Iván de la Nuez
// 08/01/2018

 
 
 

Sergio Belinchón. CIUDAD
 
 
FOTOGRAFIA DESPUES DE LA CIUDAD

 

I.
El comienzo del siglo XXI describe un síntoma urbano sobrecogedor y al mismo tiempo irrevocable: la ciudad abandona sus antiguas funciones -las funciones de la vida moderna- y empieza a ser “otra cosa”. Como un monstruo independiente que se desarraiga de sus pasadas representaciones y pertenencias, se ha situado en una dimensión posterior. Así, la ciudad como espacio de congregación y trabajo, ha dado paso a la ciudad como ámbito de atomización y de ocio (o desempleo); el espacio que hasta hace muy poco funcionó como fantasía de encuentro y realización se transforma ante nuestros ojos en un ámbito de pérdida y fracaso; la ciudad concreta -París, Roma, Berlín, Chicago- pierde sus contornos y da lugar a la ciudad abstracta. Por su parte, las ciudades utópicas -las de Moro y Erasmo, las de Bacon y Campanella- ya no son útiles para imaginar la urbanización de la ciudad global, pues ésta se ha colocado más allá del horizonte de las cosas soñadas, donde flota como una plataforma independiente que va describiendo la parábola de su propio naufragio.
De modo que eso que continuamos llamando “la ciudad”, ha desembocado en lo que muy bien podría comprenderse como una entidad “postcapital”, en el doble sentido de este concepto. En parte, por alusión al hundimiento de su antigua función de representación (la ciudad como capital de un país, un Estado, una nación, una comunidad) y, por otra parte, en el sentido de su ubicación en el postcapitalismo, en un tiempo en el cual los hechos urbanos vienen marcados por nuevas economías en las que el ritmo del capital, como sucede con la música electrónica, en lugar de producirse se programa; en vez de reproducirse simplemente comienza a reiterarse.
Tal vez por ello, estos perímetros, en los que tenemos la sensación de un tedio enorme, comienzan a ser deshabitados desde una extraña paradoja: aún en las más descomunales megalópolis -incluso, más en ellas que en ningún otro lugar- esta era de la superpoblación es la que ha producido más solitarios.
 
 
II.
¿Qué puede esperarse, entonces, de la fotografía en un tránsito como este? Primero habría que recordar algo obvio: la fotografía y la ciudad no siempre fueron de la mano. Sólo en la era moderna -esa era de la apoteosis de la fotografía y de la ciudad- ha tenido lugar este maridaje. Pero si bien la fotografía no pudo describir -de Ur a Babilonia, pasando por Babel- la fundación de la ciudad, sí resulta, en cambio, un soporte adecuado para captar su disolución, su tránsito hacia esa otra cosa que hoy seguimos llamando de la misma manera a falta de otro término que sin duda está por venir. Otro tanto sucede con las definiciones del hecho fotográfico.
Baste recordar que la época del matrimonio feliz entre la ciudad y la fotografía es asimismo aquella en la que Walter Benjamin, Susan Sontag, Paul Virilio o Roland Barthes, pensaban “sobre la fotografía”. Hoy, sin embargo, la fotografía -al menos la más interesante- es aquélla que se piensa a sí misma. Y no hablo sólo del fotógrafo devenido en teórico -como han hecho por su cuenta Alan Sekula, Joan Fontcuberta o Daniel Canogar-, ni del filósofo que se convierte en fotógrafo -el caso de Jean Baudrillard-, sino de ese punto en el que lo fotográfico pone en juego una imagen reflexiva, con su propia voz y su propio lenguaje, al amparo quizá de eso que Niepcer, el fundador, llamó la “escritura solar”.
 
 
III.
Esa ciudad posterior y abstracta, abandonada a sí misma, es la ciudad que ha captado Sergio Belinchón. Esa es la razón por la cual, en algunas ocasiones, los sujetos que aparecen en esta trama estén como petrificados, convertidos en seres mecánicos; sonámbulos habitantes de unos mundos que bien pudiéramos nombrar atopías. Es decir, espacios que no se convierten en lugares concretos, y al mismo tiempo, tampoco podemos considerar utópicos. No están por alcanzar, sino que ya han sido sobrepasados y vencidos.
Han quedado detrás de nuestra experiencia y, si bien ya no parece posible que regresemos a ellos, tampoco se nos dibujan, como una meta, en el firmamento. Si la ciudad se definió alguna vez por sus funciones -urbanas, sociales, comunales-, entonces lo que hoy estamos habitando no es necesariamente una ciudad sino un estadio posterior dentro del cual la fotografía acaso funciona exclusivamente como el procedimiento mágico capaz de apresar los restos del paraíso perdido. Habría que advertir, a las almas dolidas por esta situación, que no hay en estas fotos duelo alguno por lo que aquí se describe. Más bien, Sergio Belinchón se sirve de ello para suspender sobre nosotros una serie de interrogantes que nos hagan pensar sobre todo lo que hemos disociado entre experiencia y vida, entre habitar y vivir, conceptos hoy alejados de manera irremediable. Dentro de semejantes circunstancias, no es casual que Belinchón se ocupe de los, así llamados, espacios de ocio.
Y no es casual, tampoco, que se detenga en ellos -como ocurre en la serie Ciudades efímeras- cuando estos no están cumpliendo su función. La suya es una fotografía que capta el panorama disfuncional del mundo, el modo en que la ciudad se enajena de sus deberes y se nos descubre, entonces, no ya por su condición habitable sino por su capacidad de expeler hacia afuera todo lo que la definió durante una buena parte del siglo pasado. Acaso, por eso mismo, el arte de Belinchón sólo puede ser comprendido en esta posteridad de la ciudad y de la fotografía. En ese punto en el que la ciudad, como la máquina de escribir, o como una cámara fotográfica en las manos de un turista, han dejado de ser útiles para pasar a convertirse en cosas “utilizables” -como un antiguo disco de vinilo en la maleta de un dj. Se podría objetar que en la ciudad aún muchas cosas funcionan, y es cierto, pero también lo es que no por ello cambia demasiado lo que aquí tratamos.
Acaso por eso, en La máquina de visión, Virilio nos recuerde una frase que ha sido repetida tanto por los fotógrafos como por los generales: “cuando algo funciona es que ya está superado”. Manejarse en esta superación, es lo que convierte a Sergio Belinchón en un fotógrafo de lo que Peter Sloterdijk ha denominado la “era del epílogo”. Un fotógrafo de lo que, acaso, ya sólo quede como la gran labor de la fotografía contemporánea: captar lo que la propia fotografía, durante más de un siglo, ha venido omitiendo. De algún modo, en la ilusión de un especulador -en algún sueño recóndito e inenarrable- debe estar alojada la fantasía de actuar después de la explosión de una bomba de neutrones. Imaginarse operando en la ciudad vacía; disponer de ella, sin los seres y sin sus tramas, manejarse como un fundador en el grado cero de la oferta y la demanda. De un modo perverso, aquí se desvela esa fantasía.
Y nosotros aparecemos en ella como habitantes futuros de un mundo fantasma; de este after city que ha decretado la victoria del urbanita sobre el ciudadano, de la multitud sobre la comunidad, del vacío sobre la soledad, de la expulsión sobre la acogida.

Iván de la Nuez
Comisario y director de La Virreina exposicions
 
 
 


 
 

Sergio Belinchón
www.sergiobelinchon.com