiento y análisis de su propia realidad, de su historia y de sus conexiones con lo universal. Es decir, una reflexión del arte desde dentro hacia fuera, no acogerse a modelos foráneos para ser uno mismo, sino mirar hacia dentro para ver el mundo que nos rodea.

Menchu es cofundadora, en los años ochenta, del colectivo Atlántica, movimiento creado desde Galicia, por un grupo de artistas de diferentes generaciones, que reivindica la identidad de un lugar. Diferentes artistas plásticos, intelectuales, poetas, músicos gallegos, con una visión compartida de modernidad, impulsan el movimiento cultural renovador que estaba viviendo Galicia en esos momentos, mirando a las tendencias internacionales del arte.

Mi relación con Menchu Lamas se inició hace ya bastantes años, allá por los noventa, cuando como creador y director de la galería Mácula, en Alicante, contacté con artistas de importante presencia en el ámbito nacional. El propósito era que Alicante pudiera contemplar la obra de artistas que estaban marcando el panorama español del arte. Entre estos artistas estaba sin duda Menchu Lamas, una de las creadoras más destacadas en ese momento, con una reconocida trayectoria desde entonces. En el grupo Atlántica, influido por el nuevo expresionismo alemán, latía un alma postromántica renovada por su confrontación con los nuevos movimientos artísticos y, sobre todo, por la revisión de sus nuevos intereses relacionados con su historia inmediata, el espacio vivido de la infancia, el crecimiento personal como intelecto y como sensibilidad, ante un mundo más complejo.

Pero qué tiene que ver este discurso con la esencia del arte, de la pintura, de Menchu. Sin lugar a dudas, todo. Si reflexionamos sobre lo que define la pintura como expresión, veremos la importancia de su discurso y de cuál es el mensaje que transmite. En la obra actual de Menchu, vemos la importancia de la abstracción, producto de su investigación sobre la imagen artística y el relato de los signos, con referencia a los modelos sociales, artísticos y filosóficos, pero fundamentalmente, al color como expresión capaz de impactar con la carga emocional del sentimiento, de plasmar en imágenes todo el sentido formal que puede aportar un artista. La expresión, en el ámbito de las superficies, del color, se manifiesta como elemento clave en el devenir de su pintura. Expresión como emoción, pero también como conocimiento.

Y Menchu Lamas desgrana todo su imaginario a través de sus sensaciones, de vivir en un estado en el que puede observar sus deseos y sus conocimientos más profundos. Concibe o vive, al fin y al cabo, es lo mismo, la pintura como un instrumento al servicio de la claridad, de la definición, del desarrollo incluso de un sentir la vida. Vemos en el lienzo la capacidad de expresión, de amor, el reflejo del fondo de nuestra alma. La pintura como ese devenir en el que el tiempo, el espacio, las formas, confluyen y nos muestran el campo de la vivencia del yo insondable.

Menchu Lamas trabaja las formas a partir de esas sensaciones que indagan la materialidad y el sentir, y se resuelven en una innegable visión del espacio plástico. Pero en esta visión, la artista reflexiona sobre la historia ineludible de nuestro pasado en el arte y toda su carga argumental, todo su recorrido desde que el ser humano trazó un gesto sobre el suelo, sobre la piedra, inmerso en las dinámicas de la tierra, recordando las imágenes que eran importantes para el colectivo, para la sociedad en si misma, para expresar un camino de supervivencia material y espiritual. También la resistencia a la muerte con los argumentos de la vida, y la pintura como eje del valor primero de la transmisión y del placer de la creación, del mensaje propio de la existencia. Este es su discurso, el deseo de mostrarnos un camino de futuro desde el presente, donde todos los elementos son acogidos sin exclusiones, con plena libertad y rigor estructural. La invención, el sentido de la forma desde la intensidad de un cromatismo que va más allá de lo puramente formal, o desde el signo, la alegoría, como las más intensas elaboraciones estéticas, que nos muestran la expresión de lo que apenas podemos llegar a comprender, pero que nos emociona de manera vital y también íntimamente.

 

Eduardo Lastres

Artista, comisario y gestor de arte

 

 

 

 

 

 

Ir arriba