Bruno Francés
// 25/09/2017

 
 
 

El último encuentro de Sándor Márai
Anticomentario/Bruno Francés

 

¿Nunca se han mirado varias veces al día en un mismo espejo y, por la intensidad de la luz, o por la posición de la misma, o por su ausencia, o por su personal estado de ánimo, o porque se han fijado mucho en sí mismos (ególatras), o todo lo contrario (quiéranse más); no les ha pasado que se han visto reflejados de manera diferente y, sin ningún atisbo de susto o extrañeza por tal distorsión, todo lo contrario, han aceptado ese cambio de imagen como algo completamente natural lo mismo que el físico del cantante de La Unión (Sús, qué lástima)?
Imaginen ahora que, en lugar de suceder en tan solo un día, han transcurrido cuarenta larguísimos años (no olviden los bisiestos); pues ahí tienen el resumen de la maravillosa, intensa, solitaria, triste, apasionada, fiel, amistosa, musical, honrosa o a todo viceversa de la obra de Sándor Márai (Eslovaquia 1900-San Diego 1989) El último encuentro. Intensidad o no; póngame el menú con la bebida grande porque puede que, a veces, se me atragante tanta disertación.
Una historia de soledad, de amistad, de pasión, de traición; un triángulo escaleno donde la altura (ese terrible e invisible cuarto lado) no es ni más, ni menos, que la manida infidelidad de toda la vida: Henrik (el general), Kristina (mujer del general) y Konrád (artista amigo del general) tres personajes unidos y destruidos por unos cuernos de tomo y lomo y me has pillado por unos cojines mal puestos en la decoración (que no unos coj*nes bien calibraos y mejor puestos), y nos vamos de caza, y no aprovecho para pegarte dos tiros y ahorrarme resquemores por lo de la parienta porque mira, en el fondo somos amigos, había buen rollo, porque el polvo era de los cojines que siempre hay que espolsarlos de algún modo y porque todavía queda novela pa’rato y aun has de sufrir una porrá de años, cuatro décadas, para tener que contar algo en la última cena antes de llegar a los postres, que de todo lo que te voy a echar en cara –agárrate los machos- se te va a hacer corta la versión extendida de Ben-Hur (la de Charlton Moisés Heston).
Si se han dado cuenta en los tres nombres de los personajes aparece la letra K. Una letra que el esoterismo representa como la de la guerra y la violencia por su forma de mano alzada. Pues allá que nos vamos, abróchense bien los cinturones, no se levanten, ni saquen las manos porque el novelón del Marái (un tipo que se suicidó en San Diego) es de los intensos, de los espesos, de los que cuando parece que todo tiene que poseer una importancia vital y crucial pues no, pues el personaje lo asume como cosas de la vida y se desinfla la trascendencia que no el hecho.
Novela de contrastes desde la descripción de las luces y sus sombras, de las clases sociales, de las viviendas de grandes castillos y algo parecido a un estudio donde todo está manga por hombro, de las ideas, de las costumbres y, por supuesto, de la música como culpable de todo. Ya se sabe que cuando no es el mayordomo la culpa la tiene Chopin.
Lucha de personalidades opuestas donde lo concreto se estampa con lo abstracto; el general es todo rectitud, pautas, orgullosas instrucciones vitales irrenunciables que le enterrarán y aislarán bajo una losa viviente mientras que su querido amigo, o no tanto, Konrád es algo parecido a la corriente de viento que lo cambia todo de sitio, o lo remueve, o lo tira al suelo y desordena la propia vida; esa brisa que se siente necesaria por ser un extraño y excitante aire fresco pero que, a la postre, no deja de ser un molesto viento en la cara; o al menos a tal conclusión llega el general cuando descubre el engaño de quien creía ser su gran amigo, mejor cómprese un perro.
Y es que cuando después de cuarenta años, coincides con un antiguo colega que te invita a cenar y, justo después del convite que diría mi abuela, para confesarte algo íntimo te lleva a unas dependencias donde hay un piano (el general odia la música), una vieja estufa (que le regaló su madre) y tres sofás donde compartías tertulias con él y con la chica… o es una fiesta sorpresa y el/la stripper va a salir de algún lugar saltando entre confetti y serpentinas y lo vas a pasar chachi o te la van a meter doblada por joputa. Y nunca falla, es la segunda opción. A quien hierro mata, a hierro muere aunque lo sea a nivel interno y emocional.
Novela de búsqueda de la verdad como salvación, excusa o comprensión a los avatares que la vida pone como trabas. Puede que, en verdad, en el fondo, todo tenga mucha importancia, o quizás no tanta, o los años son ese cristal con que se mira y sí, el daño marcó una amistad precisamente por serla, por existir, porque de lo contrario nada habría sido.
El sentido de la vida como vida misma, como asunción de que las cosas pasan porque abrimos la puerta para vivir y, por muchos chascos que nos dé, o alegrías, o qué sé yo, nosotros les dimos aliento para que sucedieran y, con al paso de los años, ese aliento tan solo es casi un último suspiro, una última cena donde todo se saca a relucir pero donde tan solo queda la intensidad de contarlo porque lo vivido ya murió, o se asumió porque es la vida que tocó vivir con las reglas que cada cual se impuso y no queda mucho más.
Una novela dura, triste, filosófica, de amor, de pasión, de amistad, de ganar, de perder, de recordar, de la soledad; en verdad, ¿no es eso vivir?
Una historia que nos pretende hacer creer que quizás todo debiera ser entre iguales, entre semejantes, entre vidas de un mismo escalón que no has de subir ni de bajar, y dejarse de soñar con ese círculo al que no perteneces porque como una frágil pompa de jabón todo puede romperse mientras se flota, mientras se anhela, se disfruta, se ilusiona y, al final, anegarlo todo. Aún así es inevitable.
Léanla y saquen sus propias conclusiones pero, advierto, es profunda no se pongan a Chopin si tienen amigos y mujer; por cierto la vida del autor da para otra historia de lo singular que es pero eso será en otro anticomentario, si es que lo hay.

Bruno Francés
Escritor