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Guy Bourdin

 

Del imaginario inquietante entre lo absurdo y lo sublime

 

por Pepe Calvo

 

Admiraba lo femenino más allá de lo esencial. En su personalidad existía un lado poético que sublimaba la naturaleza de la mujer.

Conocí la obra de Guy Bourdin a una edad muy temprana, en la que comencé a tener interés por la imagen; solía adquirir revistas de fotografía, pero pronto me di cuenta de que, al menos, las que se publicaban en España, eran cosa de aficionados -Nueva lente y Photovisión aún no tenían presencia en el kiosco-, mientras que la revista Vogue, tanto la americana como la inglesa o la edición francesa que compraba en el rastro madrileño, publicaban trabajos realizados por fotógrafos a los que yo deseaba realmente descubrir. Así, en un mismo ejemplar de Vogue, se podía encontrar quince páginas de Richard Avedon, diez de Helmut Newton y otras tantas de Guy Bourdin. Todo un festín visual nada desdeñable. No solo eran fotografías de Modas, como era la especialidad del magazine, también había retratos de personalidades de la época, arte, entrevistas, publicidad y reportaje social. Cuando vi la obra de Bourdin, realizada en el puente de Nueva York, sentí que necesitaba conocer todas las excelencias de que sería capaz este fotógrafo.

La fotografía de modas no volvió a ser lo mismo desde que irrumpió en ella Guy Bourdin. Su carrera abarcó mas de cuarenta años en los que trabajó para las firmas y revistas de estilo y tendencias mas importantes del mundo; desde sus inicios, en los años cincuenta del siglo XX, ha investigado sobre las variaciones de la fotografía en el ámbito de la moda, desde la presentación urgente hasta las interpretaciones sutiles y escenarios complejos, con un imaginario inquietante, creando imágenes singulares tratadas con un lenguaje diferente al establecido, manejando una sintaxis totalmente personal.
Pintor y fotógrafo aficionado, de carácter autodidacta, fue uno de los primeros en crear narraciones dentro de la imagen, contando breves y emocionantes relatos en cada foto, consiguiendo que la imagen fuese mas importante que el producto que se anunciaba. Con la sutileza de su humor y ciertos guiños al imaginario cinematográfico, aunque más bien debo decir que era el cine quien más bebía de sus ideas de planificación y composición de fotogramas, como de inspiración temática, etc., sus imágenes poseen una implacable estética de tintes surreales, modificando radicalmente lo convencional de la fotografía publicitaria.

Sus sobresalientes ideas y mensajes condujeron a la publicidad y a la imagen de la moda a un plano superior. En su equipo de asistentes de trabajo, todo un ejercito que él mismo controlaba de forma exhaustiva, con mano maestra, como si de una producción operística se tratara, para que las imágenes fueran absolutamente perfectas. Todo pasaba por sus manos, vigilando incluso el peinado y maquillaje de las modelos, que los consideraba necesario para conseguir una atmosfera precisa a la acción desarrollada en la imagen. Según sus ayudantes personales era un hombre extremadamente supersticioso, con gran interés por lo oculto, aprendíamos a conseguir la perfección por que no existían los retoques digitales, por ello exigía que, en el laboratorio, se utilizaran agentes colorantes para obtener tonalidades especiales.

En 1954, para su primer encargo profesional, conduce a sus sofisticadas modelos a Les Halles, el gran mercado del centro de París, actualmente desaparecido, y realiza una sesión fotográfica con una colección de sombreros entre las cabezas de las reses, vísceras, sangre y fragmentos de carne fresca; este contraste entre la elegancia de los atuendos y el realismo mugriento del mercado supuso un escandalo para la burguesía que consideraba un atrevimiento manierista por parte de un fotógrafo del que nadie había oído hablar. Esta publicación supuso un triunfo más para la osada Vogue que entonces era considerada la revista más influyente en el panorama editorial internacional. A partir de entonces, el ámbito de la moda puso su atención en el joven talento, que Jamás defraudó.

Destacado junto a Richard Avedon y Helmut Newton como los tres grandes fotógrafos de la fotografía de Modas del siglo XX, es menos conocido que estos fuera de la industria. Hay algunas razones para explicarlo, sobre todo por la singularidad personal de Bourdin. Nunca se creyó artista, desarrollando su trabajo exclusivamente de forma comercial, pero a pesar de esto sus imágenes tienen una esencia profundamente artística y dialogan con la poética de Magrittte y Man Ray de manera natural.
Según se lamenta su hijo Samuel Bourdin, quien controla su legado tras una batalla legal con la última pareja de su padre, Martine Victoire.
«Mi padre venía de otro planeta, su vida no se parece a la de otros fotógrafos. Hasta su muerte, su obra jamás se vio en otro escenario que no fueran las revistas, sobre todo en la edición francesa de Vogue o en anuncios publicitarios del zapatero Charles Jourdan. No era mundano, no iba a desfiles ni a fiestas, era excéntrico y no deseaba ser mediocre».

Trabajó para grandes de la moda como Issey Miyake, Claude Montana, Gianni Versace, Gianfranco Ferré, Claude Ungaro y firmas como Loewe y Chanel, entre otras. Nunca concedió una entrevista y siempre rechazó las propuestas de diferentes editoriales interesadas en publicar su trabajo a través de libros con la frase, estas ambrosías no las merezco, no son para mi. Así, aumentaba su leyenda y crecía el misterio.
En su biografía existe un gran drama que confirma las hipótesis que se fraguaron sobre el autor de imágenes tan sumamente inquietantes. Abandono materno y suicidio de algunas de sus parejas. Su hijo Samuel lo explica abiertamente: Cuando la madre de Guy Bourdin estaba casada, tuvo una relación adúltera. Al enterarse su marido que el hijo no era suyo lo rechazó, entregándolo al cuidado de su padre biológico, Maurice Bourdin, y de la madre de este. Nunca más supo de su madre biológica.

Su pareja durante una década, Sybille Dallmer, se ahorcó en 1981. Destacando los aspectos más controvertidos, existían rumores y pistas falsas que añadían dos más a la lista de mujeres a las qué, se creía, que el fotógrafo había abocado al suicidio. El de la madre de Samuel, Solange Geze, y otra de sus amantes, Eva Gschopf, a lo que el hijo, saliendo en defensa del padre, afirma que su madre murió de un ataque al corazón y cuando falleció Gschopf, hacía tiempo que habían roto la relación.
Guy Bourdin nació, vivió y murió en Paris (1928 – 1991).
Hoy en día, su sombra se enfatiza convirtiéndose en más y más alargada pues su obra ha sido expuesta en los museos más prestigiosos del mundo, como el Victoria and Albert de Londres, el Jeu de Paume de París, el Museo Nacional de Arte de China, el Museo Metropolitano de Fotografía de Tokio, La casa de la Fotografía de Moscú, etc. Sus obras forman parte de la colección de prestigiosas instituciones como el MOMA de Nueva York, el Museo Getty de Los Angeles, SFMOMA de San Francisco, entre otras.

Guy Bourdin descartó irreverentemente los estereotipos de belleza y de moral convencional, mostrando lo que anteriormente no se había manifestado en el medio habitual de la Moda, toda la tensión y todo aquello que produce efecto más allá de lo estético: lo indiscreto y escandaloso, lo espeluznante y lo condenado, lo feo. Adelantado a su tiempo, su desbordante imaginación no parece tener fecha de caducidad, pues rompe códigos y esquemas imponiendo lo poderoso de su puesta en escena en composiciones en las que otorgando misterio a “lo pop” (colorido estridente y asuntos de contenido pulp), se aliaba con la elegancia existente en lo sublime y en los secretos del absurdo.

Acentuó el componente fetichista del calzado, consiguiendo que el zapato de tacón sirviera para algo más que para caminar, pues es significativo resaltar el trabajo realizado para la firma zapatera Charles Jourdan, con la que tuvo una fructífera relación comercial de más de treinta años, realizando sus grandes campañas publicitarias, que se apartaban totalmente de lo que entendemos como una producción comercial donde, en los años sesenta, ya nos deslumbra con una imagen realizada bajo el puente neoyorkino de Brooklyn en la que una modelo huye de la policía portando un enorme zapato. En otras de sus series publicitarias para la misma empresa, prescinde de las modelos realizando imágenes, igualmente de carácter narrativo en el que figuran piernas en movimiento. Fue este un recurso que, así mismo, utilizó Helmut Newton, consiguiendo ambos fotógrafos imágenes sorprendentes que entroncan con el imaginario surrealista.

A partir de los años 80 no puso objeción en que la revista francesa Photo, adalid de la prensa de carácter fotográfico, con ediciones en todo el mundo, le dedicara portadas y extensos portfolios, pero las editoriales especializadas en libros de fotografía seguían sin conseguir su autorización para publicar una monografía suya. Mucho tiempo después de su fallecimiento, a causa de un cáncer, cuando acababa de cumplir los sesenta y dos años, la editorial alemana Schirmer/Mosel, especializada en libros de Arte que ya había publicado a algunos de los grandes fotógrafos como Irving Penn, Helmut Newton, Robert Mapplethorpe, Candida Höfer, Gisèle Freund, Annie Leibovitz, Andreas Gursky, James Weegee, etc. y de artistas como Joseph Beuys, Cy Tombly, Frida Kahlo, Edward Hopper… publica el primer libro de Guy Bourdin, Exibit A, bajo la atenta mirada de su hijo Samuel, donde reúne lo mas destacado de toda su producción en una magnifica y voluminosa edición internacional que hace las delicias del coleccionista. Este no es, si no el inicio de una larga serie de publicaciones en editoriales de todo el mundo.

Guy Bourdin, a message for you es el título de la exposición, que en el año 2010 pudo verse en la Sala del Canal de Isabel II, de Madrid, la Galería especializada en fotografía de la Capital en la que se presentaron 75 piezas consideradas entre las más representativas del fotógrafo francés, así mismo se exhibieron dos proyecciones de video sobre su forma de trabajar a finales de los años 70, momento en el que sus imágenes constituyeron un punto de inflexión en la historia de la fotografía de Modas, convirtiéndolo en un símbolo.

La curator Shelly Verthime que trabajó como comisaria en su retrospectiva en el Victoria and Albert Museum de Londres, comentó: “He escuchado a menudo que tenía un comportamiento misógino, pero pienso que es una idea errónea, pues me consta que admiraba lo femenino más allá de lo esencial. Su personalidad contenía un lado poético que sublimaba la naturaleza de la mujer”.

 

Pepe Calvo

Editor de Hünter Art Magazine

 

 

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