Cine
// 20/05/2018
The Square, Ruben Östlund, Elisabeth Moss, Pepe Calvo, Hünter Art Magazine,

 
 
 

The Square (2017), de Ruben Östlund

 

Esta provocadora cinta sueca, ganadora de la Palma de Oro 2017 del festival de Cannes, triunfadora en los grandes premios del año, incluidos las nominaciones a los Globos de Oro y los Oscars; “The Square” es una de esas películas para discutir con los amigos, obviamente discusiones ligadas a gustos personales para resolver nada, en este caso, porque los mismos problemas que se plantean son prácticamente irresolubles, si bien sería hipócrita y amoral concluir que no son entonces un problema. En cierta manera, su solución supondría la transmutación de la propia naturaleza humana, si es que existe algo que pueda será llamado así. En cualquier caso, el posible lector deberá excusarnos, porque es dificilísimo no caer en el spoiler, si se pretende realizar una crítica con sentido para quien no haya visionado aún el film.
Un gran museo de Estocolmo, al día de las corrientes del arte contemporáneo, innovador, filantrópico, progresista y humanista, proyecta la exposición de una obra de arte conceptual que debe promover la comunicación y la concordia entre los seres humanos. La futura exposición y sus preparativos, conduce la trama y le sirve al director para reflexionar sobre las complejas relaciones entre el arte y la vida, la hipocresía acerca del valor de determinado arte, fundamentado muchas veces en discursos teóricos vacuos e ininteligibles. Fantástica la escena del derribo de la gran estatua ecuestre para poner la obra en su lugar (Square), delante del museo. Ante una perorata insufrible sobre el sentido de una obra, el director trata de simplificarlo, se lo piensa, y dice a la periodista que no parece entender nada: -“Si yo cojo su bolso y lo coloco en un lugar de este museo, probablemente lo habré convertido en obra de arte. ¿Lo entiende?”. Para mi gusto estas cuestiones sobre las peculiaridades de algunos aspectos del arte contemporáneo dan lugar a alguna de las humoradas más celebradas de toda la cinta, especialmente una, que simplemente señalamos aquí: el de los montoncitos de gravilla, sin duda una transposición de algún hecho parecido sucedido en un museo americano y que puede repetirse en cualquier museo orientado hacía el arte conceptual. Ligado a estos preparativos, la sátira social llega a sus extremos con la campaña publicitaria de la exposición. Dos auténticos mequetrefes publicistas (por supuesto, superexpertos en las TICs) toman en sus manos la publicidad de la exposición para crear grandes expectativas entre la población, a costa de saltarse todas las reglas deontológicas y los principios morales del museo y de la obra publicitada. Pese a las prevenciones del director y su equipo, ¿dudan de que conseguirán su propósito? ¿les suena? ¿cómo?
Todo lo anterior forma un bucle en torno a la extraña y perturbadora peripecia personal del personaje principal (Claes Bang, actor desconocido pero muy convincente en el papel), el atildado, elegante y atractivo director del museo, al que un buen día le roban la cartera, el móvil y los gemelos en plena calle, tratando de ayudar a una “pobre” mujer que es perseguida o agredida.
Para tratar de recuperarlos, se precipita en uno de los barrios extremos de la ciudad (tan fuera de sus círculos sociales, otro universo), viéndose cada vez más envuelto en situaciones de auténtica degradación moral, planteándose la siempre perturbadora cuestión del conflicto entre los intereses del individuo y la sociedad. Primero le roban por intentar ayudar a los demás, después le amenazan y lo humillan por intentar recuperar lo que es suyo, bien es verdad que rebasando barreras morales, nada consecuentes con su aparente bonhomía social.
Todo se precipita en el film hacia la larga secuencia final. El museo depende de una fundación privada y de las donaciones de los patrocinadores, obviamente una burguesía nórdica de alto nivel económico, de impecables modales e intenciones filantrópicas, lo que da origen a otras de las líneas maestras del film, que alcanza su punto culminante en la cena de gala con performance incluida para presentar la exposición. Magistralmente filmada, la larga secuencia es una continuada metáfora acerca de la oscura bestia que subyace en lo más profundo de la más refinada civilización, del más educado ser humano. La barbarie siempre acecha, entre otras cosas porque forma parte de nuestra condición.
El talento narrativo del director, cuestiones técnicas aparte, consiste en situarnos -y creo que por eso tiene la Palma de Oro- entre la comedia, el humorismo satírico, y la tragedia más noir, manteniendo un casi inverosímil equilibrio, un inestable balanceo, porque en el fondo nos quiere colar demasiado mensajes, demasiadas contradicciones, demasiadas paradojas, sin hacernos caer en el pesimismo más absoluto. Simplemente, somos así.

Juan Martínez Leal
Historiador
 
 


 
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