Tres calaveras, un relato de Nina Kosmac.

Literatura
// 05/07/2016
nina kosmac

 
 
 

Tres calaveras

 
Calavera de hospital, jueves 2016.

Estás postrado en la cama de un hospital, hinchado y desfigurado por los tratamientos. No me importa, ya que en mi mente siempre te veo joven y guapo. 
No siento asco, no hay ni una sola cicatriz, ni herida que no fuera capaz de limpiarte, ni besarte. Incluso tus agujas, tus heces y tu orina no me causan repulsión. Nunca sentí algo así por nadie. Me pides que me marche y que no vuelva a verte. Yo te obedezco. 
Eres mi chico, siempre serás mi sueño incumplido, ese chaval de ojos negros y traviesos, a quien he amado siempre, ese hombre por quien viajé a Nueva York y me sumergí en lo subversivo. Tú sigues siendo ese señor que me enseñó a amar el jazz electrónico y todo lo negro. Si hubiera sabido que no tendríamos ni segundas ni terceras oportunidades, jamás me hubiera separado de tu lado, ni hubiera querido a otros. Sin rozarnos siquiera la mano, me juraste amor eterno y quisiste que me casara contigo, la primera noche que nos conocimos. Tuve miedo, pavor, de tocarte. Sentía terror de tus caricias, ya que temía una esclavitud elegida perenne. Y escapé.
 Eres y serás, ese ser, a quien yo admiraba con temor en todos los sentidos. Ese padre lleno de crueldad, sutil y alegre. Ese hermano de mente lógica, cuyo brillo causaba tanta admiración en todos.
Desde la distancia y en el extranjero, casi todos los días pensaba en ti. No volví a tu lado por orgullo, porque creía saber, que tarde o temprano, volvería contigo y no nos separaríamos jamás…
Siempre jugábamos al escondite, yo te buscaba y tú me buscabas, yo huía y tú huías, era nuestro juego favorito…
La penúltima vez que te vi, me tocaste al piano “Dos gardenias para ti”, sabiendo que aborrezco los boleros. Supe que te habías separado de tu preciosa mujer y te pedí, que me llevases contigo donde sea. Dijiste, que me esperarías dentro de una semana en tu concierto, y no acudí a la cita… Al despedirnos afirmaste: “nos sobra tiempo, no tengas prisa… yo te he esperado años, tú dame una semana”. Volví a huir.

Ni mi marido, ni mis amantes tenían tu mirada gitana, a pesar de que quise y pude en todos encontrar algo de ti. Eres el único que tiene la mirada más loca y guapa, que jamás vi. Aprendí tanto de ti…
Perdóname por haber creído que no morirías jamás, exímeme por querer huir despavorida de tu lado. Soy cobarde. Te estás muriendo solo, no tienes a nadie, y a pesar de todo, me echas de tu lado. Ahora tengo la certeza de que no podré volver amar a nadie.
 
&nbsp
 
Calavera de asfalto colombiano, miércoles 1994.

Conocí a José T.G. en Cartagena de Indias, en Colombia hace veintidós años. Coincidimos en la zona narco –chic de aquel entonces, llamada “Boca Grande”. 
Me gustaba el edificio llamado Cartagena Escape, en el que vivíamos ambos. Le vi en la piscina y en el jacuzzi, en la planta número diez al lado del “gym” y la sauna. Me estaban peinando y haciéndome la pedicura, mientras le observaba como se sumergía en el agua, una y otra vez. De cara era clavado a Al Pacino en sus años mozos, igual al personaje de “Scarface”. Desde que fui al cine, a los doce años, no pude evitar sentir una atracción terrible hacia Al, que fue creciendo con los años, al denegarme un autógrafo en Nueva York.
José no tenía nada de vello corporal, su cuerpo era el de una rana atlética y rebosaba energía y tristeza a la vez. Nunca supe a que se dedicaba. Simplemente no hablábamos de esos temas. Una tarde me disfracé de guajira, ya que como todas las turistas, me había comprado un vestido étnico multicolor, con un loro gigantesco estampado a ambos lados del vestido. No me gustaban las aventuras, pero el paseo en barco hacia las Islas de Rosario, el ron Medellín y las aguas calientes del Caribe, me habían mareado bastante. Nos hicimos inseparables, pero no mediamos palabra. Íbamos en moto y nos besábamos a todas horas…
Mis vacaciones en la ciudad pirata habían acabado y quedamos en que José vendría a visitarme. Hablábamos casi a diario por teléfono y yo le enviaba extensas cartas de amor, rociadas con perfume francés y corazones no flechados. Quería volver a verle, le echaba de menos cada día más y él prometió venir a visitarme a Roma en el plazo de un mes. A los dos nos encantaban las rancheras de José Alfredo Jiménez, su favorita había sido la de “Sonaron cuatro balazos”.
Un martes cualquiera llamé a la portería del edificio “Cartagena Escape” preguntando por José, quien no me atendía el teléfono. Él portero me pasó con una mujer, que me chillaba diciéndome: “que ella era la señora de José, su única y legítima mujer y que José había muerto esta mañana”. Supuestamente le dieron muerte en plena calle con cuatro tiros. A su mujer, cuya existencia yo ignoraba hasta el momento, le di mi más sentido pésame y le dije, que realmente a estas alturas y estando él muerto, los celos no entraban en mi repertorio. Me daba igual, la existencia de sus supuestas o verdaderas treinta o cincuenta mujeres, ahora que él había fallecido.
El frío me helaba el alma durante meses, por ello me presté dinero para visitar su tumba en Pereira. Jamás llegue a encontrarla.
Al año siguiente volví a veranear en el Cartagena Escape. El portero del edificio me informó, según sus palabras: “que José estaba saliendo con cuatro mujeres a la vez, incluyéndome a mí. Era un amante muy valiente, jamás se dedicó al tráfico de drogas, pero había sido un paga patos de señoras maduritas, aunque prefería a las jóvenes. Un narco de Barranquilla, le quería obligar, a que se casara con su hija y él no accedió, por eso le dieron plomo”.
Al tercer día de mi segunda estancia en el edificio de Cartagena de Indias, recibí una llamada de una mujer amenazándome, con echarme acido en la cara, si seguía hablando con el portero sobre José… Escapé despavorida y no volví a pisar la tierra del vallenato.
A ratos noto la presencia de José a mi lado, pero no puedo sentir celos de un muerto… Además, estoy segura, que él siempre solo me había querido a mí.

Nina Kosmac
Escritora

 
 
Nina Kosmac