Bruno Francés
// 06/11/2017
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Un millonario inocente
El antiComentario por Bruno Francés

 
 

Cuando un escritor tiene su propio decálogo para ser más escribano que persona, la cosa, sabes o intuyes, que no va a ir por los cauces ni habituales ni normales; máxime cuando el primer mandamiento es “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás.” y el último es “Serás difícil de complacer.” Los habrá que con tan solo estos dos mandamientos no sigan leyendo. Puedo entenderlo no les menciono los otros ocho.
Cuando ese escritor de nacionalidad húngara se va a Canadá conociendo, tan solo, cincuenta palabras en inglés y termina siendo elogiado como un escritor que escribe en inglés y debería de enseñar a los ingleses a escribir en inglés, das por sentado que el tipo de normal no tiene nada de nada; al contrario nos hallamos ante un fuera de serie.
Cuando un autor es capaz de que le censuren varias obras de teatro y participa activamente en una revolución húngara para terminar viviendo en Italia, de ahí a Canadá, en la actualidad en Londres, y a ser catalogado a la altura de maestros como Conrad y Nabokov y, encima, se llama Stephen Vizinczey (Hungría, 1933), pero que antes se llamaba István Vizinczey como hacen muchos actores para que alguien pueda pronunciar sus nombres de modo legible e inteligible, ya puedes empezar a prepararte una copa de buen vino porque la cosa, antes de abrir la primera página de la obra, con ese curri del autor, ya va a molar. Las patatas fritas son opcionales, mejor jamón serrano de corte fino a mí los panchitos me encantan pero me sientan mal al día siguiente. Cosas del estómago.
Si te enteras de que a su padre, a los dos años, lo mataron los nazis y que a su tío lo asesinó un grupo comunista pues firmas, juras y perjuras que los personajes van a ser tan profundos que van a llegar hasta hondos. Nadie va a salir indiferente. El lector el primero.
Y es que Un millonario inocente (1983) fue elogiada por toda la crítica mundial, sobre todo, por el magnífico y real calado otorgado a sus personajes.
La historia va de tesoros, de encontrar un barco con nombre de margarina, FLORA, que se hundió por el Caribe en 1820 y del amor por una mujer casada que se llama Marianne.
Si les digo que logra reflotar el primero, hundir el segundo y que en muchos momentos de la historia se masca la tragedia ya les cuento más de lo que en mí es acostumbrado en este cuaderno de campo mío pero, aquí, en esta historia lo que de verdad importa es el modo en el que tanto los personajes como el entorno cambian para convertirse en auténticos malditos cuando en esta vida se consigue el éxito. ¡Ya lo decía mi abuela, qué mala es la envidia!
Mark Niven, es el protagonista principal de una trágica historia donde la excusa por hallar el dichoso y codicioso tesoro no es más que el marco para poner a parir a una sociedad, la contemporánea, que tan solo es feliz en el camino de buscar los sueños para luego dominarlos, reglarlos, esclavizarlos y, si podemos, torpedearlos y hundirlos.
Que una vez conseguidos, estos, los sueños se transmutan en una especie de pájaro enjaulado, con alas sin vuelo y a merced de un montón de peña que espera ansiosa sacarte el hígado hasta dejarte seco. ¡A quién no le ha tocado la lotería y le salen amigos Andrés (te amo por el interés) por todos lados!, pues aquí lo mismo pero la mayoría pertenecientes al lado oscuro me río de Darth Wader, la Estrella de la muerte y de su sable láser angelitos al lado de la banda que ronda al Niven. Más malos que la rubeola.
El autor, con una maestría sin parangón en el uso de la lengua como herramienta para construir y deconstruir situaciones que son en sí mismos cuadros vivos con sangre de letra, nos invoca a una libertad que tan solo lo es en la senda de conseguir lo intangible, lo que se anhela, lo que se sueña porque es, en verdad, lo intocable, lo propio, lo personal; pero que una vez alcanzado todo sueño tiene reglas.
Reglas personales y sociales que convierten aquel precioso cielo azul en el fondo de un mar igual de azul pero que metamorfosea, al instante, el oxígeno para respirar en terrible agua pura y cristalina que te ahoga, en un plis plas contante y sonante pase por caja será en efectivo o con tarjeta ¿quiere bolsa?, hasta acabar el sueño en dramática pesadilla como si el éxito tuviere en simbiosis la sombra perenne de la mala suerte. Cara y cruz de una misma moneda.
Pasiones, escándalos, abogados, estafadores, gángsters, Perú, Las Bahamas, actores, Europa, satisfacciones, desdichas, pasiones, prohibiciones, celos, verdades, mentiras, naufragios en todos los sentidos, fortunas, infortunios, honestidad, todo lo contrario, Nueva York, Roma, París, Londres, Madrid y si aparece Ana Torroja interpretando algún tema de ese fabuloso álbum que es Descanso Dominical, metiendo saxofón y a Dalí, hasta me lo creo del puro batiburrillo que hay en esta obra, insisto, elogiada, alabada y aclamada en todos los sentidos.
Autor que bebe de las letras, sílabas y palabras de Stendhal, Balzac, Dostoievski, Tolstoi, Pushkin y el maravilloso Dickens pero que, sin embargo, da un golpe de pecho peninsular ibérico al citar El Lazarillo de Tormes como la mejor obra escrita en la historia de la literatura por todos sus compendios y joyas, una suerte de alambique donde destilar el mejor perfume literario de todos los tiempos.
Un millonario inocente, obra magna que vivió muchos años a la semi-sombra de la más populosa y cinematográfica “En brazos de la mujer madura.” y que el tiempo ha terminado por colocar en su lugar como indiscutible manuscrito de psicología de personajes tan dispares en su naturaleza como iguales en su fin que no es otro que alcanzar la cima ya sea propia y ajena sin perder cuidado en los medios, en las formas y en lo que se lleven puntalante.
Reposo la metáfora de la obra y todo me lleva, como el agua a la orilla de la playa, a la teoría del caos. Bella en su perfecta armonía como este Un millonario inocente cual caleidoscopio que gira compuesto de cristales rotos y coloridos como lo es la vida misma cuando se la gira, o se le pasa de tuerca o todo al mismo tiempo y aplasto el caleidoscopio.
Ya lo cantaba acertadamente Radio Futura (A cara o cruz, La canción de Juan Perro -1987-): “No le reconozco me dijo el doctor, pues no sé dónde va a usted a parar si su sombra ha empezado a cambiar y en el caos no hay error… eso me dijo el doctor.” Escuchen el álbum es impresionante, léanse el libro es un clásico sin igual que no les dejará indiferentes y beban vino que es bueno para el corazón.
Hasta el antiComentario que viene, si es que lo hay.

Bruno Francés Giménez
Escritor
 
 
 

 
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