Luís Francisco Pérez
// 19/09/2017

 
 
 

Philip-Lorca diCorcia: La mirada de un artista
Por Luís Francisco Pérez

 

Hace algo más de dos años se publicó en el suplemento cultural Babelia un texto magnífico (lo tengo guardado) de Nora Catelli titulado Roland Barthes, el lector irreprochable y que recomiendo su lectura por la finura con que replantea antiguos enigmas (o mejor: paradigmas) que el inagotable RB fue pautando a lo largo de toda su obra (y vida, también, sin duda). Dice Catelli que Barthes “nos enseñó a leer desconfiando de la intención del autor y de las interesadas conexiones entre vida y obra”. Ciertamente así es, pero siempre me he preguntado por qué en las artes visuales no existe la figura -tan presente en literatura con el, si bien utópico, “lector ideal”- del “espectador ideal”, o al menos aquel que pueda hablar de la desconfianza que le produce tal artista, por muy bueno que este sea, en la relación que establece con su propia obra. El ejemplo que a continuación voy a exponer me sirve para apuntar que la visualidad de las artes plásticas no pasa por una determinada enseñanza del espectador (la misma Vanguardia ya anuló tan decimonónica figura), pero sí del necesario conocimiento por parte de quien mira sobre el “cómo” del mirar del artista. Con respecto a la obra de Philip-Lorca diCorcia no puedo decir que la misma sea, como expresan los anglosajones, “my cup of tea”, pero algunos de sus trabajos me dejan ligeramente “alterado”, así la fotografía aquí reproducida, perteneciente a una de sus series mejores y más conocidas, “The Hamptons”, y que sin duda es una muy compleja representación, o “puesta en abismo”, de los mecanismos de la visión. Convengamos que la suplantación de la figura humana por tan plácida pareja animal solazándose ante la visión de la película porno en tan lujoso ambiente es de una inteligente perversión visual que tampoco vemos cada día.
 
 
Philippe Lorca di Corcia, Pepe Calvo,
 
 
Al igual que el sagaz “fuera de campo” (“muerte del autor” otra) donde sitúa a los moradores de tan privilegiada residencia, y que sin la lección maestra de las velazqueñas “Meninas” el autor no hubiera podido resolver de una manera tan admirable como refinada ese complejo campo semántico de miradas y deseos cruzados, de lúbricas ausencias presenciales, y no menos sensuales presencias virtuales: no existe la realidad sino el reflejo panóptico de una pantalla que no miramos pero que nos mira. En efecto, el artista no te enseña para que seas un “mirón ideal”, pero los mejores de entre ellos tienen la suficiente inteligencia y generosidad para mostrarte cómo mira él. A partir de esta noble declaración de intenciones ya puede venir todo lo demás, interpretaciones y teorías mil. Esta fotografía me parece muy buena como ejemplo de lo que pretendo decir: se aprende mirando cómo mira el artista. Es decir, un campo semántico (y minado) de pasiones y deseos cruzados, donde tanto el emisor como el receptor salen ganando. El artista por saber seducir muy bien (y se cuelga la medalla respectiva), y el espectador por agradecer la suerte que tiene de ser seducido por una inteligencia privilegiada (y se cuelga la misma medalla y con el mismo valor).

Luís Francisco Pérez
Crítico y teórico de Arte Contemporáneo