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// 10/05/2017
Oscar Tusquets

 
 
 

Una lectura, “Más que discutible”. Oscar Tusquets

Juan Martínez Leal
 

Oscar (no le gusta el acento en las mayúsculas) pasa como un raro, apreciado y discutido prototipo de artista “renacentista”, por su capacidad de abarcar campos de la creación tan diversos (arquitectura, diseño, pintura, etc) en tiempos de hiperespecialización, algo no tan raro entre los arquitectos (al menos en los grandes), formativa y vocacionalmente orientados hacia la integración de las artes. A Tusquets lo acompaña también desde muy joven la fama de irreverente y provocador, enfant terrible de la gauche divine en los tiempos de Boccaccio, en la Barcelona de los sesenta, y hoy, a sus setenta años holgadamente sobrepasados, podría serlo si existiera algo parecido –permítaseme la boutade– de una droite divine. Ha recorrido, pues, un enorme arco vital, ha seguido un largo y complejo trayecto, como todo hombre y artista que piense y sienta libre, lo que a muchos parece irritarles y a otros le resulta simplemente admirable. Vargas Llosa, tras evocar los años juveniles, dice de él que “ha conseguido hacer de su vida y de su obra una alianza de contrarios integrado y disidente, tradicionalista y rupturista, y, siempre, inesperado, elegante, innovador y sobre todo libre. Es uno de los pocos que envejece bien”. No es cualquier elogio.
Sea como muestra, su apasionada defensa de las obras de la Sagrada Familia (“¿Cómo pudimos equivocarnos tanto?”, El País, 2011), cuando él fue uno de los instigadores, allá por los sesenta, del manifiesto contra la continuidad de las obras del templo expiatorio gaudiano, que firmó prácticamente toda la intelligentsia de la arquitectura de aquel momento. Y sea, más reciente, su ardiente defensa a contracorriente de Benidorm, como espacio arquitectónico, urbanístico y social, al que ha dedicado una importante obra gráfica, tema de central de una reciente gran exposición.
El título de su libro parece intentar prevenir al lector: “Más que discutible”, subtitulado Observaciones dispersas sobre el arte como disciplina útil, pero no hay que llamarse a engaño, porque el indisimulado propósito del autor es la seducción, como lo advierte en una breve nota introductoria acerca de las ilustraciones. Se trata de un conjunto disperso de pequeños escritos, en forma de miradas, de observaciones y reflexiones sobre los temas más variados, sin un aparente nexo común, con profusión de imágenes que ejemplifican o explicitan muchas de sus afirmaciones. En realidad, todo gira en torno a los problemas de la arquitectura y el diseño contemporáneo y coetáneo, a la relación del artista con su obra y con la economía-sociedad-mercado, pero siempre a partir de lo experimentado vitalmente, de lo observado, visto y vivido.
El primer escrito es un elogio de la sombra (con ecos del espléndido pero lejano Tanizaki) que deriva hacia la arquitectura como “arte de crear memorables espacios umbríos”, pues “cualquier espacio arquitectónico privado de su techo resulta incomprensible”. Tanto, que a partir de estas afirmaciones desarrolla un discurso más que discutible sobre los templos egipcios y griegos, que han perdido su cubierta, incapaces de transmitir “emoción arquitectónica”. Tusquets parece defender incluso -aunque sin entrar en más precisiones- la reconstrucción total cuando se tenga información suficiente, mostrando una decidida aceptación de la reconstrucción total de la Stoa de Atenas realizada en los años cincuenta por la American School of Classical Studies. Evidentemente, más que discutible.
El siguiente texto es, en realidad, una prolongación del anterior, pero esta vez el artificio detonante es el “efecto invernadero”, creado en el interior de las edificaciones modernas, por el empleo de materiales como el vidrio o el plástico-metacrilato. Sus ejemplos arquitectónicos son demoledores, aunque reconoce no haber escapado al problema, como le ocurrió con la cúpula geodésica del Museo Dalí de Figueras. Sus referencias son las peripecias del Palau de la Música de Valencia y su gran bóveda acristalada y la biblioteca de Cambridge, pero, sobre todo, sus envenenados dardos se dirigen a las faraónicas construcciones en el París de la presidencia de Mitterrand, en especial la gran Bibliothèque de France, junto al Sena, de “tragicómicos” avatares constructivos. Los libros fueron encerrados en los rascacielos vidriados de los cuatro vértices del gran cuadrilátero, sometidos a un intenso efecto invernadero, simplemente porque al autor, el arquitecto Dominique Perrault, “le divertía el efecto de un robot buscando libros visto desde la calle”, provocando de inmediato que los conservadores del patrimonio pusieran el grito en el cielo. Al final, se tuvo que recubrir las vidrieras de las típicas y tradicionales persianillas de librillo móvil en madera de toda la vida.
“Miedo a volar” titula uno de sus más sarcásticos textos, en el que naturalmente para nada se refiere al pánico del fatal accidente, sino más propiamente a la irritación (“me pongo enfermo”) que le producen los aeropuertos, “casi todos ellos edificios banales, desordenados y feos en permanentes obras de reforma o ampliación” Tras describir el vía crucis de la facturación y el embarque, ¿qué decir del diseño de los aviones?. Por toda la evolución de su diseño se ha volcado hacia un único objetivo: llevar el mayor número de pasajeros achicando el espacio, con independencia del tamaño del aparato, ignorando que en un vuelo largo el auténtico lujo es el espacio. Ante todo lo que envuelve la inhumana experiencia del transporte aéreo, Tusquets se indigna con “la cantidad de papanatas que protestan de que en nuestro entorno hay demasiado diseño”, cuando lo que falta es buen diseño y sobran chapuzas, vendrá a decir. En este caso, nada discutible.
De antológico puede considerarse el arranque de su texto “Tiempo ¿libre?, diseño ¿industrial?”, que vuela hacia inquietudes sociológicas más elevadas: “Tengo la sensación de que he fracasado en casi todos mis proyectos de infancia. A los quince años me di cuenta de que no ganaría Wimbledon, a los diecisiete de que no ligaría como James Dean y a los veintiuno de que aún no había hecho algo como el David de la Piazza de la Signoria o la Escuela de Atenas del Vaticano”.
Algo -sin embargo- sí afirma haber conseguido: “eliminar la tristeza de las tardes de domingo”. Lo que propone es nada menos que convertir el trabajo en una fiesta. Con tal preámbulo, ya advierte que no comparte la idea de que el incremento del tiempo libre sea un bien en sí mismo para la humanidad. Dicho así, más que discutible, pero cuidado con su razonamiento. El prestigio social del tiempo libre “sólo se explica porque la inmensa mayoría de la humanidad odia su trabajo”. No se trata sólo de una cuestión personal, sino de la incordiante realidad social del crecimiento incontrolado del desempleo y de que los que trabajan no pueden ya subvencionar el tiempo de los que no lo hacen; luego, –descartada adelantar la jubilación o repartir las horas de trabajo- habrá que hacer más gratificante el tiempo de trabajo, y hoy las máquinas, los ordenadores y la robótica nos permiten evitar los trabajos más monótonos y repetitivos. Partidario de una “nueva artesanía”, de reinventar un nuevo taller que, incorporando las nuevas tecnologías, las ponga al servicio de la fabricación de obras siempre diferentes y personalizadas. ¿Utopía discutible?, para Tusquets en absoluto:
“como mis colaboradores y yo procuramos que sea nuestro estudio profesional”. Nótese la forma verbal: “procuramos”; en verdad, una utopía deseable pero difícilmente alcanzable.
Uno de sus temas preferidos es la distinción entre lo útil y lo bello, recurrente en sus entrevistas y escritos. En sus respuestas suele utilizar ejemplos fetiches: “La belleza de una tetera no se expresa en su imagen estática, pues en un objeto útil la estética es indisociable de su uso”. Si en su uso hay cosas que nos resultan desagradables, sin duda “acabaremos por odiar su imagen”. Para Tusquets la belleza de los objetos se apoya en sutilezas perceptibles desde los distintos sentidos, pero le preocupa que en el diseño contemporáneo haya primado la cualidad visual sobre todas las demás, confundiendo “estética y fotogenia”, porque “la fotografía lleva a engaño y siempre en el mismo sentido; mejora la obra mediocre y empequeñece la obra maestra”. Claro, que no se está refiriendo a la fotografía creativa, sino a la fotografía de divulgación y reproducción en las bellas artes. Cuando vemos una reproducción de un cuadro en un catálogo no vemos su dimensión real; cada tema tiene su tamaño idóneo, ¿cómo si no descubrir la verdadera dimensión pictórica de un Vermeer o de un Veronés?, en ambos necesitamos “sentir” su dimensión. En relación a la pintura -y no digamos a otros objetos tridimensionales-, tampoco la fotografía es capaz de develar la riqueza de texturas.
Que a promotores, empresarios y comerciantes les importa sobre todo que “la imagen vende”, le parece hasta normal, pero le resulta absolutamente escandaloso que los jurados de los premios de arquitectura, incluso los de más prestigio, se dejen llevar por valores más fotogénicos que arquitectónicos; de ahí el estricto control que los grandes estudios ejercen sobre las fotografías de sus edificios, especialmente aquellas destinadas a las revistas de arquitectura de gran influencia. Obviamente, cualquier jurado podría decir que se estudian concienzudamente los planos, pero, con esa mezcla de desenfado y desfachatez que lo caracteriza, Tusquets se replica: “No me hagan ustedes reír; si, después de 25 años de profesión, observo mis propios planos y soy incapaz de imaginar el efecto de un techo inclinado, la iluminación de una claraboya, la reverberación acústica de un espacio…” (A modo de inciso: véase sus problemas con el Auditorio Alfredo Kraus, debido a la reverberación del sonido).
La lectura llega deleitar en algún texto, como el dedicado al vestido y la escultura, repleto de sutilezas y de un fino y elegante erotismo. Cierto que la historia de la escultura puede seguirse a través del tratamiento de los paños de las vestimentas, pero hay que recrearse en el periodo glorioso griego y en el gran Fidias, a los que dedica este aparente pero elegante oxímoron en casi violento contraste con la exclamación que le sigue: “Desnudos vestidos griegos, ¡cómo calentasteis mi primera adolescencia…!”, para añadir poco después: “¿Quién inventó la falsedad de que lo artístico no resulta cachondo, cuando podríamos casi definirlo como pretensión desmesurada y sobrehumana de cristalizar el placer y hacerlo así interminable y eterno?
Enseguida dejará a un lado los preclaros ejemplos de los desnudos en la historia del arte, para explayarse en consideraciones sobre las medias y la falda, prendas y diseños tan llenos de sugerencias y seducción: “llevar una falda con gracia es un arte personalísimo por el que podemos reconocer a una mujer y recordarla por mucho tiempo (inevitablemente, me ha recordado el inmortal poema de Baudelaire dedicado a una mujer que pasa a su lado). La imagen icónica de Marilyn, tratando de contener su falda ante el chorro de viento sobre el respiradero del metro de N.Y. casi le hace perder el hilo. Nada comparable con su exaltación del tacón alto en el texto que inmediatamente enlaza, dedicado a Manolo Blahnik. De todos los diseños ligados al juego erótico, hay uno que le parece absolutamente perfecto, sublime: el de los zapatos de tacón alto. Más concretamente, los tacones de aguja, ligados indefectiblemente a las evoluciones del cuerpo femenino en movimiento: “no sólo hacen parecer más alta a la mujer, alargan sus piernas y levantan su trasero… qué paroxismo es ver alejarse a una mujer con ese imperceptible temblor eléctrico producido por sus músculos en tensión… como una bailarina de ballet”.
En este carrusel de temas varios, uno de los últimos textos hace “Apología de la facilidad”. Arranca de la visita en el verano de 1985 a la gran exposición de la Viena fin de siglo, el de la Secessión, un periodo de coherencia plástica en el campo del diseño, a su juicio, “sólo comparable al siglo V antes de Cristo en Atenas”. De la contraposición entre la envidiable “facilidad” de Otto Wagner y la voluntariosa torpeza de Adolf Loos, para quien el ornamento en arquitectura era un delito propio de pueblos primitivos, surge su reflexión entre la facilidad de ciertos artistas y la dificultad de otros que “deben sudar la camiseta”, acudiendo al símil futbolístico,. El autor advierte que existe un cierto desdén hacía quien por cualidades naturales lo tienen fácil o lo hacen todo fácil y una mayor simpatía hacia los voluntariosos y sacrificados artistas. Él, sin embargo -que cree estar entre los últimos- les muestra una sana envidia. De ahí sus páginas de elogio a la elegante indolencia andaluza de Velázquez frente al voluntarioso y atormentado Goya, del que no sólo le horrorizan algunos de sus cartones o la torpe resolución de algunos de sus cuadros con aquella “cabeza de maja desnuda tan fuera de lugar”, sino que necesitó hundirse en los abismos de la sordera, la depresión y casi la locura, para alcanzar su indiscutible genialidad. Igual ocurre, según Tusquets, con la “manía” entre los arquitectos de valorar más a Borromini que a Bernini, entre otros ejemplos.
Por último, el libro concluye abordando el tema de los temas: figuración versus abstracción, sin dudarlo, el más polémico, no tanto por su fondo (con desenfado dice que sabe que está haciendo “semiología macarrónica”), como por el tono. De entrada, el título, “Sin figuración no hay diversión” resulta un pareado desalentador y el contenido, una especie de ajuste de cuentas. Para Tusquets las artes plásticas llevan ya muchos años “bajo el dominio aplastante y excluyente del arte no figurativo, llamado quizás equivocadamente abstracción”. Todo lo demás es marginado con más o menos disimulo, muchas veces con una actitud “inquisitorial” por parte de instituciones, museos, galeristas y críticos, disociando cada vez más el gusto de las élites del gusto popular.
La visita a la Expo del 92 en Sevilla lo impactó, especialmente al darse cuenta que los grandes temas universales eran tratados, en el siglo XV, desde culturas tan alejadas, con una mezcla de diversidad y semejanza perfectamente captables en su significado por un espectador occidental de finales del siglo XX; tanto que “por unos minutos uno se reconciliaba con la humanidad, a la vez que reafirmaba su convicción sobre la estulticia de la idea de progreso en el arte”. No niega la evidencia de que la abstracción haya existido siempre en el arte, pero su parcela ha sido la estrictamente decorativa, todo el repertorio de la decoración geométrica, del que su máxima expresión sería el arte islámico. Incluso en el mundo griego, por ejemplo, la cerámica geométrica no nos transmite información sobre el pathos helénico; nada comparable, en el ejemplo que utiliza, con la figuración de una madre majestuosamente sentada despidiendo a su joven hijo guerrero en pie antes de la batalla, en una vasija de Lekytos. Le produce especial regocijo, la valiente afirmación de Francis Bacon, de que el arte abstracto nunca le interesó porque, sin excepción, le parecía “decorativo” y tampoco falta el consiguiente estacazo a los críticos, apoyándose en su amigo Gabriel Ferrater: “uno llega a dudar de que sean capaces de hallar todas las mañanas la parada de su tranvía”.
Ni en la multitud de exposiciones visitadas ni en los escritos teóricos leídos, confiesa Tusquets haber alcanzado el significado de esas “bellas formas visuales” y, más allá, qué es lo que las distingue de una alfombra persa, una manta boliviana, un estampado japonés, indio o del mismísimo Giorgio Armani. Nada de lo que le interesa realmente: “el amor, el sexo, el pecado, la divinidad, la amistad, el paso del tiempo, la muerte, el humor, los recuerdos fugaces…” es capaz de encontrarlo en el arte no figurativo.
La última línea del libro confirma y redunda la advertencia del propio título: “acepto que todo lo escrito es más que discutible”. Es como si el lector, acabado el libro, quisiera seguir en complicidad y discusión con el autor ¿Será eso la seducción?
 
Alicante, mayo de 2017.

Juan Martínez Leal
Historiador
 
 


 
 

 
 
Juan Martínez Leal