Bruno Francés

       Mientras Inglaterra duerme

        Anticomentario de Bruno Francés

 

 

La historia de esta novela de David Leavitt (Pittbusrgh, Pensilvania, 23 de junio de 1961) ya nació antes de ella misma, de hecho es un plagio asumido de Un mundo dentro de un mundo, autobiografía del poeta británico Stephen Harold Spender (Kensington, 28 de febrero de 1909- Londres, 16 de julio de 1995) de la que Leavitt admitió haberse inspirado. Que siempre es un elegante modo de ser el típico copión que se copia del empollón de clase y encima saca beneficio. Nunca me han gustado los tramposos, aunque este tío tiene clase para hacerlo. El arte hay que reconocerlo.

 

Obra que, si es interesante por sí misma, no deja de serlo por todo lo que le rodeó; de hecho se dice que el propio autor en un primer momento no quería que se publicara hasta después de su muerte por la marginación de la homosexualidad en el momento de ser escrita allá por 1.993. Años los 90 donde el SIDA parecía campar a sus anchas como un mal con tendencia sexual. Por suerte ya es historia. Momento Queen y su We Will Rock You. Pum Pa Pum Pum Pa.

 

Como esta Mientras Inglaterra duerme, historia que, una vez más por lo de lo original del autor, bebe su título de una cita de la obra de George Orwell “Homenaje a Cataluña” en referencia al momento histórico, 1936, donde Hitler ascendía en las listas de éxitos europeos del mismo modo que la Guerra Civil Española lo hacía a nivel peninsular mientras que los ingleses, a años luz de preocuparles Benidorm (España) y el resto del continente, se hacían los longuis como si la movida no fuera con ellos que como dicen en mi pueblo no te metas donde no te llaman que saldrás escaldao mejor nos echamos una siesta.

 

Pero después de ver todo lo que no es original del autor, que no por ello hay que menospreciar su valor literario, de hecho las canciones de Milli Vanilli no sonaban mal del todo, nos encontramos ante una especie de Titanic mezclado con momentazos rollo El paciente inglés untados en el exquisito sonido del Being Boring (Pet Shop Boys) sumergidos en el marco de una España que se iba al traste de la guerra y todo lo que ello conllevó, pero antes del desastre calamitoso que fue nos encontramos a un Brian Botsford, de 23 años, escritor con falta de inspiración (no quiero hacer sangre pero aquí mimetiza con su autor), de pudiente cuna que después de deambular por Alemania regresa al Londres de eternas noches, cervezas, chicos majestuosos (insisto vídeos de Pet Shop Boys) y que en una reunión organizada por el partido comunista conoce a Edward Phelan, joven de baja cuna y de un aquí te pillo, aquí te mato ya tardamos en irnos a vivir juntos nuestro amor (Rose -noble- and Jack -ná de ná-, Titanic mediante) en un alarde de narrativa sexual directa, explícita, real y, a pesar de las críticas conservadoras de la época, perfectamente acorde a la naturaleza emocional que experimentan ambos personajes… si bien… el Brian no tiene del todo claro eso de que ser homosexual vaya con él del todo y se lo toma como una fase de la vida y empieza una relación con una aburguesada mujer -al escritor en horas bajas le tira lo del acomodo del estatus familiar y social- que todos sabemos cómo va a terminar pero que eso no impide que su amado Edward -el de los sentimientos sin ticket regalo- en todo su ardor se marche a combatir con los republicanos en España como si no hubiera un mañana. Drama. Tragedia. El acabose.

 

Historia universal, muy a su pesar, en el marco de la Guerra Civil que bien podría haberse enmarcado en cualquier otro lugar y momento de la historia pretérita donde se conjuguen los ingredientes de una época que va a perseguir la condición de un amor por su sexualidad (clase social al tiempo) y donde, el autor, intuyo que ha jugado la baza del sexo directo como una velocidad vital de una vida que, precisamente, por los derroteros reales ha de ser de aprovechar el momento como una exhalación viva que puede que no vuelva nunca más a producirse, un carpe diem propiciado por esa cobarde caza de la que hay que escapar pero de la que uno no puede más que apostar la vida sabiendo, casi a ciencia cierta, que la va a perder pues es presa y que si lo hace lo sea todo por amor.

 

Ahí el momento cueva paciente inglés cuando Brian intenta regresar a por un Edward condenado a su suerte como la búsqueda de recuperar el amor perdido, de salvarlo a pesar de una cómoda cobardía heterosexual y social que le venía genial si no le hubieran dado con la puerta en las narices y que alimenta la confusión de un personaje que no sabe muy bien en qué mar nada, y que parece vendido a merced de la ola que mejor le acerque a la orilla, lejos del nado del salmón de un Edward idealista de una vida que siente como digna y real a pesar de los pesares. Si el idealismo acaba mal, el amor es el peor de los ideales.

 

Un juego social de una juventud inglesa que va de sobrada frente a los revolucionarios de local, una especie de juego de rol de poder donde la propaganda personal crea heroicidades de taberna, cervezas y el famoso “a que no hay huevos a…”, una suerte de actitud de supremacía donde el reunirse con gente de menor clase social crea una falsa autoestima de poder de cartón que no deja de ampararse en la rama social de una familia pudiente que pueda cubrir todos los errores, aventuras y abismos como si estuviéramos en un patio de colegio privado del que, en el fondo, no se va salir perjudicado porque los padres/madres/tías siempre van a estar ahí para taparlo todo de un modo u otro.

 

Las historias paralelas de esta adormecida Inglaterra coquetean con la comparación de la homosexualidad/lesbianismo frente a una heterosexualidad como si fuera el modelo a seguir en rango a medirse la virilidad, el Estado como dueño de las personas, de la sexualidad, de la aceptación, del ser o no ser, del método heterosexual como la vara que puede apreciar o despreciar a las personas por su propia condición. La doble vida vivida como una necesaria laguna redentora que aturde el amor real de una cultura tan anónima como necesaria para los tiempos que se suceden.

 

Al final el amor no puede con todo, pero todo lleva el poder del amor.

 

Novela de tragedia, de amor, de traición, de guerra (con lo bonito que queda eso en las novelas que no en la vida real), de sexo, de miedos, de vida, de política, de intensidad, de cultura, de cervezas, de nobles (siempre suena bien), de pobres (siempre nos suena mal), de sentimientos, de confusión, de decepcionante historia, de parte sentida, visceral, de otra ronda y que pague la casa, y que el final no se lo cuento pero con una buena birra, quizá dos, entre mejor.

 

Acabar diciendo que Leavitt es un referente mundial de la “literatura gay”, autor de numerosas novelas y cuentos de temática homosexual y que un servidor se lo imagina escribiendo algunas de sus historias con el Fast Love del grandioso George Michael sonando de fondo.

 

Hasta el próximo anticomentario, si es que lo hay.

Bruno Francés Giménez

 

 

 

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