Vicente Albero Irles: Kids of copper

Javier Santos Asensi
// 02/05/2016
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Vicente Albero Irles: Kids of copper
Finalista en la 12th Days Japan International Photojournalism Awards 2016

 
 
INTRO

Siempre tuve curiosidad por los objetos cotidianos que, a pesar del paso del tiempo, insistían en hacernos la vida más fácil. Aparatos antiguos, juguetes arrinconados, mecanismos bien pasada su fecha de caducidad, pero que aún conseguían transmitirme sensaciones vitales, recuerdos de tiempos que se resistían a sucumbir al olvido. ¿Qué hacer con las viejas cámaras de fotos que mi padre conservó, y que nunca, dejémoslo claro, dejaron de funcionar? Aparatos mágicos, destinados a serlo para toda la vida, cada uno con su propia sintaxis personal, con sus diseños retro. Pero el tiempo, bendito tiempo, es inexorable en su paso y todos tuvimos que adaptarnos a los nuevos equipos. Para nosotros, un buen día, casi sin darnos cuenta, llegó la fotografía digital; y llegó para quedarse. Todo a nuestro alrededor se tiñó de dígitos, el mercado se volcó en los cambios; cada mes salía un nuevo producto; los megapíxeles se multiplicaban vertiginosamente. Cuando no eran las impresoras, había que calibrar nuevos monitores, y de éstos a los periféricos. Nada parecía durar, nada era ya para siempre, y aquellos equipos que atesorábamos en vitrinas ya no servían para nada. Aún peor, lo importante no era ya el equipo, sino la compra; comprar, comprar, actualizarse, mantenerse a la última, y por lo tanto desprenderse de todo lo que quedaba atrás.
En lo que a mí se refiere, siempre fui cauto y, aunque era inevitable ponerse al día, nunca fui dado a tirar por la borda todas aquellas cámaras, compañeras de viaje profesional. Así que, en definitiva, en mi vida crecieron los estantes repletos de los acúmulos tecnológicos que juntaban su fecha y su poesía en cualquier rincón del estudio… o de casa. Este desvarío de la era digital me hizo cuestionarme nuestra actitud, y no era tan fácil responder a las múltiples preguntas que se agolpaban en mi cabeza. ¿A dónde van a parar todos nuestros cacharros? Estaba claro que consumiendo a ese ritmo, pronto acabaríamos con los recursos naturales. Intentaba no despilfarrar ni comprar más allá de lo justamente necesario; acudía a mi hermano, cuyo ingenio a menudo dotaba de una segunda vida a todos esos aparatos. Nada acababa en la basura, sus habilidades le hicieron ingeniero de trastos aparentemente inútiles. Me fascinaba verlo en su taller reconstruyendo placas de circuitos, integrándolos, haciendo conjuros para que una vieja pantalla pudiera volverse a ver; y cuando todo parecía imposible, aún creaba nuevos mecanismos de aquel jardín de desechos electrónicos que era su mesa. Una vez más, este consumo desorbitado me hizo reflexionar sobre el destino final que hubiera, de cualquier otra manera, aguardado a cada uno de esos cables, de esas piezas desechadas que llenaban sus cajones.
Fue un día, años más tarde, mientras descansaba en casa, cuando encontré algunas de las respuestas a estos interrogantes. Seguía con avidez el documental de la realizadora Cosima Dannoritzer “Comprar, tirar, comprar”, que daban en la Noche temática de la 2. En él hablaba de un barrio de Accra, la capital de Ghana al que, aparentemente, estaban destinados todas aquellas máquinas que un día dejaban de sernos imprescindibles. Pero no fueron respuestas suficientes. Algo removió en mi interior; quería ser testigo fiel y directo de lo que parecía ser el mayor cementerio de enseres inservibles de nuestro mundo occidental; y es así como emprendí este viaje, en busca de aquellos objetos desechados, pero también de su poesía, de su belleza inútil, de los paisajes en ruinas que se adivinaban al otro lado de la pantalla. Un viaje que me permitió además indagar en las historias de un buen número de jóvenes también olvidados, abandonados a su suerte en el vertedero de Sikkens, donde malvivían intentando recuperar estos materiales tóxicos que el país importa sin aparente control; un lugar singular en el que todos y cada uno de ellos viven expuestos a condiciones de insalubridad extrema. Allí, mientras les acompañaba en su búsqueda de una felicidad esquiva, encontré también la amistad de alguno de ellos, en especial de Small, compañero de aquellos días de cobre y búsqueda.
 
 


 
 
DISTRITO DE AGBOGBLOSHIE

Sikkens es uno de los mayores vertederos de aparatos electrónicos que existen en el mundo. Situado en el distrito de Agbogbloshie, en la capital de Ghana, Accra. Antes de la llegada de los primeros cargamentos de residuos electrónicos era un gran humedal por el que discurría el río Odaw vertiendo sus aguas en la Laguna de Korle. Allí se levantó en los años 80 del pasado siglo el asentamiento de Konkomba, en sus inicios un campamento para los refugiados de la guerra entre los pueblos Konkomba y Namumba.
Pero no fue hasta el final del pasado siglo cuando el paisaje comenzó su dramática mudanza coincidiendo con la firma en 1989 del Convenio de Basilea, un tratado internacional que pretendía establecer un severo control de los movimientos transfronterizos de los desechos peligrosos y su eliminación. Su objetivo era atajar el problema del creciente comercio de productos tóxicos para su eliminación en países con legislaciones laxas, como era, y sigue siéndolo, el caso de los países del occidente africano. En aquellas fechas un buen número de países, entre los que figuraban los EEUU, el Reino Unido, Japón, China, India, Holanda, Alemania o Dinamarca, firmaron, en un ejercicio de cinismo sin parangón, un tratado de ayuda en la forma de donación de tecnología por el que dichos países ofrecerían equipamiento de segunda mano para el desarrollo de Ghana. Estas donaciones se convertirían al cabo del tiempo en un regalo envenenado ya que todos estos objetos usados, a menudo cedidos en su origen con la mejor de las intenciones, encontraron un camino perfectamente legal para entrar en el circuito de las ventas de bienes usados en el país, ocultando de esta forma la misma triste realidad: vertidos incontrolados de productos altamente tóxicos. En la actualidad, y a pesar de las convenciones internacionales, el puerto de Tema, el más importante del país, recibe entorno a los 600 contenedores mensuales repletos de equipos electrónicos obsoletos etiquetados de forma fraudulenta como “bienes de segunda mano”.
Más a menudo que no, los dispositivos y máquinas no conseguían funcionar en su nuevo hábitat (se ha calculado que al menos 60 % de los equipos embarcados serían descartados para su venta como productos de segunda mano), con lo que acabarían vertidos en el gran basurero en el que se convertiría este enclave del distrito de Agbogbloshie. Allí, sin ningún tipo de control sobre el reciclado de los materiales, se estableció un dinámico negocio en torno a la compra-venta de las materias primas recuperadas. Niños y jóvenes entre los 7 y los 30 años, a menudo sin escolarizar, se convertirían en los principales valedores de este mercadeo incipiente que terminó por cambiar la fisonomía de la laguna, ya difícil de reconocer. Los escasos 2 dólares y medio diarios que consiguen de la venta del cobre y aluminio, los principales metales recuperados, sin duda no van a resolver sus problemas para vivir con una dignidad que apenas si se atreven a soñar. A cambio, son víctimas fáciles de los gases emanados en la quema de los revestimientos plásticos de electrodomésticos y todo tipo de dispositivos electrónicos, y de kilómetros y kilómetros de cables sin conexión alguna posible. Este es el final inexorable y oculto de nuestra propia cadena insaciable de consumo.
Son entonces los viejos televisores de plasma, los ordenadores de sobremesa o portátiles descartados los que configuran el paisaje agobiante del vertedero de Sikkens. Hay montañas de neveras y congeladores, sistemas de alta fidelidad que ya nadie escucha, formaciones de teclados, pantallas, legiones de ratones… Es un orden extraño en el infierno de Agbogbloshie. Aquí y allá el fuego es una constante. Se queman las envolturas de plástico que liberan el cobre; el aire es espeso, huele a metal y los gases tóxicos desprendidos por la combustión de las placas y componentes electrónicos han envenenado el antiguo asentamiento.
Nadie habla aquí de los niveles del plomo, de las partículas como el cadmio, mercurio, arsénico y las dioxinas; pero el deterioro medioambiental es un hecho irrefutable que padecen en silencio los jóvenes que allí se buscan la vida. Ya en 2008, científicos ligados a la organización Greenpeace, advirtieron, después de recoger muestras de los sedimentos, del alto grado de contaminación del agua de la laguna y de las partículas en suspensión en las zonas donde se practicaba la quema a cielo abierto. En estas muestras, la presencia de plomo era 100 veces superior a las de suelos y sedimentos no contaminados. También se encontraron cantidades importantes de ftalatos, bien conocidos por alterar la reproducción sexual, o de dioxinas cloradas, con una relación directa en el crecimiento de las tasas de de incidencia de cáncer en la zona.
Nadie les advierte tampoco del veneno que respiran, ni ellos son conscientes del peligro al que se enfrentan; tan solo padecen en silencio el lógico cuadro de síntomas: dolores de cabeza, problemas respiratorios, nauseas, anorexia o insomnio, el primer aviso de enfermedades más severas e irreversibles. Y luego están, compañeros inevitables de toda degradación social, la delincuencia de baja estopa, el menudeo de drogas, la prostitución y la violencia a la que viven regularmente expuestos. Pero ellos caminan tranquilos, ajenos a su propia destrucción, apenas calzados con unas breves sandalias; para ellos Sikkens es su presente, un tránsito hacia otras vidas mejores; en sus corrillos y conversaciones se respiran otros aires, se oyen otras risas. Son chavales optimistas que creen sin dudarlo por un momento que pronto saldrán de Agbogbloshie, que pronto encontrarán nuevas oportunidades que les abrirán las puertas a sus sueños.
 
 


 
 
SMALL

Una vez en Agra me fui bien temprano a la planta de reciclado a cielo abierto enclavada en el distrito de Agbogbloshire. Allí la actividad ya era frenética. Sorteando los cristales y piezas de metal que alfombraban el suelo, me acerqué a la cortina de humo que daba al vertedero un carácter irreal, casi onírico. Los cinceles martilleaban el aire, abriéndose paso entre el metal de las dinamos para acceder a las bovinas cuajadas de los preciados filamentos de cobre. Todo en Sikkens se desguazaba. En la desolación de aquel espectáculo dantesco intuía no poca poesía brotando de la incierta naturalidad con la que los objetos y las piezas de aquel monumental desguace se disponían.
¿Cómo evitar entonces apuntar aquí y allá con la cámara en mi particular búsqueda de la belleza en la desolación? No era fácil, no suele serlo; siempre hay alguien que pide dinero a cambio; alguien que desprecia las cámaras y sus portadores, así que una vez más decidí guardarlas hasta ocasión más propicia. Esto tiene sus ventajas, no voy a negarlo; observar sin filtros por medio te permite llegar más adentro en el corazón de los lugares y las personas; y así es como conocí a Faruk, un chaval de apenas 13 años a quien sus amigos llamaban Small. Se mostraba sereno, con una mirada tranquila que invitaba a la conversación; pronto hicimos buenas migas y nos permitimos adentrarnos más y más en nuestros propios paisajes interiores.
Faruk se ofreció a guiarme por los alrededores de la escombrera, lo cual me permitió hacerme una buena idea de la extensión de aquel paraje singular que parecía abalanzarse sobre un río turbio, casi oculto entre detritos. Me llevó a la laguna, antigua seña de identidad de la zona, y de allí a la chatarrería, el corazón palpitante del trasiego de metales. Con él crucé al otro lado de la frontera, el río Otaw, para visitar el mercado, y su barrio, Konkomba, en el que residían la mayoría de los trabajadores del vertedero. Uno a uno, Faruk fue presentándome a sus amigos y compañeros, y pronto tuve que sacar de nuevo las cámaras; pero esta vez eran ellos los que me pedía que les hiciera fotos, ahora del grupo, ahora de cada uno de ellos, con sus poses más simpáticas o indolentes.
Les confesé mi intención de quedarme unas semanas entre ellos para conocer más a fondo el barrio y su peculiar forma de buscarse la vida. Es cierto que, al principio, todo en mí les parecía un poco marciano. Otro extranjero estrafalario dispuesto a cualquier cosa por conseguir un buen reportaje y largarse, “si te vi no me acuerdo”, tan pronto como lo consiguiera. Pero algo cambió el primer día que, de vuelta en el vertedero, les llevé las fotos impresas que había tomado el día anterior. Fue un momento especial, muy divertido; es extraño y conmovedor ver cómo en cualquier parte del mundo la gente se doblega antes su propia imagen reflejada en un trozo de papel; se enternecen y sonrojan; se reconocen y se mofan de sí mismos. Allí mismo, entre risas y chanzas supe que me habían aceptado, que a partir de ese momento sería el fotógrafo blanquito; al fin y al cabo uno más entre ellos para moverme con libertad y fotografiar sin reparos sus vidas, sus lugares y sus sueños. Y siempre de la mano del pequeño Small, que era quien me guiaba por los estrechos laberintos de aquellos días en Accra, desvelando por el camino, retazos inconexos de su propia historia.
Abel Fau, Small, llegó a Accra cuando apenas contaba 10 años. Su madre, Ramatu, acababa de morir y él había tomado la decisión de buscar su propio rumbo y fortuna lejos de su Zabzugu natal, al norte de Ghana. Atrás había dejado a su padre Awudu, casi ciego a causa de sus cataratas y, tal y como cabría esperar, una gran familia: 4 hermanas de su madre fallecida y otros 5 hermanos, tres varones y dos mujeres, que su padre había tenido con su primera mujer. Algunos de sus hermanos habían probado fortuna en la vecina Togo; pero él prefirió ser el primero en intentarlo en la capital, Accra.
Cuando lo conocí, Small llevaba tres largos años recuperando cobre en el vertedero de Sikkens. Recién llegado a la capital tuvo que dormir al raso hasta que conoció a alguno de los que serían sus compañeros, con los que poco a poco fue estrechando lazos. Ahora ellos eran su familia; con ellos compartía una casita en Konkomba, en la ladera contigua al río Odaw, un espacio breve y diminuto en el que guardaba su hatillo de plástico, que atesoraba todas sus pertenencias. Con todo, la mayor parte de su vida se desarrollaba en la calle. Por un par de cedis (aproximadamente ½ € al cambio) podía comer un plato; y por unos céntimos más podría disponer de una bolsita de pure water (agua purificada). Small, como todos sus amigos, fantaseaba con una vida mejor, con reunir el dinero suficiente como para dejar atrás todo aquello; pero sabía vivir su presente con una madurez y una nobleza que continuamente contradecía su corta edad y que hubiera sacado los colores a no pocos adolescentes europeos. A veces su mirada, turbada por el humo verdecido de la escombrera, se tornaba seria, pero enseguida, si le dabas el más mínimo motivo, rompía a reír; siempre parecía que le sobraran motivos para ello.
 
 


 
 
KONKOMBA

Konkomba no pasa de ser un asentamiento levantado en torno a la laguna de Koorle, en el distrito de Agbogbloshie, apenas a 15 minutos andando del centro de Accra. En sus orígenes, en los años ’80 del pasado siglo, fue un campo de refugiados del conflicto entre los Konkomba y Nanumba. Una década más tarde su lugar lo ocuparían los jóvenes de las zonas rurales más empobrecidas del norte del país y de los países vecinos, Costa de Marfil, Togo o Nigeria. Acudían a la capital ghanesa atraídos por trabajos y riquezas que muy difícilmente llegarían a materializarse, y acababan arrinconados en este distrito dinámico pero deteriorado donde, a pesar de que no lograban una mejora sustancial de sus condiciones de vida, alcanzaban a trabajar y ganar unos cedis recogiendo y desguazando cachivaches electrónicos en el vecino vertedero; suficiente como para comer, buscarse un humilde alojamiento y seguir soñando con un mundo mejor.
Es precisamente la cercanía de la escombrera la que ha propiciado la radical transformación del asentamiento. Poco a poco el vertedero ha avanzado con su lengua voraz de restos de chatarra y desperdicios hasta desdibujar el paisaje de aquel humedal original. Konkomba representa, en todo caso, algo más que un barrio precario; es un curioso y colorido conjunto de casitas de madera que se ciñen unas a otras hasta dar lugar al actual laberinto de pasadizos que conectan las distintas viviendas. Cuando uno se adentra entre sus callejuelas es capaz de entender la vitalidad del poblado, donde no faltan talleres, tiendas, baños públicos, zonas para el rezo y, cómo no, las omnipresentes peluquerías. Konkomba es, en definitiva, una encrucijada de vida y escombros que crece al ritmo de la actividad del vecino vertedero de Sikkens.
En la actualidad parece como si el barrio se levantase directamente sobre el propio muladar; y es sobre un mundo de sobras y objetos inútiles sobre el que se reza, se comercia y se comparten sueños; y son los niños, que juegan libres e inocentes entre el correteo desgarbado de las gallinas, los que ofrecen tan descomunal contraste con este paisaje desolado de abandonos, vertidos y escoria, que no es sino la huella egoísta de nuestro cotidiano consumismo, del que hemos aprendido a desentendernos, a no sentir vergüenza o responsabilidad alguna.
Small se desliza por las callejuelas de Konkomba como pez en el agua. Se deja guiar por los colores de las precarias construcciones; aquí y allí sus amigos le saludan en un trayecto zigzagueante que nos lleva hasta su humilde refugio, que comparte con dos de sus compañeros. Es un espacio pequeño y austero que una simple y raída cortina separa en dos. Una de las mitades hace las veces de recibidor, cocina, despensa y armario, mientras que al otro lado de la cortina un colchón de gomaespuma invita al descanso después de las interminables jornadas en el vertedero. La vida de Small cabe apenas en su hatillo de plástico. El y sus dos compañeros alquilan; y es que se consideran en tránsito a diferencia de otros amigos, que se han decido a levantar sus pequeñas casitas buscando una cierta estabilidad. En cualquier caso la calle y el vertedero representan su verdadero hogar. Allí es donde pasan la mayor parte del día.
Todos los días al amanecer cientos de trabajadores del vertedero abandonan Konkomba rumbo a Sikkens. Es una marea humana que atraviesa el único puente sobre el río Odaw. Atrás quedan las callejuelas de Konkomba, ahora tomadas por las mujeres, que sirven té con pan y huevos duros. A su alrededor merodean y se entretienen los más pequeños. El poblado carece de los mínimos estándares de pulcritud; la basura del vecino vertedero ha terminado por inundar sus calles, sus campos de fútbol, y sus templos. Pero la vida no se detiene por ello; me impresiona la vitalidad del asentamiento en espera de que el círculo diario se complete al atardecer, cuando de nuevo el río de hombres y jóvenes revierte su camino para regresar desde la otra orilla como sombras de hollín y grasa, en busca de una ducha caliente y un reconfortante plato de arroz. La noche se enciende iluminada de pequeñas bombillas de tungsteno mientras, a su alrededor, se forman corros que despiertan la magia de las conversaciones y las risas. El humo de las brasas dibuja en la oscuridad un hilillo de pasiones que poco a poco se difumina en un justo sueño preparatorio para la nueva jornada laboral.
 
 


 
 
SIKKENS

Al otro lado del río Odaw, en Sikkens, la jornada comienza al despuntar el sol. La zona es posiblemente el mayor de los depósitos de residuos electrónicos de África. Un observador ajeno sería incapaz de encontrar el sentido a aquel despliegue humano aparentemente anárquico: cientos de personas moviéndose inquietamente entre montañas de desechos y restos tecnológicos; un ejército anárquico de hombres golpeando, machacando, aplastando, espachurrando o prendiendo fuego. Pero lo cierto es que en esta sinfonía infernal cada cual ocupa su lugar. Los más jóvenes se dedican a recuperar el cobre y el aluminio de los aparatos electrónicos desechados en el puerto de Tema por los mayoristas de la venta de segunda mano. Mientras tanto los hombres se ocupan del desguace de la maquinaria pesada y los vehículos, desmontando pieza a pieza los motores y engranajes.
La actividad es frenética e incesante desde las primeras horas de la mañana; resuena el repiqueteo de martillos golpeando el cincel, de las piedras machacando las planchas metálicas; un intenso hedor a metal lo impregna todo. Cuesta acostumbrarse; cuesta entender el sentido que tiene semejante trasiego. La realidad es que en Sikkens, como ocurre en toda cadena de producción, cada eslabón desempeña su papel; cada persona es una pieza imprescindible para que la maquinaria funcione a la perfección. El objetivo final de la cadena es la recuperación de las materias primas, que en el mercado global pueden llegar a alcanzar precios desorbitados para los estándares africanos.
En Agbogbloshie todo parece tener una utilidad, todo es susceptible de ser rescatado: los perfiles de estaño o aluminio y las planchas de hierro oxidado se reservan en pilas de acuerdo a su tamaño; cada artefacto es despojado de su caja y su envoltura de plástico o metal; una vez expuesto su mecanismo, se extraen placas, bovinas e imanes clasificándolas en montones homogéneos. Se arrancan todas y cada uno de los circuitos, chips y discos duros; se atesoran minúsculas partículas de oro. Cada elemento configura su propio régimen atrayendo otras piezas similares. Finalmente se extirpa hasta el último cable amasando con ellos pelotas de un colorido imposible y hermoso. El ingenio de los ghaneses no parece tener límites: las cajas vaciadas de pantallas y televisores son usadas ora como cestos ora como sillones; el foam aislante de las neveras es el mejor y más económico combustible para mantener vivo el fuego que se usará para separar el cobre de su cobertura plástica.
Sin lugar a dudas existen diferentes gremios en el vertedero. A los más jóvenes, como era el caso de Small, les corresponde la búsqueda y recogida de artilugios y dispositivos entre montañas de desechos y escombros; son los recolectores, como allí se les llama. Después, sirviéndose de piedras y perfiles metálicos los desmenuzan para liberar de sus entrañas diminutas piezas de los preciados metales y arrancar los cables. También se les permite encender fuegos para derretir su armadura plástica. Las niñas se encargan de acarrear en sus cabezas bolsas de agua con las que enfriar las bolas de cobre ya despojadas de su cubierta plástica. Finalmente éstas bolas son vendidas a los intermediarios que, báscula en mano, aguardan junto a sus contenedores, dispersos por todo el vertedero. A su vez estos intermediarios venderán sus valiosos contenedores a los mayoristas, normalmente de origen chino o libanés, que enviarán las materias primas de vuelta a sus países de origen para manufacturar nuevos dispositivos electrónicos, cerrando así el círculo vicioso del consumo.
Aunque la actividad es incesante, siempre hay breves momentos en los que los amigos se detienen para beber y fumar un poco de ganga. Son momentos distendidos, aptos para las bromas y las risas, aunque también para resolver disputas; momentos en los que unos y otros se sienten vivos, sabiendo que pertenecen al grupo, que son una familia. Faruk hablaba a menudo en estas ocasiones de formar una banda y hacer música con Mosés, uno de sus amigos ya fogueado en el mundo del hip hop y otros ritmos africanos. Para ello, soñaba, como todos los demás hacían, con ganar un buen dinero y marcharse de Agbogbloshie. A todos ellos les gusta afirmar que sus días en el vertedero están contados; que están allí de paso; pero lo que aún no saben es que muchos de ellos acabarán por volver. Faruk tenía no pocos amigos allí, Chef, Moro, Idris, Hana, Awal, Moses, Mohamed, Yaru y los que vendrían después, todos ellos emigrados del norte como él; compartiendo historias parecidas, protegiéndose, animándose a perseguir sus proyectos; ellos eran su familia de Sikkens; aún así, a menudo le sorprendía ensimismado atento a la única foto que conservaba de su padre y que siempre llevaba consigo. Me confesaba que lo echaba mucho de menos y que, por encima de cualquier otro sueño, su deseo más íntimo era poder volver a su pueblo con el dinero suficiente para construirse una habitación junto a la de su padre, tal y como solían hacer los hermanos, hasta formar un patio familiar común donde convivir.
“Sí”, asintió vehementemente con su enorme sonrisa. “Me encantaría volver a verles”. También a mí se me antojaba el viaje más exquisito de cuantos podía aspirar en aquel momento en Ghana. Recorrer en su compañía el país para conocer su familia y su pueblo natal.

Texto de Vicente Albero Irles y Javier Santos Asensi
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