BLOW-UP

BLOW-UP

(Deseo de una mañana de verano, 1966)

-Michelangelo Antonioni-.

El título es un término usado en la jerga fotográfica para denominar el proceso de «inflado» o gran ampliación en el revelado fotográfico de la era analógica.
Film ítalo-británico con guión del propio director y Tonino Guerra, libremente basado en el relato de Julio Cortázar «Las babas del diablo»,  producido por Carlo Ponti y protagonizado por un David Hemmings de lo más «cool», arropado por las interpretaciones soberbias de Vanessa Redgrave, Sarah Miles y Peter Bowles. También colaboran las sofisticadas modelos más en boga de la época: Veruschka von Lehndorff y Jane Birkin.
Antonioni obtuvo con esta obra la Palma de Oro en Cannes al mejor director.
Tras su estreno, confesó que necesitaría hacer otra película para explicar el significado de tan críptica y controvertida cinta, dada su complejidad.
Lo describió como «un film zen», que se presta a muchas interpretaciones, en la medida en que está inspirado en el juego de la apariencia de la realidad.
El maestro italiano innovó una forma de narrar moderna y rompedora, que desarrollaría luego en «Zabriskie Point»y «El reportero».
Un recorrido vivo en clave de thriller por el  efervescente «Swinging London» de los 60 a través de la mirada del fotógrafo, que capta la ciudad en sus más apartados rincones -el arquitecto con alma de cineasta llegó a repintar fachadas enteras en colores vivos para destacarlas en el característico cielo plomizo veraniego de Londres, que cambió por el París del relato original-. Trazos del ambiente colorista de una época próspera y desenfadada, bajo la eterna consigna «sexo, drogas & rock ‘n’ roll», el glamour de la moda innovadora de Mary Quant, la élite artística pop y el fenómeno del movimiento Mod.
La música está compuesta por Herbie Hancock, pero no como la tradicional banda sonora, sino como música ambiental, regalando un directo de The Yardbirds -con Jimmy Page y Jeff Beck-. En este sentido hay algo en lo que Antonioni fue precursor y que destaca especialmente en su impronta innovadora: una de las reglas del controvertido «Dogma» de Lars von Trier consistía en bandas sonoras donde sólo podía haber sonido natural -diálogos y música ambiental o ad hoc-. Pues en este tratamiento diegético del sonido se adelantó el visionario maestro italiano en décadas; o tal vez, el excéntrico cineasta danés tomase la idea prestada…
Un reconocido y caprichoso fotógrafo de modas londinense acaba de salir de prisión -no llegamos a saber por qué, aunque se deduce que ha sido una corta estancia por alguna travesura- y retoma su libertad a lomos de su Rolls Royce descapotable, abordado por un grupo callejero de mimos que le sacan unas libras por su breve actuación.
Una vez incorporado a sus intensas sesiones de fotos de moda, se toma un respiro en el parque, donde dispara con su teleobjetivo a a una pareja que juguetea tras unos arbustos: un hombre maduro con una bella y joven mujer. Ella, sobresaltada al descubrirlo, le pide que le entregue el rollo fotográfico, ofreciéndole incluso bastante dinero, a lo que el fotógrafo se niega.
La mujer le buscará más tarde y lo seducirá para obtener su preciado carrete… Pero él, muy astuto, se queda con uno de los dos rollos que ha usado y encuentra algo que llama poderosamente su atención en el revelado.
Al ampliar la fotografía en grandes cuadros, descubrirá que la pareja del parque no retozaba quizá tan inocentemente, ya que cree vislumbrar en las instantáneas un cadáver oculto tras un seto cercano…
«El fotógrafo de BLOW UP, que no es un filósofo, quiere ver las cosas más de cerca. Pero lo que sucede es que, al ampliarlas demasiado, el objeto se desintegra y desaparece. Por lo tanto, hay un momento en que asimos la realidad, pero ese momento pasa. Este es en parte el significado de BLOW UP» (Michelangelo Antonioni).
El juego existencialista entre verdad e imaginación es el verdadero mensaje de la película, envuelto en un potente e hipnótico universo icónico.
El mismo grupo de mimos  que abre la narración, la cierra jugando un partido de tenis imaginario, sin pelota ni raquetas. El fotógrafo, divertido, entra al juego devolviéndoles la supuesta pelota que cae en sus manos. Otra dimensión lúdica de las diferentes capas de percepción de la realidad.
Scroll al inicio