Pablo Auladell portfolio

Pablo Auladell
// 11/01/2017
PABLO AULADELL

 
 
 

Puntos de vista de un hipermétrope

 

Me hice ilustrador hipermétrope de profesión por dos razones fundamentales: porque llevaba gafas desde los seis años (con lo cual tenía asegurada una visión distinta del mundo, es decir, un estilo propio: “yo soy el riñón que me falta”, que dijo alguien) y porque me fascinaban la palabra y el dibujo.
Tal vez, la primera intuición de la poesía que puede generar el choque entre palabra e imagen la tuve a caballo entre la pequeña biblioteca de mi hermano y el ánime Mazinger Z. Aquellos nombres de los brutos mecánicos, hermosísimos, llenos para mí de misterio: Garada K7, Doublas M2, Belgas V5, el Gran Demonio Abdora B4… la importancia de un buen nombre, de la música del lenguaje, de un buen título (qué distinto ilustrar algo que se titula La Casita de Chocolate de algo que se titula Hansel y Gretel, como descubriría amargamente años después), las sutiles sinestesias entre palabras y dibujos, ritmos ocultos, estilizaciones, … Y los títulos de las novelas en el lomo de los libros, el fulgor de algunas palabras, capaces de evocar ellas solas toda una construcción estética.
Me he venido dedicando en estos diez últimos años, sobre todo, al libro ilustrado: álbum, novela, cuento, tebeo, … Son los territorios donde mejor puedo trabajar con esos dos materiales, textos e imágenes. Así, la Literatura y la imagen trenzadas finamente, copulando locamente. Y de esas tangencias, de esas intersecciones, a mí lo que me interesa conseguir, ya ha quedado dicho o sobreentendido, es la poesía.
Sin embargo, quedo horrorizado cada vez que califican mi trabajo de muy poético, no vaya a ser que sean los mismos que luego consideran también muy poéticas las obras de Jimmy Liao. Quisiera estar bien lejos de ese sentimentalismo y esa mística de tetería. Yo quisiera haber sabido aplicar, más bien, el aliento poético de Federico Del Barrio en León Doderlin, de Nabokov en Lolita, de Picasso en La familia de saltimbanquis, de Umbral en Mortal y rosa, de Eloy Tizón en Velocidad de los Jardines.
Al principio, cuando yo era el joven provinciano e ignorante aislado en la pequeña ciudad con mar, quería ser como Giraud y dibujar cómic del Oeste, o ser como Manara y hacer rayitas con la plumilla; o como Egon Schiele, dibujando alla prima con trazos angulosos; o como Balthus, ese misterio y ese algo de Piero della Francesca… O como Dave McKean que, a su vez, también quería ser como Egon Schiele. Finalmente, durante una temporada, quise ser como Ricard Castells y jugar con la expresividad y la esencialidad de las manchas de acuarela.
Así, lentamente, llegó el día en que sólo quise ser Pablo Auladell. Pero un autor debe vivir suicidios sucesivos. Para ser Pablo Auladell hay que matar a Pablo Auladell de vez en cuando. El drama de un artista, según el escritor y crítico Maurice Blanchot, es ser siempre neófito, volver a comenzar constantemente.
Paseando una tarde por un viejo parque de mi ciudad, me di cuenta, de pronto, de que debía aprovechar mejor los recursos estéticos que tenía más cercanos. Aquella tarde me dio por pensar que los ilustradores españoles hemos olvidado casi por completo nuestro bagaje. Yo mismo, hasta ese momento, si tenía que dibujar un bosque dibujaba uno del Norte de Europa; si tenía que dibujar seres fantásticos, me basaba en iconografías celtas. Y así con todo.
Así pues, tanto tiempo intentando encontrar mi voz y resulta que bastaba darse un paseo por aquel parque, tan cercano, para recoger la poesía que andaba buscando. El bajorrelieve de aquella fuente sabía más de la muerte que todos nosotros.
Desde aquel paseo, quedaron redefinidos algunos de mis nuevos objetivos artísticos. Desde entonces, mi voluntad es la de configurar una tipología de imágenes de base más española, más mediterránea, construir una iconografía nueva teniendo ahora otros referentes: los almendros que pintaba Varela; el perfume a cloro de las piscinas en los hombros tostados de las muchachas; los grotescos ninots al sol de junio; los pliegos de cordel; Clavileño, el Alígero, alejando a Don Quijote y a Sancho de la vileza; el olor de los tebeos los sábados por la mañana.
Como todos los feos, en resumen, he dedicado mi vida a buscar la belleza, es más, a fabricarla. Encontrar el rectángulo de sol en el patio que haga olvidar mi nariz de patata, mi ojo de pez sorprendido, mis brazos de chimpancé triste.
En fin, ya recuerdan lo que dijo George Bernard Shaw: “En la vida hay dos tragedias: una, es el no cumplimiento de un deseo íntimo; la otra es su cumplimiento”.

Pablo Auladell
www.pabloauladell.com
Premio Nacional de Cómic, 2016
Ministerio de Cultura del Gobierno de España
 
 
 

Imágenes correspondientes a La leyenda del santo bebedor, 2014.
 
 
 
 

Imágenes pertenecientes a La feria abandonada, 2013.
 
 
 
 

Ilustraciones de La puerta de los pájaros, 2015.
 
 
 
 

Ilustraciones correspondientes a Las aventuras de Tom Sawyer, 2015.
 
 
 
 

Ilustraciones correspondientes a Alas y olas, 2011.

 
 
PABLO AULADELL