Mi relación con la comida. Crítica de Lola Vega.

Lola Vega
// 16/02/2016
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Mi relación con la comida. La gastronomía indigesta de Angélica Lidell.

 

Lo siento. No puedo. No puedo comer en ese lugar (…) No puedo comer junto a esa gente. Van demasiado limpios y su ropa es demasiado nueva. Me dan asco. El mismo asco que yo le doy a un africano. Los zapatos de esa gente son demasiado caros (…) Yo merezco el escupitajo del africano. Yo merezco el odio del africano. Yo merezco el odio del pobre. Y la gentuza que come dos platos y postre en ese lugar merece mi odio.
Reconozco mi incomodidad. Todos los espectadores salimos hechos polvo y más los que durante algún tiempo nos hemos visto a los dos lados de esa historia. Lo digo tal como lo siento. “Mi relación con la comida” de Angélica Lidell es una obra tremenda, un auténtico palo para la conciencia como lo es la interpretación de Esperanza Pedreño, una actriz que ya camina al lado de las grandes. Una obra amarga que vuelve al Galileo de Madrid para decirnos que el teatro social es muy necesario y que habría que dejar al espectador meditar sobre la fuerza del hambre en contra de los intereses económicos. La historia es la de una creativa que lleva siete años viviendo en la más extrema pobreza comiendo sobras y habitando un apartamento lleno de todo tipo de inmundicia. Un día es descubierta por un crítico teatral que pretende charlar con ella sobre su obra. Pero será imposible que ella entre a aquel restaurante de lujo en el que la compostura, las corbatas y la comodidad se han instalado perpetuamente, mientras allá lejos, en otras casas, el hambre más férrea ha tomado posesión eterna. Se trata de evitar el olvido y remover conciencias. Lidell habla del hambre y de las cucarachas a través de la critica hacia la hipocresía de la sociedad cultural burguesa actual que intenta borrar los límites que separan el arte y la vida.
Mi relación con la comida es un teatro sin concesiones donde se analiza este sistema político que se alimenta del hambre y la pobreza. Un largo poema lleno de ritmo, un monólogo apabullante que deja al espectador sin recursos y Pedreño se crece en forma suma sacerdotisa de su propio sacrificio. Verbo hiriente, palabra helada: “Yo merezco el escupitajo del africano / Yo merezco el odio del africano / Yo merezco el odio del pobre / Y la gentuza que come dos platos y postre en ese lugar merece mi odio / Repito, se trata de la clase social / ¿Ya se ha olvidado usted de las clases sociales? / Hablo del dinero”.
Angélica Liddell clama contra el hambre, como un genocidio consentido y organizado por el sistema capitalista. En la cara próspera del planeta, regida por la dictadura económica, el turismo gastronómico se convierte en una aberración cuando la otra mitad se muere de hambre. Hay una frase que marca el paso: “si el Estado es la búsqueda del bien común, el arte es el verdadero Estado”. Durante la hora y media que dura la función, el espectador no permanece inmóvil, intocable. Hay un antes y un después. Es por ello que “Mi relación con la comida” no es una obra fácil, cuesta digerirla porque enfrentarse a nuestros propios errores, vicios y pecados no siempre es la mejor manera de acabar el día. Sales del Galileo con mala conciencia y decides que quizás durante un tiempo, lo sientes, pero no puedes comer en ese lugar.
 
 
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Lola Vega
Periodista

 
 

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