Una mujer rubia (My sin)

Literatura
// 02/03/2016
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Una mujer rubia (My sin)

Un relato de misterio de Pepe Calvo
 

Primero fue Francis Ford Coppola. Un mes más tarde Martin Scorsese y hoy, dos meses después del primero y uno del segundo, David Lynch. Uno por mes, a este paso… A Francis Ford lo encontraron al medio día en el Valle de Napa californiano al sol de sus viñedos. A Marty lo descubrieron a media tarde, estaba tumbado sobre la moqueta de una de las habitaciones de su piso de Nueva York leyendo un libro, llevaba puesto un hábito de sacerdote, y a Dave, poco después de la medianoche, desnudo, sobre el tejado de su casa de Hollywood, rodeado de palomas negras. En la casa de sus vecinos más próximos, en Mullholand Drive, había una fiesta donde sonaba Blue Velvet en la voz de Bobby Vinton.

La noticia ocupaba la portada de los grandes informativos. Desde que comenzaron los asesinatos, la primera plana de todos los diarios del país no hablaba de otra cosa. Todos los medios de comunicación se ocupaban del asunto con grandes y exhaustivos reportajes que traspasaban los límites de la crónica negra. Era la noticia más importante. En todas partes se hablaba de ello, era el tema de conversación de todo el mundillo del cine. Titulares que hubieran también podido utilizarse como títulos de películas de serie B, tan previsibles y tan faltos de imaginación como “El cine americano está de luto”, “Hollywood llora la muerte de tres de sus más célebres directores” o “Adiós a tres reyes del cine”, “Una mano negra se ceba en Hollywood”, “Los cinéfilos de todo el mundo lloran”… Todo el país estaba conmocionado y el resto del mundo tenía los ojos puestos en los Estados Unidos de América que con la sorprendente desaparición de estos pilares de la cultura convertían estos hechos en una impactante noticia que superaba en interés a otras que siempre habían estado en primer lugar como la política o el deporte. Cada día aparecían nuevos reportajes que ponían una luz diferente en el caso.
Estudiosos del cine analizaban todo aquello que podría existir en común entre estos tres grandes nombres. El F.B.I. revisaba de forma exhaustiva la filmografía de los tres cineastas por si aparecía algún rastro que arrojara luz al extraño caso. Todo giraba alrededor de dos pistas importantes. Cada uno de los cadáveres guardaba en su mano entreabierta un mechón de pelo rubio de mujer envuelto en una cinta de terciopelo negro. Los cuerpos habían sido rociados con My sin, un perfume creado en 1925 por Jeanne Lanvin. El aroma de My sin que se vende en la actualidad, a pesar de contar con el mismo envase, recordaba vagamente al original. El frasco era el mismo pero no su aroma. La fragancia que desprendían las victimas era la del antiguo perfume, que supera en armonía olfativa al que se fabrica actualmente. La principal sospechosa era una mujer rubia. Pero aún no tenia nombre. ¿Una amante despechada qué había sido amante de los tres directores asesinados?, ¿una actriz decepcionada que habría figurado en el reparto de alguna de las películas de los tres maestros? Pero no era un dato demasiado fiable, más bien anecdótico. Se realizaban entrevistas a mujeres rubias, actrices que habían aparecido en cualquiera de sus películas. Y todo aquel o aquella que tanto en su vida personal como en la profesional tenía relación con los tres directores asesinados. La policía francesa colaboraba investigando a la perfumería Lanvin. Todos los trabajadores tanto los actuales como los ya jubilados eran indagados pero el caso continuaba igual, no existía la más mínima nota que aportara luz alguna.

***
 
En Manhattan, en un lujoso apartamento del Upper East Side, un hombre aterrorizado contempla la televisión donde una locutora de rostro insulso y cabellos rubios recogidos en un moño, con voz monótona está dando una noticia:

En la pasada madrugada se ha encontrado, en el interior de un taxi, el cadáver del célebre director cinematográfico de origen hindú afincado en Estados Unidos M. Nigth Shyamalan. Al llegar el vehículo a su destino el taxista observó que su cliente estaba muerto. El autor de películas de terror y suspense había tomado el taxi en Madison Square junto al edificio Flatiron pasadas las tres de la madrugada para dirigirse al edificio Dakota en la calle 72. Según el testimonio del conductor, al llegar a Columbus Circus, una mujer cruzó bruscamente por delante del vehículo lo que le hizo detenerse violentamente, el pasajero bajó del automóvil y estuvo charlando unos minutos con la mujer. Era una hermosa rubia de menos de cuarenta años, muy bien vestida, con un traje sastre color gris. Cuando ella se alejó, Mr. Shyamalan entró nuevamente en el taxi y pidió al conductor continuar la carrera. Al llegar a la dirección acordada y observar que el pasajero no se movía de su asiento, abrió la puerta lateral del coche y le encontró muerto, con la cabeza hacia atrás y los ojos abiertos, toda la camisa blanca manchada de sangre. Un fino estilete, cual medallón, le atravesaba la garganta. El interior del coche estaba impregnado de un fuerte olor a perfume… My sin, el antiguo perfume creado por Jeanne Lanvin en 1925 aparecía nuevamente.

– ¡Otro más! –murmuró en voz alta Robert Tuthankamon.

Inmediatamente un hombre entró en la habitación.

– ¿Va todo bien?

– Si, puedes retirarte, dejadme solo, ¡joder!

… en su mano guardaba un pequeño mechón de cabellos rubios sujeto con un lazo de terciopelo negro. El director de películas tan sorprendentes y exitosas como “El sexto sentido”, “El bosque” y “El incidente” será incinerado la próxima semana, una vez realizada la autopsia, en una ceremonia privada que se celebrará en Filadelfia, ciudad donde creció, por expreso deseo de la familia…

El cenicero, repleto de colillas, fue estampado contra la pared por la nerviosa mano de Robert Tuthankamon. El hombre entró de inmediato empuñando un arma.

– ¿Va todo bien?, ¿hay alguien con usted en la habitación?

– Si, todo correcto. No hay nadie conmigo, ¿no ve que estoy solo?…, envíe a alguien que recoja los desperfectos.

Ahora ya no hay duda… la gran sospechosa es una mujer rubia… pero ¿quién es esa mujer?, ¿una demente?, ¿por qué lo hace?, ¿qué sentido tiene hacer esto?, se preguntó Robert Tuthankamon para sus adentros. Ahora ya sabía que una mujer rubia era la causante de que llevara tantas noches en vela, de que su sistema nervioso estuviera alterado, de que hubiera elevado la ingesta de alcohol y consumiera un buen montón de cigarrillos cada día. ¿Qué motivos tendrá para hacernos esto?, porque a mí también me tiene en su lista, si se está cargando a los mejores directores del cine americano, ¿cómo no voy a estar yo que soy el más grande? ¿Qué pasa con la puta policía de este país?, ¿es que no pueden detener ya de una vez a esa maldita rubia?, ¡seguro que es ella!, ¡una loca!, ¡a saber los argumentos que tiene para matarnos!, además hace puesta en escena, el perfume, el mechoncito de pelo que como sea de ella misma, pronto se quedará calva. Se debe de creer una artista… debe ser una fracasada, actriz o aspirante a directora que se le han torcido los tornillos… a mí que ni se acerque, yo aún tengo mucho que decir, además un autor como yo, que estoy renovando el lenguaje cinematográfico sería una pena desaparecer en este momento. Mis últimas películas son buena prueba de mi grandeza, mis films nacen como clásicos contemporáneos, ¿cuándo se ha visto eso?, una película necesita el poso del tiempo para hacerse clásica pero no sé que pasa conmigo, con mi método de trabajo, que una obra mía se convierte en cine clásico desde el primer instante que sale a la luz o más aún, diría yo, desde el mismo momento de su concepción, es mi modo de trabajar, yo soy así, no sé cuál es la fórmula, no sabría explicarlo, sale de dentro de mí, no lo he aprendido, esto no puede aprenderse, así soy yo, ¡un genio!, no hay una escuela para genios, o eres un hombre gris o eres un genio y ser un genio es lo que me ha tocado. No es fácil vivir con ello, pero lo llevo bien hasta que ha aparecido la rubia, esa loca que quiere liquidarme a mí también, aunque no lo conseguirá. Por eso he reforzado mi sistema de seguridad. Es imposible que pueda acceder a mí. He puesto alarmas por toda la casa. Tengo dos hombres en la calle, tres en la puerta de la planta, otro más que no se mueve de la entrada de la habitación donde me encuentre y varios que circulan por toda la casa, todos ellos conectados por un circuito privado, vivimos en un piso cincuenta y siete con ventanas cerradas herméticamente. No es fácil meterse en mi vida. Cuando salgo a la calle todos mis guardaespaldas vienen conmigo y me rodean al caminar. ¿Cómo va a acercárseme?, es imposible. Por eso debo tranquilizarme, pues desde que ella ha aparecido en escena me he vuelto un histérico, he dejado mi casa de Connecticut y a toda mi familia y me he venido aquí, a este apartamento donde nadie podría localizarme. La histeria no es buena para un genio, debo tranquilizarme, si no mi sensibilidad no va a resistirlo. Los genios estamos hechos de otra pasta. Desde que esto está pasando llevo conmigo un maldito presagio que no me abandona, debo tomar pastillas para dormir, bebo y fumo sin parar. Tengo que hacer malabarismos para que no me tiemblen las manos y las piernas. El miedo ocupa todo mi cuerpo. A la hora de dormir el Zolpidem ya no me hace efecto, sólo la Biblia parece relajarme, sus maravillosos capítulos consiguen hacerme olvidar todo esto, sus hermosos pasajes más grandes que la vida, los mejores argumentos que jamás se hayan escrito están aquí. Un día deberé ocuparme de ellos y llevarlos al cine. Aquí aparecerá la que sin duda será la más grande de mis obras.
Acabo de franquear los cincuenta y todavía tengo mucho que decir, aún me queda mucha cuerda. Robert Tuthankamon, mi nombre es sinónimo de poder, soy el rey de Hollywood, soy un halcón. Tengo mucho para darle a la Historia del Cine, que mate a los otros y a mí que me deje en paz, hay muchos… ¡que pase de mí!, que mate al judío ese que hace siempre la misma insulsa comedieta o a ese otro del pelo alborotado, el que convierte a sus actores en muñequitos con la cara pintarrajeada de blanco, así es imposible conseguir una buena interpretación, o a otro muy moderno y descerebrado, con una cara muy rara que sólo habla de violencia y en sus películas saca a mujeres practicando artes marciales… ¿cómo se llama?, ni me acuerdo… o a ese que no hace otra cosa que imitar a Hitchcok y ese otro… uno muy rarito que es de Baltimore… Son todos banales, no aportan nada, la gente se ríe en sus películas, claro… ¿no se van a reír? Tratan argumentos manidos, previsibles, jamás tan originales y profundos como los míos; o que se cargue a los directores ancianos, esos ya tienen poco que hacer, hay muchos y bastantes de ellos están ya retirados en sus lujosas residencias, sin dar palo al agua, tumbados en sus sofás, que los mate a todos si quiere pero ¡que se olvide de mí! De estos que ya han caído mejor no comentar nada, no me gusta hablar de los muertos ni bien ni mal.
Mi última película lleva ya varios meses proyectándose en los cines de todo el mundo con gran éxito de crítica y público y ya es la más taquillera de toda la historia, superando incluso con creces a otro de mis records de taquilla “Odisea en el océano” que funcionó muy bien durante muchos años y además arrasó en los Oscars. También recuerdo mi primer gran éxito “Electric man”, clásico incuestionable de la ciencia ficción, film imitado hasta la saciedad que ha sentado las bases de las nuevas maneras de abordar el thriller futurista. Supuso el inicio de una nueva era para el thriller de anticipación.

He comprado un frasco de My sin, lo huelo a menudo para familiarizarme con su aroma. Rocío con él mis manos y paso toda la tarde aspirando ese olor infame. No me gusta su fragancia, huele a lujo decadente, a flor mustia, a nausea, a interior de sepulcro, a delirio luctuoso. Aroma de exterminio, aroma de tránsito… de expiración… Debo habituarme a su olor para salir corriendo tan pronto lo olfatee a mi alrededor. Me da asco pero he de acostumbrarme a él.

Voy a comer al Minetta Tavern en el East Village. No es lugar el adecuado al que debería ir en este momento, está siempre lleno de gente del show business, todo lleno de celebrities, ¡un horror!, pero a Georges le encanta, siempre va allí. Georges Travis es mi guionista y prácticamente no sale de allí y cuando sale va borracho y con compañía sensual femenina directamente a su apartamento a representar alguna escena de “El extraño caso de la mujer con el clítoris en la garganta” o “Colegialas con asignaturas pendientes”. Por eso va al Minetta, pues además de la buena bodega y la buena comida, la clientela femenina está al mismo nivel y todas gotean por debajo de la falda. Mujeres jóvenes, bellísimas, de sinuosas curvas, que podían aparecer en las páginas centrales de la revista Playboy en pelotas, aspirantes a actrices que vienen a la ciudad llegadas de sus pueblos, directamente desde las granjas, a conseguir su hueco en la vida, dispuestas a todo por lograr sus sueños. Travis, con su cara de ángel bonachón y sus genitales de malvado Lucifer les abre los brazos, les promete el oro del moro y luego el moro desaparece con el oro.
Antes de entrar en el restaurante, mis hombres realizan el protocolo habitual, mientras dos de ellos me acompañan en el coche el resto inspecciona el local para evitar peligros acechantes.
Una vez dentro, los camareros me saludan amablemente, no es posible que me hayan reconocido, hoy no, uno de ellos recoge mi abrigo para llevarlo al Guardarropía. El maître me acompaña donde me espera Travis. Nadie me mira cuando paso entre las mesas, en días anteriores me sonreían rindiéndome admiración, pero hoy no saben que soy Robert Tuthankamon. He cubierto mis cabellos de otro color, más oscuro, rejuvenecedor, me he descubierto, me hace sentir más joven, un simple tinte puede ser poderoso. También me he dejado crecer la barba. Soy otro. De aspecto.
Veo a Georges Travis sentado a la mesa que suele ocupar siempre y me quedo plantado frente a él, me mira y contemplo un signo de interrogación en su rostro, luego se levanta y sonriente, me abraza y me da un beso en la cara.

– ¡Robert!, no te había reconocido, ¿eres tú realmente?, ¿pero qué te has hecho?
– Just for men.
– ¿Y eso?
– Con la que está cayendo y lo preguntas… he de pasar desapercibido, Georges
– ¿Y eso?
– Estoy sentenciado, Georges.
– ¡Bah!, ya sé a que te refieres, ¡exageras!, ¿dónde está esa cabellera plateada que te daba ese aire bíblico, santurrón? –comentó él, riendo en voz alta. Una carcajada chillona, de las que me tiene acostumbrado.
– ¿Cómo voy a exagerar? –dije en tono confidencial-. Sólo me he teñido el pelo y me he dejado barba, no ves que están cayendo todos, uno a uno, ¿quién dice qué el siguiente no podría ser yo?… no levantes la voz, Georges, ¡habla bajo! –le ordeno.

Mientras vemos la carta, me señala a las guapas mujeres que se encuentran en el local, aquellas que le han sonreído y con las que pasa todo el tiempo que permanecemos en el local desplegando maniobras seductoras. Yo sólo me fijo en sus cabellos, hay un sinfín de morenas oscuras, castañas y pelirrojas y sólo veo tres mujeres de cabello rubio, las tres van acompañadas por hombres. Ninguna de ellas tiene aspecto de asesina, visten con vulgaridad y no tienen ningún atractivo físico.
En la sobremesa le comento el argumento de nuestra nueva película “Hombre inmortal”. No existe argumento más original que el que he imaginado. Una nueva sociedad en un futuro cercano donde los más poderosos tienen la facultad de volar. Apareció en mi cabeza a través de un sueño. Un thriller shakespeariano que transcurre en una sociedad futura, donde por medio de una saga familiar, cuyo patriarca, un hombre anciano dotado de poderes inmortales, se teje toda una trama de secretos y argucias familiares. Georges, mientras toma notas, no hace más que interrumpirme con sus comentarios sobre las chicas a las que mira.

– Calla, Georges, así no se puede uno concentrar, nos va salir un desastre…
– Pero que dices, Robbie… ¡estas irascible!… es así como lo hacemos siempre, ¿de que vas hoy, tío?, no se puede trabajar contigo en el estado en que estás… ¡hombre!, esto lo pulo yo luego en el silencio de mi estudio, ¡si lo sabes!, además, si hubiera algún fallo de guión con la técnica lo enmascaramos, la técnica es ahora lo más importante, ¡si lo sabes!, ¿que importan las palabras?, la apabullante tecnología actual lo cubre todo, man, ¿te lo tengo que recordar?, ¡si lo sabes!.

No me ha sentado bien la comida, estoy cansado, no me concentro en el trabajo, no ha sido una buena idea venir hoy al Minetta Tavern. Mi digestión es pesada, siento sopor, me cuesta levantarme. Cuando voy al guardarropía a recoger mi abrigo hay una joven entregando sus prendas a una pareja, él productor, ella aspirante a actriz, no me gusta esperar, me pone nervioso, pero con disimulo lo acepto, contemplo el interior, veo los percheros alineados con los abrigos colgando de sus perchas, los hay de todos los colores pero abunda el color negro… al fondo hay una mujer con un traje gris sastre, permanece tras la última hilera, parece más bien esconderse, me mira con la mitad de su rostro asomándose desde la última prenda colgada, como sigilosa, su cara me recuerda a Suzie, pero no es ella, no puede ser ella… un aroma decadente de perfume corrompido inunda el espacio, conozco bien ese perfume… entonces la veo encaminarse en dirección a mí, veo sus rubios cabellos, lleva algo en la mano, ¿quizá un frasco de My sin?… Nooooo… mascullo para mis adentros. Sus pisadas son rápidas… y yo estoy allí plantado, inmóvil, contemplándola sin poder moverme, respirando el nefasto aroma del diablo, intentando hacer una señal a mis hombres pero no consigo mover las manos, mis brazos están pegados al tronco, mis piernas flaquean y una taquicardia invade mi pecho, cuando consigo apartarme de la ventana del guardarropía estoy temblando, en mi cara debe haber una expresión de locura. Inmediatamente dos de mis hombres entran precipitadamente y se llevan a la mujer rubia por la puerta de atrás, levantándola por los aires en silencio como algo visto y no visto, impecable como en un truco de prestidigitación, la rubia ni rechista pues el primer paso ha sido ponerle un pañuelo con una droga adormecedora instantánea. Ha sido un trabajo tan silencioso e impoluto que ni la joven que atiende el guardarropa se ha debido dar cuenta. En el callejón, otro de mis hombres espera con un coche, introducen allí a la mujer que pretendía asesinarme, posiblemente ya con el cuello roto. Ella no ha sentido nada. Estaba dormida.
Cuando regresan a mi apartamento, sólo dicen: Todo arreglado… no me interesa saber los detalles, no estoy interesado en fomentar mórbidas tendencias. Está todo arreglado, punto.
Bien, ya puedo estar tranquilo y dormir en paz. Parece que el caso está solucionado, la policía no lo sabe aún, pero los asesinatos a los grandes directores dejarán de ejecutarse a partir de ahora. Nunca nadie sabrá que he sido yo quien ha eliminado a la rubia asesina. La violencia es un arma execrable pero a veces no hay otra manera de manifestarse, en este caso era ella o yo. Venía a por mí.

La noche pesa sobre Manhattan con registros misteriosos y poéticos en blanco y negro, sus calles están vacías, sólo un taxi cruza calles y avenidas atravesando la espesa tiniebla que flota en el ambiente. No se ven luces en las ventanas de los rascacielos, toda la ciudad duerme. En el interior del taxi, un único pasajero, estrangulado por un estilete que atraviesa su cuello, se diría que lleva un medallón aferrado a su garganta. El hombre tiene los ojos en blanco, inundados de niebla, un último reflejo le hace abrir la boca para derramar un derroche de sangre oscura sobre su pecho. El taxista no parece darse cuenta y sigue avanzando… cuando despierto con una horrible presión en el cuello, palpo mi pecho creyendo que está manchado de sangre…

A la mañana siguiente leo en la prensa que el cadáver de una mujer rubia, vestida con un traje sastre gris, ha sido hallada flotando en las frías aguas del río Hudson bajo el puente de Brooklyn. La noticia ocupa la mitad de las primeras planas de los periódicos. En la fotografía reconozco a la mujer que estuvo ayer a punto de eliminarme. Leo el texto, la describen como una joven de 22 años de origen danés que se ocupaba de atender el guardarropía del Minetta Tavern. Esta descripción me desconcierta. Siempre creí que todas las pistas giraban alrededor de una mujer de cuarenta años. Leyendo la noticia, un molesto tic aparece en mi párpado izquierdo… insistiendo hasta que consigue mover mi ceja… cada minuto que transcurre me resulta más incómodo. Después de una hora ha invadido mi cara haciéndola temblar espasmódicamente.
Unos días más tarde Nueva York amanece cubierta con un manto de nieve, me relaja ver este espectáculo desde la ventana de mi dormitorio mientras tomo mi café con leche matutino, acabo de despertar envuelto en paz, pero pronto mi paz se trunca. La televisión está encendida y están dando una noticia. Mi tranquilidad se rompe desde el mismo instante en que una joven locutora de melena rubia cardada anuncia con voz insípida que un nuevo crimen se ha cometido. El reputado director de cine, de sesenta y tres años de edad, Oliver Stone, ha aparecido muerto en el Rockefeller Center, el cuerpo sin vida del malogrado director se encontraba tumbado, mirando al cielo sobre el hielo de la pista de patinaje, a los pies de la figura dorada de Prometeo, el célebre Icono Art- Decó, que amanecía todo cubierto de nieve. Su cuerpo estaba rociado del ya tristemente conocido perfume My sin y en su mano, escondía el habitual mechón de cabellos rubios, dice el busto parlante.
Yo creía que ya habíamos cazado a la asesina pero no… ¿una confusión?, pero… ¿no era la mujer del guardarropía la asesina de los directores, que mataron y arrojaron al Hudson?

Siete días después, un nuevo asesinato ocupa la atención de los medios de comunicación, esta vez se trata de Steven Spielberg, the blonde woman rises again. Pido a uno de mis hombres que me traiga una botella de whisky y me la bebo entera. Entre el alcohol y el Zolpidem me paso dos días enteros durmiendo. Cuando despierto no soy yo, no me reconozco en el espejo, las ojeras ocupan todo mi rostro que es tan blanco como el mármol. Apenas como, no salgo de mi apartamento, Georges Travis me ha llamado varias veces pero no estoy para nadie, no quiero escuchar su voz enérgica y chillona. Cuando no duermo estoy delante del televisor… esperando otra noticia.

Infinitas extensiones de mar aparecen en la pantalla…

Welcome to the Mediterranean sea.

Una melodiosa voz femenina habla de las bondades de la costa mediterránea, de su sol, de sus playas. El clip nos muestra sus ciudades, escenas de su cultura, sus casinos, su vida nocturna… En una frase: El Paraíso. Un paraíso de luz.
Debo tomar una determinación.
No sería mala idea ir allí, en esa costa hay una luz muy parecida a la de Hollywood… y ¿que es el cine?: el cine es luz. Además en el Levante Mediterráneo están esos estudios cinematográficos, City of Ligth que tengo entendido que son good and cheap, buenos y baratos, puedo intentar continuar allí mi carrera, lejos de la mano asesina. Sí, puede ser una buena idea.
Hablo con mi mujer por teléfono para decirle que me marcho, que no sé todavía donde pero ya la llamaré cuando llegue a destino, ¿pero qué dices, Robert?, ahora no es el momento, me dice ella, Robert… ¿es que no vas a ir a Los Angeles?, todas las quinielas te favorecen, debes estar allí…

Tuthankamon no es mi auténtico apellido, es un apelativo. Así me llamaba Suzie, la chica a la que mas he amado, mi primer amor, la llevo siempre en el recuerdo. Nuestro amor fue breve pero intenso y me marcó de por vida. Ella hablaba siempre de mi gran parecido con el faraón Tutankamon de la XVIII dinastía egipcia, decía que yo sería tan grande como él. Éramos tan jóvenes, tan inocentes, que su recuerdo me llena de ternura. Sus dotes de visionaria suelen erizar mi piel. También se eriza mi piel y no puedo evitar el llanto cuando recuerdo su imagen hundiéndose en las aguas del lago en el que nos bañábamos. Mi padre… ¡oh, mi padre!, ¿como pudo tener esa idea?, me acusó… no quiero ni recordarlo, mi padre era un hombre mezquino. Desde el incidente nunca más he vuelto a verle. Cambié mi apellido y adopté Tuthankamon, intercalando una h para americanizarlo y restarle reminiscencias egipcias.
Desde entonces, todas las mujeres a las que he amado son su reflejo. Siempre he querido encontrar a Suzie en todas ellas y poco a poco he ido transformándolas en ella misma, en su ductilidad, su generosidad, su dulzura…
Aquí estoy sobrevolando el océano, a diez mil metros sobre el nivel del mar, recordando a Suzie con el rostro anegado en lágrimas, mientras las lágrimas no hacen más que salir de mis ojos, dominado por la congoja.
El poder de la mente determina nuestra vida, mi mente es ahora débil, soy como un enfermo del alma, siento el miedo como nunca creí llegar a sentirlo, pero he tomado una decisión acertada y voy por el buen camino.
Pasa ya de la medianoche, el resto del pasaje duerme. Miro a los dos hombres que me acompañan, también duermen. La azafata cruza junto a mi asiento y me mira, yo disimulo girando la cabeza para mirar la negrura que entra por la oscura ventanilla para que no vea mis ojos, ¿se encuentra bien, señor?, ¿desea tomar alguna cosa?, me limito a hacerle un gesto con la mano para que me olvide, no hubiera podido decírselo con palabras con este nudo que tengo en la garganta. Noto como ella se acerca más a mí extendiendo su mano, lo que creía que era un vaso es un frasco de perfume con pulverizador… lo acciona… el aroma entra directamente por mi olfato… My sin… huele a muerte, el aroma del final. Al mismo tiempo que aspiro el perfume me fijo en su pelo, ¡es rubio!, me incorporo bruscamente, mis dos hombres se levantan inmediatamente y la apartan de mí transportándola en volandas, ella se retuerce, grita… todo los pasajeros que duermen en Business Class se despiertan y al ver a la azafata transportada por los aires se arma un gran revuelo.
No entiendo lo que ha sucedido, ¿no ha funcionado el cloroformo?, los gritos de la chica son atronadores, todo sucede lentamente, casi a cámara lenta, la luz es intermitente como en los espectáculos negros de Praga… hasta que la imagen se queda fija y el griterío reverbera en mis oídos haciéndose lejano… es entonces cuando me despierto con el corazón latiendo apresuradamente y el rostro humedecido por las lágrimas. La luz es tenue, observo que el resto del pasaje continúa durmiendo. Tengo la boca seca, necesito una bebida fuerte. Toco el timbre e inmediatamente viene una azafata. La escasa luz no me permite ver el color de su cabello pues lo lleva recogido en la nuca en un pequeño moño. Husmeo insistentemente como haría un sabueso… le pido que me traiga un whisky doble y unos minutos después me lo bebo de un trago pero no consigo dormir más. El amanecer me sorprende delirante cuando tomamos tierra en el aeropuerto de Madrid.
En la terminal 4 del aeropuerto de Barajas nos cruzamos con la azafata que me sirvió el whisky a ultima hora en el avión, es muy hermosa, sus rubios cabellos ondean sobre sus hombros mientras sus caderas se contonean sinuosas, lleva una maleta de ruedas que arrastra con mucha gracia, podría ser un personaje de Charlize Teron, al pasar junto a mí me mira y me sonríe tímidamente. Me siento agradecido ante la mirada de una mujer bonita y más ahora qué, con mi cambio de look, oculto al personaje que vive dentro de mí. Creo que lo voy a adoptar para siempre. El Robert Tuthankamon de pelo blanco ha muerto. Cuando ella entra en el taxi veo su rostro a través de la ventanilla lanzándome una mirada oscura, o más que eso, yo diría que siniestra. Mi corazón da un tumbo mientras un escalofrío recorre mi espina dorsal de arriba abajo.

Llegamos al hotel a media tarde, hemos tomado otro avión que en una hora nos ha llevado hasta una ciudad mediterránea de la que me es imposible recordar su nombre, sólo me acompañan dos “protectores”, aquí no necesito más. No quiero que anden pegados a mí, que no me pierdan de vista, pero con distancia, no quiero llamar la atención. Me siento bien, como un hombre normal, respiro cómodamente, me siento ligero, con energía. Estoy feliz. El peligro ha pasado. La rubia asesina ha quedado velada. Estoy fuera del terreno de su juego diabólico.
Nada más subir a mi habitación llamo por teléfono a mi hijo Connor, fruto de mi tercer matrimonio con una terca mujer. Tengo ganas de verle, he quedado en ir a visitarle próximamente. ¡Ah, mi hijo Connor!, hace un año tuvimos que llevarle a un severo internado en Inglaterra, siempre fue muy rebelde pero cuando empezó a dejar embarazada a toda mujer que se cruzaba en su camino, independientemente de su edad y constitución física, tuve que tomar cartas en el asunto. Si esto hubiera salido a la luz hubiera perjudicado mi carrera. ¡La de abortos que he tenido que costear!, los padres de las chicas embarazadas venían a quejárseme y no teníamos más remedio que hacerlo. Ahora se encuentra bien encerradito en esa institución con un nombre falso, con sus dieciocho espléndidos años. Me da pena este hijo, es un hombretón que podría comerse el mundo pues es digno heredero de su padre, pero tiene que desembarazarse de ese defecto, ¿a qué hombre no le gustan las mujeres?, pero hay que controlarse y seducirlas con dulzura… su madre ya me dijo en una ocasión: Siento miedo de Connor… cuando mira a una chica lo hace de una manera, como si tuviera deseos de matarla. Llevo un año sin verle y no creo que haya tenido muchas ocasiones de salir del internado. ¡Pobre hijo mío! Pronto le visitaré, le llevaré unos días a divertirnos a Londres. ¡Cuánto le quiero!, sé que le hago mucha falta. Añorando a mi hijo me quedo dormido, el teléfono me despierta a las siete de la mañana, hora española, es mi mujer que llama para decirme que mi película Etérea ha arrasado en los premios de la Academia, de los diez Oscar a los que estaba nominada ha conseguido nueve, así que soy el mejor director del año y la película la más destacada de todas cuantas se realizaron en 2009, amén de premios de interpretación y técnicos. Es un gran honor, me siento muy honrado, he de reconocerlo modestamente, aunque la Academia hollywoodense no me descubre nada. Mi obra ya está lanzada a la Historia sin necesidad de estos reconocimientos. Ni Orson Welles ni Alfred Hitchock tuvieron jamás el beneplácito de la Academia y mire usted… Yo soy de su misma raza. Sarah vuelve a repetirme que tenía que haber estado en Los Angeles, teníamos que haber ido, Roooobbbyy, con ese tonito de voz que ella pone, me está cargando esta mujer… parece que ronca cuando dice: Rob… Rob… Sé que únicamente le importa ponerse el vestido y salir en las fotos, ¿por qué no se deja de comedias? Hubiera sido muy arriesgado estar en Los Angeles y asistir a la ceremonia. Allí, la rubia se hubiera lucido, quizá hubiera sido ella misma la encargada de entregarme la estatuilla dorada y en ese mismo momento me liquida. Me entrega el Oscar y mientras yo recito las palabras de agradecimiento, ella cumple con su propio ritual, cautelosamente se esfuma como lo haría una pequeña plumilla empujada por el viento mientras yo caigo desplomado allí mismo en el escenario del Dorothy Chandler Pavillion, delante de un millar de personas que se levantarían gritando aterrorizadas. La ceremonia sería un gran éxito pues nunca ocurrió algo semejante, pero no, me alegro de no haber asistido. Mi vida vale más que esa terrorífica escena.
He hecho muy bien en venir aquí. Estoy en un extraño hotel español, en la costa de Levante cerca de un pueblo de nombre muy raro, Benijoorme o algo así, me llevo mal con los nombres españoles. Estar en el hotel Asian Gardens Resort te da la impresión de estar en otro lugar. Nunca esperé encontrar un sitio así aquí. Parece un decorado de un filme. Una gran mansión asiática situada en la cima de una montaña desde donde se domina el mar.
Alguien dijo alguna vez que la soledad era un lugar. Desde que he llegado a España siento la soledad como nunca la sentí. Este lugar, donde me hallo ahora, este hotel exclusivo es el lugar llamado soledad. El tiempo transcurre y no salgo de mi habitación. Desde el ventanal veo los exóticos jardines de este lugar que parece no pertenecer a ninguna parte, un estanque rodeado de vegetación y cuidadas flores que podría ser el mismo Vietnam. Enormes piscinas a lo lejos, rodeadas de hamacas separadas por blancos lienzos flotantes. Al fondo, a los pies de la montaña una gran extensión de mar de color gris plomizo, como una enorme balsa cuyas aguas reposan durmientes. Hay un islote puntiagudo, anclado en mitad de la bahía que se adivina carente de vida. No he visto todavía el sol y el cielo azul que imaginamos al pensar en el mar Mediterráneo. Se diría, más bien otro mar diferente, un mar del norte donde la niebla ha suplantado al sol. Respiro tanta soledad que creo que no existo para el mundo, hasta el hecho de ver mi cuerpo reflejado en el espejo es un acto sorprendente. Nunca se ve a nadie en el hotel, sus enormes salones balineses, el hall, los pasillos, el ascensor, el jardín, los distintos restaurantes, todos están vacíos, ¿y el resto de la clientela?, ¿dónde están los demás clientes?, ¿soy yo el único huésped?, no creo que lo sea pues he visto algunos coches en el parking. Hasta la enorme recepción esta vacía, únicamente cuando te aproximas al mostrador alguien aparece inmediatamente para a atenderte. Sin duda los empleados ocupan su sitio fuera de las miradas de los clientes pero cuando éstos les necesitan acuden raudos. A pesar del engranaje subterráneo que debe existir en este complejo nunca se escuchan rumores, ecos de voces, ni tan siquiera el hilo musical martiriza tus oídos, es el lugar ideal para el descanso. ¿Cuánto tiempo podré resistir aquí?
Aparece un tímido sol y las inmensas nubes permiten ver pequeños trozos celestes. Ahora mis días transcurren trabajando en la nueva película, delante de mi ordenador y echado sobre la cama con la mente ocupada en la historia del hombre inmortal. A veces he de levantarme para deambular por la inmensa suite de lado a lado, trabajo el guión y al final de la jornada envío lo que he escrito por mail a Georges Travis y él hace lo mismo con su tarea. Hablamos varias veces al día por teléfono. Tarde o temprano tendrá que venir aquí para finalizar juntos el trabajo. Oigo pocas voces al día, la voz de Travis que es realmente con el único con quien mantengo una conversación, la telefonista que me pasa su llamada y a quien yo simplemente doy las gracias, la doncella que hace mi habitación cada mañana, el maître, el camarero que me sirve la comida. A los dos hombres que me acompañan les dije que se relajaran, aquí no hay peligro, nadie me conoce… es una pesada losa ir siempre acompañado por guardaespaldas, sentirte observado produce una terrible incomodidad, además de llamar sumamente la atención. Se alojan en la misma planta donde yo me encuentro, pendientes de sus teléfonos por si les necesito.
Cada día leo la prensa de mi país y veo los noticiarios en la televisión pero la mano rubia no ha vuelto a aparecer. Este mediodía cuando bajo al restaurante veo por fin a alguien en el salón cercano al comedor. Es una mujer sentada junto al ventanal con la mirada ausente, parece llena de nostalgia. Cuando terminé de comer, al pasar nuevamente junto a ella observé que lloraba en silencio con la mirada perdida en el cielo que divisa a través del mirador. Su pálido rostro está empañado por las lágrimas. La tristeza le sienta bien a esta mujer, le concede la belleza que realmente no tiene. Me enternece su imagen abatida. Cuando llego a mi cuarto su recuerdo no me abandona, deseo hablar con esta mujer, me siento intrigado por ella, por su exquisita elegancia, por su subjetiva belleza y tomo el ascensor nuevamente para ir a su encuentro, cuando llego al salón una gran decepción me invade pues la mujer no está.
Enciendo mi ordenador dispuesto a trabajar y me resulta imposible concentrarme. Mis pies me piden acción y mi cabeza piensa en la mujer de las lágrimas, la mujer triste. No soporto mi encierro y abandono la habitación después de intentos fallidos en el trabajo. Deambulo por el hotel y paseo por los corredores oscuros cuyas luces se encienden a mi paso, mis pisadas retumban sobre las pulidas baldosas en las que veo reflejada mi imagen, mis piernas al caminar son dos aspas, al verlas duplicadas tengo la impresión de que voy a pisarme a mi mismo. A un lado del pasillo hay una puerta de cristal opaco que llama mi atención, la abro, un olor a madera domina la sala que está en penumbra. En la pared del fondo un gran monitor de plasma apagado refleja mi imagen en su negra pantalla, los contornos de mi silueta aparecen iluminados debido a la luz que entra desde el pasillo. La espesa oscuridad que reinaba en la estancia se ha aclarado, mi vista ya puede ver nítidamente, me encuentro en una sala de reuniones donde hay una larga mesa rodeada de sillones, las paredes están forradas de madera oscura, parece que nunca nadie la haya utilizado. Salgo nuevamente al corredor y es entonces cuando percibo unos pasos sinuosos que parecen retirarse en una atenuada carrera sobre algodón. No consigo ver a nadie pero tengo la sensación de que alguien me ha seguido. Deben ser mis guardaespaldas que quieren hacer su trabajo aún en contra de mis últimas indicaciones. Al final del pasillo me encuentro con un pequeño bar, está vacío. Ocupo uno de los taburetes de la barra e inmediatamente el barman aparece, amable y sonriente. Habla mi idioma, me sirve un whisky doble e inmediatamente me deja solo, yo pretendía distraerme un rato con su charla pero me abandona. Pienso en ella, siempre resulta intrigante encontrarte con una mujer sola en la soledad de un hotel, deseo averiguarlo todo sobre ella, su rictus, sus lágrimas… pretendo que mi pensamiento actúe como un conjuro que la haga aparecer, pero ella no viene, debe de estar ya durmiendo, son cerca de las dos de la mañana. El bar tiene una extraña iluminación. Cuando finalizo la copa el camarero reaparece y me sirve otra, tan pronto lo hace, se esfuma con la rapidez de un mago.

Recibo la visita de la directora de los estudios de cine Casa de la Lus o Ciudad de Lus, no lo sé bien, soy un desastre para los nombres en español. Ella es una mujer bellísima, hermosa hasta decir basta, una mujer con letras mayúsculas. Tan pronto veo su natural aire seductor incorporándose, viniendo hacia mí y estrechando mi mano, observo sus cabellos castaños con mechas de color rubio y lanzo mi olfato a deambular a su alrededor, en su cara aparece un mohín de incomprensión esgrimiendo una sonrisa práctica. Huele muy bien, es un aroma diferente a My sin, un perfume fresco y moderno, lo que debe llevar por la mañana una mujer de hoy. Me siento fascinado ante sus maravillosos ojos que lucen en un perturbador rostro que podría figurar en una antología de los rostros más fabulosos del cine. Es como la joven Faye Dunaway, como Sharon Stone, como Corine Nilssen o Monica Bellucci… Aunque tengo la convicción absoluta de que toda mujer lleva una puta dentro, a ella no se le nota. Ella es una ejecutiva, sabe hacer bien su trabajo, es inteligente, tiene don de gentes, una gran amabilidad y simpatía además de una exuberante silueta que despierta mi libido dormida y sólo pienso en pegarle un buen polvo. La invito a almorzar, me relaja estar con ella. Acepta. Durante la comida no me concentro en la conversación, sólo pienso en lo buena que está y en esas tetas que asoman por su escote. Después del café se marcha alegando tener mucho trabajo, estrecha mi mano cuando yo quisiera estrecharla entre mis brazos. La acompaño hasta su coche, la acompañaría hasta la ciudad… la veo alejarse con un vehículo conducido por un chófer. La veré próximamente, cuando visite los estudios. ¿Qué hace está mujer en este apartado rincón del mundo cuando podría ser la reina del cine? Al trabajar en la Ciudad de la Luz se ha apropiado de toda la luz. El poder infinito de su escote me acompañará toda la noche.

Llevo toda la mañana trabajando, intentando dar forma a una idea en el argumento de la controvertida familia inmortal pero no lo consigo. Mi mente va de un lado a otro y no me permite concentrarme. Me sudan las axilas y las manos, siento ansiedad, necesito salir y eso hago.

Necesito abrazar el calor de una mujer, desde que comenzaron los asesinatos me abandonó la libido pero ahora ha regresado de nuevo con maneras tiranas. Bajo andando al pueblo más cercano, Beenijoorme o algo así es su nombre, tardo algo más de una hora en hacer los cuatro o cinco kilómetros que lo separan del hotel. Llego a una gran playa de arena blanca que está desierta, hace muy mal día, parece que estoy en la costa de Bretaña en vez de en el Levante Mediterráneo. Camino por un paseo entre el mar y una avenida con mucha circulación rodante. Por la otra acera veo a mis dos hombres atentos a mis movimientos. A lo lejos se ve la Villa, cuyo perfil me recuerda a Sicilia. Deambulo por sus callejuelas desiertas como las de una medina árabe modernizada con sus tiendas de souvenirs vacías. Comienza a caer una fina llovizna que salpica los cristales de mis gafas ahumadas; llego a un mirador y ante mi vista aparece el mar embravecido que ruge insistentemente la misma abrupta sinfonía, detrás de mí hay una iglesia de cal blanca con un alto campanario que se diría una iglesia mejicana, entro en ella y un sacerdote ofrece a sus fieles el oficio de la misa. No estoy interesado en el servicio religioso en este momento, sólo la curiosidad y el guarecerme de la lluvia me ha hecho entrar. Camino por uno de los laterales de la nave principal y mis pisadas suenan contra las losas de mármol a pesar de mi pretendida sutileza, el sacerdote me mira y me hace una indicación con la cabeza para que tome asiento, cruzo el arco de la columnata y le obedezco haciendo la señal de la cruz y sentándome en el primer banco que encuentro. Llega el momento de la comunión y algunos de los fieles asistentes se acercan al altar para recibir el manjar de la sagrada hostia donde se halla el cuerpo de Cristo. Miro fijamente a una de las mujeres, es de pequeña estatura, lleva el pelo recogido debajo de un velo de encaje negro que le llega hasta el inicio de la espalda, camina suavemente pareciendo no tocar el suelo, cuando se arrodilla delante del cura sus caderas dibujan un arco lleno de sensualidad. Una vez recibido el sacramento se incorpora y por el pasillo central se dirige a su asiento, cuando pasa cerca de mí veo claramente que se trata de la mujer de las lágrimas que vi en el salón del hotel, camina con los ojos cerrados y suspira levantando sutilmente los hombros, no lleva apenas maquillaje, su piel aparece sin artificio suave y tersa. Me da un vuelco el corazón… espero que termine la misa, hago la señal de la cruz nuevamente y salgo detrás de ella. En la puerta un taxi la espera, entra en él cabizbaja sin darse cuenta de mi presencia, un instante después el vehículo se aleja bajo la insistente lluvia. Deseo más que nunca estar cerca de ella, hablarle, acariciar sus manos…
Este pueblo es muy extraño, de un barrio de casas encaladas que me recuerda a las medinas marroquíes paso a unas largas avenidas pobladas de edificios que son como monstruos enormes, rascacielos que han debido construirse por alguna mano loca, todo un despropósito urbanístico, en mil metros de terreno deben de vivir miles de personas unas encima de otras como queriendo alcanzar el cielo, un tsunami haría estragos aquí. No deseo que esto ocurra, no, pero no puedo evitar pensarlo. Parece que se ha intentado emular a Manhattan con una vulgaridad extrema, edificaciones sin estilo, absurdos rascacielos sin personalidad, pienso en Italia, Portofino, Cadaqués, San Remo, Santa Margarita, Rapallo… que visité en mis años de juventud (desde entonces no he vuelto a tener vacaciones). Manhattan abajo y Asia arriba, es descabellado, ¿no?
No se necesitan rascacielos para un lugar de veraneo. ¿Quién tuvo la idea de este desastre inmobiliario?
Grandes truenos desencadenan una tormenta, el cielo se ha cubierto de nubes negras. Cuando tomo un taxi para regresar al hotel me doy cuanta de que estoy todo empapado de lluvia. En mi mente, la mujer de las lágrimas me besa ferozmente bajo una torrencial lluvia, como se besaban Clark Gable y Ava Gardner en la selva, envueltos en una tempestad.

Paso toda la mañana trabajando. El paseo de ayer me sentó muy bien, hoy estoy sumamente inspirado y consigo que encajen todas las ideas de mi argumento. Leo y releo todo lo escrito, es una sobredosis de genialidad. El personaje principal femenino ya tiene cuerpo, no puede ser otra que Julianne Moore, no concibo que sea otra actriz, hemos intentado trabajar juntos varias veces pero nuestras agendas no eran afines, ahora es el momento, tengo que llamarla por teléfono y ver cuando está disponible, en esta ocasión seguro que nos ajustamos, mataría por trabajar con ella y ella también mataría por hacerlo conmigo, estoy convencido de ello. Me gustaría conocerla íntimamente y unir nuestros lazos. Es una actriz excepcional de extrema belleza, lo que yo llamaría una belleza intelectual, que además de ser sexy tiene una recamara inteligente. La inteligencia no es un don muy común en la mujer pero he de reconocer que algunas mujeres se parecen a los hombres, Julianne es buena prueba de ello.
Llega la hora de almorzar y cuando entro en el restaurante, ella, la mujer de las lágrimas, sale. Al pasar junto a mí nuestras miradas se cruzan. Su extraño semblante me produce fascinación, el portero le abre la puerta y ella le da las gracias, escucho su suave y dulce voz por primera vez, tiene un acento genuinamente español. No me había parado a pensar cual sería su idioma, sin duda es española. Su pelo moreno oscuro luce suelto en una melena que sobrepasa los hombros, ligeramente despeinada, sus ojos de color azul están apagados, su tez blanca es aún más pálida, en mi olfato ha dejado un aroma de perfume delicado, sin estridencias. La veo cruzar el amplio hall dirigiéndose a la puerta de salida, moviéndose discretamente, sin hacer ruido. Voy tras ella y la observo mientras cruza el jardín de la entrada, camina con elegancia, introduce sus manos, enfundadas en guantes de piel negra acharolada que destacan en su atuendo, en los bolsillos de su chaquetón de ante marrón, un instante después una de sus manos asciende para acariciar el cuello de zorro canadiense que rodea su cuello. Paso un buen trecho caminando a sus espaldas por las avenidas que rodean el hotel, ¿Cómo saber a dónde va?, estas calles son como un laberinto de empinadas cuestas; le llevo una distancia de unos treinta metros, ella camina despacio siempre mirando al frente, ni un solo momento se vuelve. Quizá va a encontrarse con alguien, quizás ahora voy a descubrir su secreto. La sigo por un enorme parking descubierto, su gran superficie apenas está ocupada por vehículo alguno, sólo se ve un par de autobuses y no más de una veintena de coches utilitarios, por todas partes hay carteles donde se puede leer “Terra Mítica”, cruzamos las líneas blancas marcadas en el suelo como en un juego. Comienza a salir el sol y su silueta pequeña se muestra a contraluz; debo separarme más de ella pues en estos espacios vacíos si se girara podría verme…, en realidad no sé por que me escondo. No voy a hacerlo más, es el momento de aparecer y hablarle, mi sentido común me lo pide. Llegamos a la entrada, “Terra Mítica” es un pequeño parque temático, nada que ver con el mastodóntico Disneyland. Ella se acerca a la taquilla y yo espero, cuando la veo entrar, saco mi entrada y atravieso las enormes puertas del palacio de Cleopatra.
La primera impresión que te produce es sentir que te encuentras dentro del enorme decorado de un peplum italiano, cartón piedra por doquier. No me interesa en demasía este derroche de maravillas de la antigüedad clásica realizadas hoy. Como era de suponer apenas se ve gente… junto a la explanada de entrada hay un lago con una gran barcaza donde la veo a ella. Un empleado ataviado con una faldita crinolina y el torso envuelto en una coraza de metal va a retirar la rampa de acceso al barco, le digo que espere y corro para poder embarcarme. La embarcación está medio vacía, enseguida descubro su mecanismo, parece flotar pero en realidad va sujeta sobre raíles, como si de un tren se tratara, deslizándose a través de ellos en dos palmos de agua.
Me siento fascinado contemplándola, no puedo imaginar si ella es consciente de que la estoy siguiendo, no parece una mujer de las que van mirando a unos y a otros como no queriendo perder detalle, va sentada cerca de la proa con los ojos cerrados manteniendo la melancólica faz elevada, ofreciéndosela al sol, los bonitos labios entreabiertos… ¿qué secreta angustia esconde?, me recuerda a la triste heroína de una película de romanos, una bella cristiana perseguida por un rudo centurión en un film de la época dorada de Cinecittá. El sentido del humor hace acto de presencia en mi imaginación. Un hombre inteligente no debe carecer del don del humor, los negros episodios recientes lo mantenían oculto.
El velero mecánico hace una parada delante de un fastuoso templo dorado y ella desciende, por cuestión de segundos no me da tiempo a bajar, el barco continúa su travesía y cuando miro al pequeño muelle donde ella ha descendido no la veo. Bajo en el siguiente muelle y hago un largo recorrido hasta que la encuentro a lo lejos en una de las atracciones, una especie de escultórica noria. Un grupo de jóvenes estudiantes arman revuelo mientras la noria no cesa de girar en ralentí, cuando estoy cerca veo que ella ocupa una de las plataformas colgantes del artefacto, su cabello ondea al viento, ha ocultado su mirada con unas gafas de sol de cristales oscuros. Cuando la noria para, ella sale rodeada por los estudiantes y cuando se separa del grupo y pasa por delante de mí ya no me oculto, la espero con la intención de decirle algo pero me quedo mudo ante su excepcional presencia. No me queda otra opción que seguirla, veo que entra en El laberinto del Minotauro y yo entro detrás, el recorrido de este pabellón se realiza a través de una vía como en un tren de juguete, veo que sube a un pequeño vagón en forma de carroza quiero alcanzarla y sentarme junto a ella pero el vagón pasa rápidamente, al fin consigo dar un salto y colarme en una de las carrozas ambulantes, al entrar por un túnel en penumbra se escucha una música que pretende que entremos en una situación terrorífica, figuras de seres malignos envueltas en luces fluorescentes aparecen a ambos lados de la vía por la que circulamos en penumbra, ella va varios vagoncillos por delante del mío, me levanto como empujado por una especie de fuerza magnética e intento acercarme desplazándome de uno en uno como el héroe de una película de acción, la verdad es que es muy sencillo hacerlo, no resulta arriesgado.
 
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Cuando llego a su altura ella se asusta al verme, me siento a su lado saludándola con mi mejor sonrisa, pero no debe de haber escuchado mis palabras debido al ruido, un monstruo alado pasa volando por encima de nuestras cabezas, casi rozando nuestros cabellos, ella se asusta y se abraza a mí apoyando su cabeza en mi pecho pero inmediatamente la retira. Ambos miramos al frente… cuando salimos al exterior, ella me mira con sus ojos transparentes y me pide que me marche, lo dice en español; me quedo quieto sin saber que responder y entonces es ella la que se marcha dejándome con el rostro contrariado. Me fijo en sus andares, pisa el suelo como si flotara, con elegancia, aparenta ser menuda pero estoy convencido que si llevara un tacón alto no lo parecería. Recorro el parque pero no consigo volver a verla, cuando empieza a oscurecer los altavoces anuncian el inminente cierre. Salgo a la puerta y espero hasta que llegan dos romanos y la cierren. Es de noche cerrada y regreso al hotel. Parece que alguien me sigue, puede que sea ella… me vuelvo pero no alcanzo a ver a nadie, está muy oscuro. Se ha vuelto un frío húmedo, me he quedado helado en ese parque. Bajo por las oscuras avenidas que se iluminan de improviso con los faros de algún coche que pasa. Al girarme nuevamente veo a mis dos hombres que me alcanzan, bajamos juntos los tres hasta el hotel, no quiero comentar nada con ellos sobre la mujer a la que he seguido.
Paso toda la noche pensando en ella, veo su cara al sol, sus ojos azules que me miran, los labios entreabiertos que se acercan para besarme, cuando despierto me siento contrariado y sigo contrariado los siguientes dos días que con suma inquietud recorro el hotel en su búsqueda sin encontrarla. Apenas trabajo, paso el tiempo deambulando por las estancias del hotel… quizá se haya marchado… reniego ante este último pensamiento, pues si esto sucediera no sabría como volver a encontrarla.
Después de la cena, recorro las zonas comunes de este silencioso hotel donde no parecen existir más huéspedes que nosotros; me siento en un taburete junto a la barra del pequeño bar que descubrí al fondo de un corredor. Nada más entrar, el barman aparece entre las formas del botellero, tiene el rostro contrariado, cuando me ve aparenta murmurar algo para sí mismo, pero cuando se acerca a mí muestra una sonrisa con la boca cerrada. Este lugar tiene una iluminación irreal, fantasmagórica. Soy el único cliente. Cuando el barman se acerca, su rostro parece de cera y una luz cenital se proyecta sobre él, alargándolo y creando sombras que hunden las cuencas de sus ojos y hacen que la nariz caiga sobre la boca, su sonrisa no se entiende en esta cara que es una máscara de luces y sombras. No pienso ya en la posibilidad de charlar con él, la única idea que tengo en mente es que ella se deje caer por aquí. Cojo la copa que me sirve y me coloco en el extremo de la barra frente a una ventana que da al lago y unos instantes después la veo caminar por el jardín, la visión de su figura enfundada en un abrigo negro y rodeada de oscuridad donde destaca su rostro, empequeñecido por la distancia, que se ilumina por una luz que no se sabe bien de donde procede, me resulta tan tentadora que sin pensarlo dos veces salgo raudo a su encuentro.
Secuencia: Después del parque temático. Jardín. Exterior noche. La luna aparece tras el filtro de las nubes iluminando el jardín tenuemente, ella atraviesa delicadamente el puente sobre el estanque en un plano americano, no parece pisar el suelo, el hombre la contempla mientras su corazón late más deprisa. El hombre soy yo pero esto no es el rodaje de una de mis películas, es la vida que ahora estoy viviendo, instantes de la vida que está colmando mis sentidos. La mujer que gota a gota se va apoderando de mi corazón, sin ella saberlo, cruza el puente de espaldas a mí. Hace buena temperatura pero la noche es oscura, el lago está parcialmente iluminado por difuminadas luces que llegan a través de los ventanales del edificio. El ruido de mis zapatos sobre la pasarela va a romper la fascinación de este momento, no quiero que eso ocurra y para ello camino de puntillas como un ladrón que no quiere ser sorprendido. Un pájaro nocturno emite sonidos intermitentes. Cuando llego al final del puente no la veo, delante de mí, la frondosidad de los árboles matiza todavía más la oscuridad. Al acostumbrarme a la penumbra descubro su silueta fundida en la noche, a unos cinco metros de donde me encuentro, me sigue dando la espalda, me detengo, sin decisión alguna sobre como abordarla, entonces veo que se desvanece y cae sobre el césped, me apresuro a ir a su encuentro y veo que todo su cuerpo se agita, sus piernas tiemblan, sus brazos no cesan de moverse, parece un animal herido que batalla entre la vida y la muerte. De repente abre los ojos que deja anclados en el vacío… no me contemplan, no pueden ver nada… la boca abierta deja asomar su lengua. La tomo en brazos y entro en el hotel pidiendo socorro. Ella no deja de agitarse. Enseguida aparece personal de seguridad con un hombre que me hace saber que es el médico del hotel, inmediatamente se presentan dos enfermeros con una camilla y se la llevan. No me da tiempo a preguntar nada. Me siento aturdido, acabo de realizar la más absurda de mis actuaciones.

No pude dormir en toda la noche. Hacia las once de la mañana bajé a recepción a preguntar por ella, me dijeron que se hallaba en perfecto estado descansando en su habitación. A primera hora de la tarde me telefoneó, escuché su voz hablando un inglés perfecto. Me daba las gracias por haberla socorrido y me citaba en el restaurante a la hora de la cena.
No se retrasó en venir, no hice más que sentarme a la mesa cuando llegó. No quiso tomar nada de aperitivo y mientras yo tomaba una cerveza negra elegimos el menú. Yo sonreía contemplándola mientras ella me hablaba sutilmente con una voz tenue que me hacía poner mayor atención. Durante el segundo plato ella sonrió para decir…

– Llevamos charlando un montón de tiempo y todavía no le he dicho mi nombre, me llamo María López.
– Un placer, María, mi nombre es… -no me había preparado para ello, no había inventado todavía un nombre para mí, estuve a punto de decirle mi nombre verdadero pero pensé que era mejor ocultarlo y dije el primero que se me ocurrió-… Paul… Tra… Travis, de Boston, tengo negocios editoriales, vine a Madrid por asuntos de trabajo… alguien me habló de este hotel y sentí curiosidad por conocerlo, la verdad es que se está muy bien aquí, dispone de toda la tranquilidad que necesito en estos momentos… -ahora se trataba de desviar la conversación, de momento todo lo que quería comentar sobre mí ya estaba dicho- ¿por qué viaja sola, María?
– Es una larga historia… -dijo escondiendo su mirada-, digamos que una situación adversa me ha traído hasta aquí… este lugar también está lejos de los míos, aunque no estoy tanto como usted –esbozó una ligera sonrisa y me miró apartando la mirada rápidamente de la mía-, mi familia vive en Asturias. Mi destino era otro, quería perderme en algún lugar anodino de África pero pasé dos días de un lado a otro circulando con un coche de alquiler, no sabía que hacer, estoy enferma y en el momento más inesperado puedo sufrir un ataque pero me arriesgué, no sabía que hacer… sólo me atraía la carretera, pensaba que si ponía los pies en el suelo conseguirían dar conmigo enseguida, un día pasé por aquí y vi el hotel y aquí me quedé. Es un hotel extraño… no parece real. Nunca imaginarían que podría meterme aquí, esto es el culo del mundo para ellos, aquí no me encontrarán… pero no puedo estar aquí toda mi vida… no sé que hacer…

Al decir esto suspiró profundamente, fue entonces cuando ví unas lágrimas asomar por sus ojos y rodar sutilmente por sus mejillas.
Cuando terminamos de cenar le propuse salir a dar un paseo por el jardín pero alegó que estaba cansada e iba a retirarse. Dejé que se marchara y salí a respirar el aire puro de la noche. Me senté en un velador en mitad de una terraza, no hacía otra cosa que pensar en la conversación que había mantenido con María, en todos sus problemas. Sentía deseos de protegerla, la veía indefensa en una situación hostil. De repente, como una aparición la vi frente a mí.

– No podía estar sola, necesito de tu compañía, Paul.

Me levanté y la estreché entre mis brazos, ella permitió este contacto rodeando mi cintura. Me dejé llevar por una corriente de sensaciones que despertaban en mí. Puse mi cabeza en su cuello, mis labios rozando su piel, mi respiración era suave, la suya agitada. Tenerla entre mis brazos era un auténtico milagro. No sé cuanto tiempo permanecimos así, hasta que María rompió nuestro abrazo, se separó de mí para mirarme fijamente, una extraña luz desprendía su rostro, no sabría decir si de alegría o de tristeza, con una expresión que no podía definir me dio la espalda y se alejó, sólo pude llamarla… María… no te vayas… pero no quiso escucharme.
Pasé toda la noche soñando con amores a la luz de la luna, amores románticos, amores desgarrados, rostros que se rompían en una caricia, cuerpos que se descomponían en un abrazo… ví a María López empapada de lluvia en la oscuridad de un jardín abandonado, su mirada azul llena de lágrimas, acercaba sus brazos hacia mí, me pedía ayuda… el rostro de María sumergido en el mar, sus bellos ojos azules asustados me miraban implorando ayuda… desperté con un grito…
Una llamada telefónica me devolvió a la realidad. La directora de La Ciudad de la Luz, con su adorable voz quería saber cuando estaría yo disponible para visitar los estudios cinematográficos, agradecí la deferencia y le rogué que esperara unos días. Después de la ducha me sentí mejor, telefoneé a María pero no respondió. Pasé todo el día inquieto circulando por todo el hotel como perdido.
Por la tarde escuché su voz por el hilo telefónico, quería verme.
Un taxi nos llevó hasta el pueblo, caminamos por sus calles brumosas sin apenas hablarnos, parecíamos dos desconocidos pero yo sabía que en nuestro pequeño mundo se iba creando un lazo de complicidad. El atardecer nos sorprendió sentados en un mirador frente al mar, habíamos llegado allí por medio de una empinada escalerilla construida entre las rocas. Una enorme masa de cúmulos hacía descender el cielo a dos palmos de nuestras cabezas, un suave viento nos daba en el rostro, las campanas de la cercana iglesia tocaban una monótona canción que avisaba del oficio religioso. Allí estábamos sentados los dos, inmóviles, frente a la inmensidad del mar invernal rodeados de gaviotas que graznaban al pasar volando sobre nosotros.

– Tengo miedo –dijo ella
– ¿Por qué tienes miedo?
– Tengo miedo… un miedo que se ha hecho crónico, desde hace tiempo me siento así, no es bueno para una mujer sentirse perseguida… he estado siempre acosada por ese hombre que se casó conmigo, el mayor error que he cometido en mi vida, le he hablado tantas veces de divorcio pero no accede y ahora ya es imposible ni siquiera plantearlo…

Hizo una pausa y miró el vuelo de una gaviota que pasó cerca, parecía que su relato había finalizado pero yo sabía que no, quizá yo no tenía derecho a saber más.

– Si quieres hablar… estoy aquí para ayudarte, María, no hago más que pensar en ti, para mí es muy importante haberte conocido, creo que me estoy enamorando de ti.
– Yo también creo estar enamorada de…

No llegó a terminar la frase, el llanto apagó sus palabras. La abracé y ella apoyó su cabeza en mi hombro. Mis labios vagaron sobre la piel de su cuello, ella comenzó a temblar. Tuve la impresión de que iba a morir si no besaba inmediatamente sus labios y así lo hice, nos dejamos caer sobre los escalones, sentía mi saliva entrar en su boca mientras mi lengua acariciaba su paladar. Me hubiera quedado allí hasta el amanecer, abrazado a ella pero María sugirió regresar al hotel, parecía estar huyendo constantemente. La noche hacía resaltar las luces de la costa.
Quería saberlo todo de ella, lo necesitaba. Deseaba apropiarme de ese mundo secreto que sentía que ella poseía en su interior. Quería solucionar sus problemas y para ello debía conocerlos. Otro día me siguió contando.

– La otra tarde en las escaleras, junto al mar, estaba muerta de miedo, sin saber por que me vino a la mente Juan Carlos, mi marido, Juan Carlos es un ser terrible, le gustaría matarme, ya ha intentado estrangularme más de una vez, pero sé que no va a hacerlo pues eso le complicaría la vida, pero quiere hacerme algo peor. Está empeñado en hacerme ingresar en un hospital psiquiátrico, lo tiene todo preparado, hace años que me estoy dejando manejar por él, sin darme cuenta de lo que era capaz y me vi en consultas de médicos… tomando fármacos que no necesito, su desprecio es lo que me ha vuelto loca, por sus desmanes me he sentido una inútil, ahora que he escapado me siento más cuerda que nunca lo estuve. Tenemos dos hijos que estudian en Oxford, fue idea de él que se fueran lejos, así evita testigos, yo al principio me desplazaba a menudo a Inglaterra para verles, pero ahora llevo todo un curso sin visitarles, según él, mi estado no me permite viajar. Tenía que marcharme, no podía quedarme allí y soportar todo el daño que él iba a hacerme…

Se quedó en silencio y me miró… en sus ojos había una carga insondable de tristeza. Tomé sus manos y las besé, guardándolas entre las mías. Cuando salimos al jardín, por iniciativa suya, la tarde emitía sus últimas luces. Los pájaros componían la canción del crepúsculo armonizando sus sonoridades cadenciosas que al integrarse unas con otras se fundían en una sinfonía perfecta.

– Me crié con mi abuela, mi madre falleció cuando yo era bien pequeña, mi padre con su fábrica ya tenía bastante, siendo muy pequeña me mandó con mi abuela a la que apenas conocía. Vivía en Nueva York, así que allí me crié, todo mi bachi llerato lo estudie en la gran manzana, ella era un ser adorable, una mujer de mundo. Se quedó viuda muy joven y se puso a trabajar con empresas norteamericanas, al fin tuvo que dejar Oviedo e irse a vivir a Estados Unidos; posiblemente hayas oído hablar de ella, fue una mujer muy famosa, Gloria Herráez, una gran diseñadora de modas. Ella me educó y me quiso cuando yo más lo necesitaba. Ha sido la persona que mas me ha querido, ¡no sabes cuanto la echo de menos!, cuando no iba al colegio me llevaba consigo cada vez que viajaba, estuvimos en Paris, en Londres, Milán… viajé con ella hasta Japón, Australia… nos teníamos la una a la otra, ella no había vuelto a casarse, yo era más que su nieta… su hija… -el recuerdo de su abuela enturbió su mirada- pero no me porté bien con ella, creo que le fallé… cuando conocí a Juan Carlos para mí no hubo nadie más que él. Vine unas vacaciones a ver a mi padre a Oviedo y nunca más regresé, yo apenas tenía dieciocho años cumplidos, él trabajaba en la fábrica, tenía un cargo sin importancia pero andaba siempre delante y detrás de mi padre, un arribista, pero yo no me daba cuenta de esas cosas. Me enamoré de él en cuanto le ví, no sé que tenía ese hombre que por él he olvidado hasta quién soy. Me descubrió el sexo y me volvió loca de amor y deseo, a partir de entonces fui su esclava. Mi felicidad duró poco tiempo después de la boda. Creo que él jamás me amó. Me llevaba más de diez años y lo que buscaba en mí era otra cosa diferente al amor: dinero y bienestar social. Iba recubierto de una capa encantadora pero tenía una trastienda cruel y mezquina aunque la sonrisa no abandonaba jamás sus labios. Ahora maneja todos los bienes de la familia, mi padre tuvo un accidente y se quedó postrado en la cama, como un vegetal, Juan Carlos tomó las riendas de todo, quiere deshacerse de mí porque yo le estorbo para sus planes, tiene una amante… o más de una, no es un hombre de fiar… yo no tengo a nadie, consiguió alejarme de todos… hasta de mis hijos. Soy un estorbo para sus planes… no sé si he dejado de amarle, pero no es esa la cuestión… -hizo una pausa, un silencio que no quise interrumpir-. No sé que hacer con mi vida, no sé donde está mi lugar en el mundo, ¿debo regresar y permitir que haga de mí lo que quiera?, si al menos mi abuela estuviera viva, ella no lo permitiría.
– No, María, no vas a regresar. Presiento que mi vida va a cambiar contigo, eres diferente a cualquier mujer que haya conocido antes… eres tan distinta… la mujer que he esperado toda mi vida.

Aquella noche la acompañé a su habitación. Me hubiera gustado tanto que me permitiese entrar, pero no accedió a mi insinuación de pasar la noche juntos.

– ¿Es sólo sexo lo que quieres de mí?

Yo me quedé atónito. No esperaba esta pregunta. No se ajustaba en absoluto a lo que yo quería de ella. Hubiera preferido que alegara una súbita jaqueca, cualquier cosa excepto esa idea.

– Los hombres sólo buscáis que la mujer os complazca sexualmente, quiero un hombre que me ame de verdad. Nunca me han amado…

Al decir esto me dio la espalda y entró en su habitación. Yo me quedé varios minutos en la puerta esperando que ella cambiara de idea y saliera para invitarme a entrar. Pero esto no sucedió.
Cada noche, cuando ella me abandonaba para irse a descansar a su habitación, me sumía en la más absoluta soledad. ¿Qué estaba pasando en mi vida?, ¿es qué tenía que venir a este rincón del mundo para encontrar el verdadero amor? ¿Qué tenía esta mujer que me hacía desearla como nunca deseé a ninguna otra? Despertaba en mí sentimientos que nunca conocí.
Toda su historia me había llenado de tristeza. Su vida había sido muy dura, pero pronto iba a cambiar, estaba decidido a estar siempre a su lado.

Mi primer pensamiento al despertar fue María. Telefoneé a su cuarto pero no respondió. Después del desayuno bajé al salón principal y ocupé un sillón con un periódico entre mis manos, más atento a su posible aparición que a las noticias que tenía delante de mi vista, cuando pasó más de una hora estaba tan nervioso como un colegial, el periódico estaba arrugado, sus páginas descompuestas y el sudor de mis manos había absorbido la tinta dejando mis dedos pegajosos.
Pasé el resto del día merodeando lánguidamente por todas las estancias del hotel, parecía deambular por un palacio asiático abandonado. Varias veces llamé a la puerta de su habitación sin respuesta. Su ausencia latía en mí haciéndome daño. Temía que pudiera haber sufrido otro ataque, pregunté en recepción y la recepcionista me dijo que a primera hora de la mañana había abandonado el hotel.

– No puede ser… ¿Está usted segura?
– Si, completamente, abonó su cuenta y se marchó.
– Pero, no es posible, asegúrese… por favor. –Insistí, me estaba saliendo de mis casillas.
– Discúlpeme, señor. Se lo estoy diciendo, la señora María López dejó el hotel esta mañana.
– Pero habrá dejado alguna nota para mí, mire bien, por favor.
– Lamento comunicarle que la señora López no dejó ninguna nota.
– Mire bien, se lo ruego, ha debido de dejar algo para mí.
– No señor, no dejó nada para usted, lo lamento, estoy segura de ello, yo misma la atendí, lo siento, señor.

Me sumí en un estado de shock. Era algo inesperado, nunca podía imaginar que María fuera capaz de abandonarme de esta forma. Pensar en no volver a verla me sumergía en un estado de ansiedad. Con ella se había ido toda mi energía. Mis pulmones se habían quedado sin aire, me sentía como una rueda fuera de circulación, deshinchada. No podía ser real. Esto no estaba ocurriendo, ella no podía haberse marchado. ¿Seguía huyendo de su marido o ahora huía de mí? Quizás su marido la había encontrado y había tenido que salir corriendo o quizá se había marchado con él. Bajé a recepción nuevamente para cerciorarme de esto pero una vez allí no me pareció procedente indagar más sobre su partida.
Pasé toda la tarde fabulando contra el miedo de perderla. Me dejé llevar por un fundido encadenado lento, en cuyas imágenes aparecía siempre ella envuelta en una aureola de tristeza que me llenaba de nostalgia.
Al anochecer volví al jardín, me sentía mareado, había pasado bebiendo todo el día, whisky tras whisky sin apenas tomar bocado alguno, me senté próximo al ventanal de la habitación que ocupaba, no se cuanto tiempo llevaba allí cuando de repente vi que se encendía la luz y una silueta se movía caminando de un lado a otro de la habitación, abría el armario, lo cerraba y se sentaba sobre la cama, era una mujer que mantenía el rostro en la oscuridad pero cuando finalmente pude verla bien… comprendí que se trataba de María López y la llamé dando un sonoro grito:

– ¡María!

Entonces, súbitamente, la luz de la habitación se apagó.
No sabía con certeza si se trataba de una alucinación, ¿había realmente ella apagado la luz al sentirse descubierta? ¿Me estaba alejando de la realidad? ¿estaba perdiendo la cordura?

– ¡María! –volví a gritar como si me estuviera ahogando, con desespero.

Entonces me dirigí a su encuentro, caminé por el hotel sin encontrarme con nadie como era habitual. Golpeé con los nudillos la puerta de la habitación de María diciendo su nombre, rogando que me abriera pero mi voz pareció no ser escuchada pues no contestó. Al poco rato de llegar a mi dormitorio sonó el teléfono, descolgué el auricular y pregunté quien era, sólo había silencio al otro lado del hilo telefónico, volví a insistir y entonces escuché su voz, hablaba bajo con voz trémula, como temiendo ser escuchada.

– ¿Paul?… ¿e-eres tú?
– Si… ¿María?
– Si, soy María…

El silencio nos invadió otro momento más, entonces fui yo quién lo rompió.

– ¿Por qué te has marchado, María? –lo dije por decir pues no sabía si tenía derecho a hacerle esta pregunta.
– Lo importante es que he vuelto, Paul, ¿no crees?, he tenido mucho miedo… miedo de no volver a verte.
– Ábreme la puerta, quiero estar contigo, necesito verte.
– Yo también necesito verte, Paul, necesito tu abrazo, tus besos…
– ¡Oh, mi amor! –dije enfebrecido- ¡quiero que seas mía! –ella suspiró al oírme decir esto- en un momento estoy en tu cuarto, ábreme la puerta, no tardo nada, cariño.
– No, Paul, no… mejor voy yo a tu habitación, dame unos minutos y allí estaré, voy a ser tuya esta noche, amor mío. Espérame, no tardo, en unos instantes estoy ahí contigo, espérame, mi amor, no tardo.

***

Ella cepilla sus cabellos, que ahora son rubios claros, recogiéndolos en un moño que hace más voluminosa la parte trasera de la cabeza. Lleva un panty transparente que la hace parecer desnuda. Se ha quitado las lentillas azules que cubrían sus ojos marrones claros, color de la miel; el cristalino desprende un brillo que dota a su mirada de una inusitada fascinación potenciada por una espesa máscara de pestañas. Ha cambiado el maquillaje que otorgaba palidez a su rostro por otro que la hace parecer más radiante. Busca en la maleta, abierta sobre la cama y toma un sujetador negro de encaje que hace resaltar sus redondos y perfectos senos. Abre el armario y toma una percha donde se haya colocado un traje sastre color gris, el traje se estrecha sobre sus formas marcando insolentemente su silueta. María López ha dejado de ser María López. Cubre sus pies con unos zapatos de alto tacón de fina aguja de metal plateado de más de nueve centímetros. Del tocador toma un frasco de My sin y pulveriza su perfume alrededor de su cuello y en el interior de sus muñecas. La que fue María López se ha transformado en otra. Ahora es ella misma, María ya no existe. Cierra la puerta de la habitación y sale lentamente pero firme. Mientras camina por el pasillo se coloca unos guantes de piel azul cobalto. Tiene una cita con un hombre y no debe faltar. Por el pasillo en que se encuentra la suite donde se aloja él, andan merodeando los dos guardaespaldas. Le da un vuelco el corazón, todo estaba saliendo tan bien que se había olvidado de ellos. Da media vuelta y reflexiona como actuar, decididamente no va a poder entrar por la puerta. Pero ella es una mujer con recursos, una mujer que no se detiene ante nada. Abre una ventana que da a la cara exterior del edificio y se quita los altos tacones, por medio de un tejadillo de algo más de media docena de metros que recorre lentamente, pegada a la fachada, llega a la terraza de la suite donde se encuentra su objetivo. Levanta su estrecha falda hasta las caderas para tener mayor movilidad en las piernas, cruza la barandilla y se coloca nuevamente los tacones. Sin hacer ruido entra en el dormitorio, el hombre está de espaldas a ella sentado en un diván con un vaso de whisky en la mano contemplando la pantalla de la televisión que emite un programa concurso muy ruidoso, hay música, campanas y hombres y mujeres que ríen y bailan, público que aplaude constantemente, en fin, un programa muy animado al que no parece prestar demasiada atención pues tiene una expresión soñolienta, se le nota nervioso, no deja de mirar el reloj que lleva en su muñeca, tose sin cesar. Con un solo movimiento ella corre la cortina, repentinamente él se gira y la ve de pie en el centro de la habitación, recortada sobre el telón beige. Se levanta sorprendido.

– ¿Quién es usted?, pero… ¿qué quiere?, ¿por dónde ha entrado? –el hombre retrocede sorprendido ante la presencia de la mujer rubia. Ella se acerca cada vez más.
– ¿No me reconoces, Robert Tuthankamon?
– ¿Robert Tuthankamon?, yo no soy Robert Tuthankamon, ¿qué hace aquí?, ¿qué quiere? –dijo él olfateando a su alrededor. –Ahora están frente a frente a pocos centímetros de distancia.
– Si, huele… huele, ¿a ver si aciertas a que huele?, ¿conoces este aroma?, ¿a que nunca oliste nada igual? -dijo ella al mismo tiempo que clavaba un estilete en su cuello, dejando una especie de medallón en su garganta.

El hombre cayó sobre la alfombra que amortiguó el sonido del impacto.
Cuando Robert Tuthankamon expiró, la mujer rubia se arrodilló junto a su cuerpo y comprobó su pulso, no tenía. Roció a fondo con My sin el cadáver, presionando con fuerza el pulverizador. En ningún momento se quitó los guantes de piel azul, ni siquiera cuando dejó en la concavidad de su puño el mechón de cabello rubio envuelto en la cinta de terciopelo. Se marchó por el mismo lugar por el que había entrado. El manto oscuro de la noche la envolvía.
 
***
 
Así se termina nuestro amor, Robert Tuthankamon… la muerte nos ha separado, ¿romántico, eh?
¿Te ha gustado mi interpretación?
¿Verdad qué me darías un papel ahora?
Pero no puedes… estás bien muerto… igual que todos los otros… en mi vida no he hecho más que castings y siempre me rechazasteis, nunca tuve derecho a interpretar el más mínimo rol, soy una fracasada pero mi fracaso tiene un precio… ahora tú ya sabes cual es… mordiste el anzuelo, ¿realmente no sabías que este amour fou que sentías por mí iba a llevarte a la perdición?, ¿no lo sospechaste en ningún momento?… claro que no lo sabias, no te hubieras dejado arrastrar… Te enamoré sin pretenderlo, yo quería liquidarte a la primera y dejarme de pamplinas pero tus guardaespaldas aparecían siempre… ¿no te dabas cuenta?, ¡claro que no!, estabas ensimismado contemplándome con ojos de borrego, acariciándome sin cesar, ¡la de besos que me diste!, ¡era agobiante!, no podía resistirlos, tu aliento es nauseabundo, tú no eres mi tipo para nada, me dabas asco, esa boca de labio leporino, la piel sonrosada como la de un cerdo, esa mirada abyecta, ¡no tienes sex appeal!, serás un director de cine célebre pero te falta morbo, se te adivina flácido, hombros estrechos y caderas anchas, ¡qué cuerpo!, ¿eh?, ¿adonde vas así?, vistes fatal y ¡ese tinte de pelo!, no sé que te sienta peor si el cabello cano o esa especie de ala de cuervo sobre la cabeza, ¿qué mujer se puede rendir a tus pies?… yo no.
No sabes como me reía para mis adentros cuando me decías que conmigo tu vida iba a cambiar… y tanto que ha cambiado, ¡un giro rotundo…! ahora ya estas en la vida eterna que con lo místico que eres seguro que hasta te la crees y todo. Creé ese personaje para poder acercarme a ti, esa triste mujer llorosa que te sedujo, esa mujer a la que su marido buscaba para matarla, te convertiste en mi sombra desde el primer momento, no me negarás que te he manejado a mi antojo, tú te creías que me seguías pero era yo quien iba a por ti, el orden de los factores no alteró la circunstancia. No sabía si daría resultado pero no me importaba, tenía más personajes para sorprenderte, soy una mujer de recursos y alguno de ellos hubiera funcionado, pero esta pobre mujer, María López, consiguió enamorarte, ¡que bonito nombre!, ¿verdad?
Me crió una mujer de origen español que se llamaba así, gracias a ella hablo el idioma desde bien pequeña, los fallos que tuviera seguro que tú no ibas a notarlos, por que no eras tan culto. Ahora soy una mujer famosa, la policía de todos los estados me busca, se habla de mí en toda la prensa, no me negaras que no soy buena matando y creando situaciones y efectos. Hago lo mismo que tú, pero lo mío es la realidad. Con el paso del tiempo se hablará de mi original manera de asesinar y de mi genial puesta en escena, llegaré a ser tan famosa como cualquiera de vosotros, todos pasaremos a la historia de los EE.UU. Con tu muerte he subido un peldaño, en breve regresaré pues tengo aún mucho trabajo, he de seguir con la trama negra que sin pretenderlo está resultando apasionante, me hace crecer y eleva mi autoestima. Tiene a todo el país en vilo y a más de medio mundo pendiente de los asesinatos de la mujer rubia. No existe espectáculo más inquietante que la visión de vuestros cuerpos con la pequeña daga asomando sobre vuestro cuello envueltos en el más glamouroso aroma de un perfume legendario… Pero antes de marcharme he decidido hacer una visita importante pues ya que estoy en España no me cuesta nada acercarme a Madrid y tener un encuentro con Pedro Almodóvar, me gustaría sorprenderle… estoy convencida de que My sin le va bien a su tipo de piel.
 
 

Nota del autor

Confío en que todos los directores a los que me he cargado en este relato no se lo tomen a mal y si llegaran a leerlo lo disfruten tanto como he disfrutado yo escribiéndolo. Si los he matado ha sido con todo mi respeto. Con sus ficticias muertes sólo he pretendido alargarles la vida para que continúen en activo y sigan regalándonos lo mejor de sí mismos, deleitándonos tanto como lo han hecho en sus anteriores películas. Larga vida a los reyes.

Pepe Calvo
 
 

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Imágenes de Kim Novak en la película Vértigo (1958 Alfred J. Hitchcock Productions, Inc. & Paramount Pictures Corporation).

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Literatura, relatos