Secret Photography: el ansia de la mirada. Por Pere Parramon

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// 16/02/2017

 
 
 

Secret Photography: el ansia de la mirada.

 
 
 

Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
que son dos hormigueros solitarios,

Miguel Hernández,
“Imagen de tu huella” (1934), fragmento.

 
 
 

«El estado de Nueva York condena a seis meses de trabajos forzados a los mirones. ¡Y no hay ventanas en la cárcel! ¿Sabe que en otra época les sacaban los ojos con un hierro candente? ¿Cree que vale la pena acabar así por una de esas rubias en bañador? Ay, sí… Nos hemos convertido en una raza de mirones.» Estas son las palabras que la enfermera Stella (interpretada por Thelma Ritter) le dedica al fotógrafo Jeff (James Stewart), inmovilizado por una pierna escayolada y cuya única distracción es observar la vida de sus vecinos desde la ventana trasera (Fig. 1) que da título a la célebre película de Alfred Hitchcock “La ventana indiscreta” (“Rear Window”, 1954). Años antes, otro film ya dejaba claro que, pese a las dudas de Miss Stella en cuanto a las rubias en bañador, un cuerpo bonito sí vale la pena: en “Luces de la ciudad” (“City Lights”, 1931), Charles Chaplin desafiaba a su suerte contemplando la escultura de una bella muchacha dando pasos hacia delante y hacia atrás mientras la trampilla de un montacargas en el suelo que pisaba se abría y se cerraba peligrosamente. Sin duda, y por mucho que la mojigatería se empeñe en sus advertencias, la belleza merece el riesgo.
 

 


 

El artista Juan Carlos Martínez lo sabe. Y lo asume. Y, además, comparte los arriesgados frutos de su mirada. Desde 2013, en la serie “Secret Photography” muestra a los jóvenes más guapos que se cruzan en su camino (Fig. 2). Desde los espacios abiertos y públicos hasta lugares más íntimos y de acceso restringido –la calle, un parque, la piscina, un centro comercial, el metro, unas obras, unos vestuarios…–, ningún muchacho de buen ver y mejor mirar está a salvo del objetivo de este fotógrafo afincado en Madrid. Su objetivo es el del móvil, claro, el ojo que, conectado a las redes sociales, permite construir la realidad1–no registrarla para el recuerdo, como se hacía con la fotografía analógica; ahora, lo que no se ve en las redes, no existe–, y el formato es el cuadrado que el imaginario contemporáneo ha acabado asociando a la inmediatez del presente, del mismo modo que las cámaras Rolleiflex, tan portátiles, usaban negativos de 4×4 y 6×6, y las fotos instantáneas de la Polaroid eran cuadradas, las fotos de la red social Instagram empezaron imponiendo cuatro lados de idéntico tamaño. Juan Carlos Martínez ofrece en su serie, por tanto, una construcción del ahora a base del espectáculo cotidiano que es la belleza masculina (Fig. 3 y Fig. 4): «El trabajo tiene que ver con el proceso diario de hacer y publicar situaciones que voy encontrando…», nos dice. Reunidas a modo de archivo, con la etiqueta #SecretPhotographyArchive, todas disponibles en su cuenta de Instagram.
 


1En “Vice”, el artista reconoce la doble naturaleza de su trabajo: «Siento predilección por este modo de captura por dos razones principalmente. Por un lado por la veracidad adicional al que se le presupone la imagen documental, aunque sigue siendo una construcción subjetiva […].Por otro lado la gran cantidad de opciones posibles al estar siempre con el teléfono en la mano» (Juan Carlos Martínez entrevistado por Fernando Bernal, “Fotos ‘robadas’ a chicos guapos por la calle”, 17 de septiembre de 2015).

Sin embargo, pese al anclaje al flujo del presente más inmediato, el artista no puede evitar que sus impresiones de unos hombres tan hermosos como fugaces entronquen con una larguísima tradición. La predilección estética que Juan Carlos Martínez fija mediante sus fotografías encuentra en la figura masculina, joven y musculosa, el epítome de la gloria (Fig. 5), tal y como ha sucedido tantas veces en un arte que sigue resonando en la memoria visual colectiva: léanse los célebres y hieráticos “kouroi” de la Grecia arcaica, los atletas y héroes clásicos, los retratos del bello Antínoo –el favorito del emperador Adriano–, los efebos renacentistas… y así hasta la juventud ensalzada por el cine, la televisión y los “cuerpos Danone” de la publicidad. Aunque estén en situaciones de anodina vulgaridad o lleven chándal (Fig. 6)2, los chicos de “Secret
 
 


2Dice Juan Carlos Martínez entrevistado por JC Gonzo: «My way of taking pictures has a lot to do with desire. I want to eroticize and praise daily moments that don’t have the pretense of being hot or sexy right from the start. That is why I prefer approaching boys in public spaces and normal environment where the straight boy-next-door is predominant. Those beauty canons are closer to fantasy. Approaching these types of boys, who are all over, is a more ambitious and tricky challenge. They make me feel as though
 
 

Photography” responden a clichés grabados a fuego en ese complejo imaginario compartido que, precisamente por obvio, sólo los artistas saben sacar a la luz con la contundencia de lo evidente. De esta manera, incluso el operario de unas obras de reforma se puede convertir en el “David” de Miguel Ángel (1501-1504), ¡con peana y todo (Fig. 7)!
 


 


there are more risks because my look is a statement» (“Muscle on the Streets – Sex/Life/Art with Juan Carlos Martínez”, en “Dandy Dicks”, 25 de enero de 2016).

 

En los rostros y los perfiles (Fig. 8 y Fig. 9) que Juan Carlos Martínez aísla del tumultuoso devenir del día a día se reconocen desde las augustas efigies del mundo clásico a bellezas eternales como el “Hombre laureado” (“Man Wearing Laurels”, 1874-1880) de John Singer Sargent (Fig. 10), pero también, y esta es una de las grandezas y las astucias de “Secret Photography”, “machirulos” gallitos que en su despliegue de atractivo canalla remiten a esos cachas y a esos chicos tan atractivos como vacuos que los anglosajones llaman “hunks” y “himbos”, y que constituyen auténticos estereotipos sexuales del presente: son “hunks” actores como Ashton Kutcher, Taylor Lautner o, más cerca, Mario Casas, y un “himbo” de manual es el Jason (Ryan Kwanten) de la serie “True Blood” (Alan Ball, 2008-2014), tan guapo como metepatas. Al fin y al cabo, eso hacen los artistas, transitar lo divino y lo profano (Fig. 11 y Fig. 12).
 

Por otro lado, en las capturas de Juan Carlos Martínez se establece un cierto discurso sobre lo que es ser hombre y cómo el hombre hoy puede ser mirado con el ansia abrasadora de cualquier otro objeto sexual –revistas como “Butt” o “Pinups” siguen la misma lógica–. En las escenas y las actitudes que describe se reconocen esos mismos rituales de masculinización (Fig. 13 y Fig. 14), a menudo alrededor del ejercicio físico, el deporte y el descanso (Fig. 15), que tantos fotógrafos y pintores han descrito como simples encuentros de hermandad, “colegueo” e inocua complicidad –los bañistas de Thomas Eakins, por ejemplo–, pero que también se han mostrado como espacio del deseo homoerótico –entre otros, el artista Francisco Hurtz en la serie “Locker/Room” (2013)– o para la mirada eròtica en general –es el caso de la irónica escena del musical “La casa más divertida de Texas” (“The Best Little Whorehouse in Texas”, Colin Higgins, 1982) en la que un grupo de deportistas cantan y bailan para deleite de los espectadores mientras se duchan y emperifollan soñando con lo que harán a continuación en el prostíbulo del pueblo–.
 


 

La mirada fotográfica como revelación del macho deseado llega a su punto álgido cuando los encuadres privilegian un elogio del fragmento parecido al que se aprecia en redes de contactos como Grindr, en cuyos perfiles es más fácil hablarle a un glande que a un rostro. Sin embargo, los descuartizamientos de Juan Carlos Martínez responden a criterios bastante más sofisticados: bien por decisión estética o bien por necesidades de un disparo que no debe ser advertido por el modelo, los cuerpos troceados –un torso desnudo por aquí, un muslo musculoso por allá…– trazan una cartografía erótica que va desde la sutileza de una nuca (Fig. 16), de unos labios (Fig. 17) o unos codos (Fig. 18), hasta la contundencia de un trasero de glúteos firmes. Así, si en una pintura como “Una góndola” (“En gondol”, 1857), de Julius Exner, sólo haciendo un esfuerzo de interpretación maliciosa podríamos llegar a dudar sobre lo que está mirando la dama –¿el paisaje?, ¿el gondolero? o ¿las posaderas del gondolero?– (Fig. 19), en la fotografía de Juan Carlos Martínez los centros de interés están tan orgullosamente claros que incluso aparecen enmarcados por una ventana (Fig. 20) o por un encuadre que no deja lugar al error (Fig. 21), y que, por cierto, trazan paralelismos con un cierto arte gay como el de Paul Cadmus (Fig. 22).
 




 
 

El arte de Juan Carlos Martínez en “Secret Photography”, en definitiva, asume la mirada como ansioso abanderado del deseo (Fig. 23). La evidencia de que mirar de un modo determinado es una anticipación de lo que anhelan las manos, los labios, el sexo, esa es la retórica que sostiene toda la serie. Un presente continuo construido mediante la sucesión de “flashes” en forma de tíos buenos que no son otra cosa que encarnaciones de modelos anteriores en los que reconocer los anzuelos que Cupido deja para inflamar una gula inextinguible: tras un hombre que parecía la beldad máxima aparece otro que vuelve a incendiar el mismo bosque que ya parecía abrasado para siempre (Fig. 24). No es algo nuevo; como decía la enfermera Stella al inicio de estas líneas, somos una raza de mirones. Ya Leonardo da Vinci se adelantó al psicoanálisis y su explicación de lo que es la pulsión escópica –la necesidad humana de ver– mediante el relato de un sueño sobre una cueva: «Al cabo de un momento, dos sentimientos me invadieron: miedo y deseo, miedo de la gruta oscura y amenazadora, deseo de ver si no contiene alguna maravilla extraordinaria»3. Nos regodeamos en lo visible, aunque los excesos del ojo, especialmente cuando se confabula con el reino de lo genital, hayan sido considerados tan peligrosos como para desplegar incluso un modelo iconográfico al respecto –el del relato bíblico de Susana y los viejos que la contemplan ilícitamente mientras se baña– o un nutrido grupo de patologías: la escopofilia, la escopolangia, la iconofilia, la iconomanía, la idolomanía, el mironismo, la mixoscopia, el voyerismo…

 
 


3Citado por Román Gubern en “Del bisonte a la realidad virtual” (Barcelona: Anagrama, 2003), p. 10.
 
 

 
 

Y esto que trata Juan Carlos Martínez es algo en lo que estamos todos. De hecho, dicen que el ansia de mirar al otro se inicia en uno mismo. El narcisismo implícito en este principio también aparece en “Secret Photography”. Así, en forma de conciencia de “sujeto que mira” frente al “sujeto mirado”, no es extraño ver un pie o la sombra del propio artista en primer plano ante sus hermosos objetos del deseo, pruebas de una presencia mirona que, lejos de desactivar la ficción de una observación impune en tanto que invisible, la acentúa mediante el descaro de una presencia física evidente. Los ojos del artista están ahí, la cara que alguien podría romper está ahí, y con esos ojos y esa cara, nuestros ojos y nuestra cara. El peligro compartido, el peligro al cual aludía la pacata enfermera Stella, intensifica la relación de los espectadores con las fotografías de esta serie; eso sí, introduciéndonos en sus atmósferas de ilícito peligro con el mismo alivio perverso de quien observa un degollamiento en una película de terror, sabiendo que el cuchillo jamonero no saldrá de la pantalla. En cualquier caso, es innegable que el mundo inundado de cámaras y pantallas que es el presente proclama un poderoso imperio panóptico en el que uno siempre puede ser mirado, fotografiado y difundido en forma de imagen por otro; de ahí que el “secreto” presente en el título de esta serie se tiña de ironía. En ese imperio, si eres hombre y estás bueno, el ojo cazador de Juan Carlos Martínez te puede alcanzar, claro, pero independientemente de tus aptitudes para aparecer en “Secret Photography”, ya estás en ella. Seas como seas, tus ojos y su interminable apetito ya forman parte de una realidad que sólo se concibe si está hecha de imágenes. Imágenes de ceros y unos, porosas, maleables y livianas como el propio presente.
 

Pere Parramon,
profesor y crítico de arte
www.pereparramon.com

Girona, noviembre de 2016