Literatura
// 08/10/2018
Manuel Fernando Estévez Goytre, Hunter art magazine, Pepe Calvo, mercedes senent, escritores españoles,

 
 

La espera

 

Era una tarde de primavera en la que mi padre me llevó a la playa para que me entretuviera mientras él acababa unas tareas con sus redes de pesca. Se le ocurrió darme una caña y un sedal con los cuales probar si algún animalillo picaba mi anzuelo. Tomé el utensilio, que de forma artesanal había construido mi padre, y me planté en la orilla del mar. Con un giro que él me enseñó, lancé el hilo lo más lejos que pude. ¡Ahora espera!, me dijo. Mi padre sabía tanto de peces como de la vida; era mi mejor maestro. Yo esperé. Miraba el brillo del mar y las aves que lo sobrevolaban. Observé como estas se lanzaban en picado a la caza de algún pez que desde el aire habían vislumbrado. Un barco de vela pasó por delante de mi vista con ese aire de libertad que yo siempre les otorgaba. En mi opinión, ya había esperado bastante, así que dando un giro brusco saqué el anzuelo del agua. ¡Ya me he cansado!, dije en voz alta. Y tras mis palabras, un pez plateado y mediano salió enganchado a la ganzúa, moviéndose como quien se agita y se rebela ante su fin. Mi padre se acercó a mí y me enseñó cómo debía hacer para sacarlo del extremo del sedal. ¡Lo has hecho muy bien!, me felicitó, mientras me sonreía y me pellizcaba en la cara cariñosamente. Gracias papá, le contesté dándole un abrazo. ¿Ves lo importante que es saber esperar? Si, le respondí, ya me he dado cuenta. Así ocurre también en la vida, añadió mi padre. No todo lo que deseamos ocurre de manera inmediata, de repente; es necesario tener paciencia y perseverar en aquello que deseamos. ¡Te voy a llevar a trabajar conmigo como una de mis marineras! Y soltó una carcajada mientras extendía su mano hacia la mía. Así, bromeando, regresamos a casa orgullosos el uno del otro, y con mi pez, que todavía se movía, dentro del cubo metálico.
 
 

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Mi pequeño sueño

 

Solo faltaba una semana para que yo hiciese mi primera comunión. Mi familia y mis amigos me habían regalado las cosas típicas para la ocasión; véase: un cubierto con dibujos de dos niños que llevaba el traje blanco, un conjunto de jersey y falda para después de la celebración y, entre otras cosas, una muñeca regordeta con el vestido de comunión completo; era la muñeca de los pobres, pensaba yo, pero sobre todo, la cuestión era que aquella pepona no me gustaba nada en absoluto. Se acercaba el día de mi comunión y mi muñeca preferida no aparecía entre los regalos. Yo quería una Nanci; me daba igual el color o el vestido que llevara, eso no me importaba; yo la veía tan bonita, que la indumentaria, para mí, era lo de menos.
El día anterior a la “Gran fiesta”, mi abuelo Francisco, viendo mis lágrimas por el regalo que no llegaba, tomó un autobús hacia Alicante. Nadie sabía que iba a hacer el anciano en la ciudad; lo cierto fue que apareció, cuando ya era de noche, con una caja envuelta en papel de regalo. Es para ti, me dijo serio, como siempre. Era mi ansiada muñeca, pelirroja, como yo. Fue tal mi alegría que no sé cuantos besos le di al abuelo, pero fueron muchos. El borró la tristeza de mis ojos y me hizo la niña más feliz del mundo. Por fin se había cumplido mi ansiado sueño.

Mercedes Senent García
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