Bruno Francés
// 18/12/2017
Amar en tiempos de cólera, pepe calvo, bruno francés,

 
 
 

El amor en los tiempos del cólera

 El antiComentario por Bruno Francés
 
 

Anticomentar a Gabo es otro nivel, pues para el que esto anticomenta Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927​ – Ciudad de México, 2014), es lo más sagrado en las letras a pesar de, en un momento de extraña lucidez, ser el precursor de la extraña idea de eliminar acentos y reglas ortográficas varias de la lengua española –la ortografía debería jubilarse, expresó-, bueno nadie es perfecto… ni los mismos dioses.
Publicada en 1985, El amor en los tiempos del cólera está inspirada en la historia de amor de sus padres y en una noticia periodística que el autor leyó acerca de dos ancianos infieles que se reunían todos los años en Acapulco y que fueron asesinados por un barquero.
La imposible y eterna historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza que hubo de esperar 53 años, 7 meses y 11 días con sus noches incluidas para ser consumada es, sin duda, la más perseverante historia de amor de toda la literatura universal; echen a un lado al Leonardo DiCaprio y la Kate Winslet del Titanic del Cameron aficionados imberbes en esto del amor trágico que les duró lo que dura un paseo marítimo con algo de hielo fuera de las copas.
Embebida en el realismo mágico, simbiosis perfecta entre lo real (historia basada en sus padres) e imaginario (exageración hiperbólica de las cualidades de los personajes), la obra de Gabo toma su título en la comparación física de los síntomas del cólera y los propios del enamoramiento donde el personaje de Juvenal Urbino, el buen doctor que a la postre no lo era tanto –maldita infidelidad, buenísima excusa para con los sentimientos justicieros del lector-, se torna en esa barrera física, o triangular, entre los dos enamorados a lo largo y ancho de todas esas décadas malvividas aunque, si bien, a la postre el que la sigue la consigue y se la lleva al huerto, que diría el refranero español.
Obra wikipédica total –tiene tanta documentación y análisis que apabulla y aburre a partes iguales-, El amor en los tiempos del cólera es la obra del paso del tiempo, de la perseverancia y del amor exagerado, irreal, soñado y fiel con polvos por el camino porque el ser humano es pélvico por naturaleza, y una cosa es esperar y otra desesperar y, mientras espero y desespero pues polveo. Florentino Ariza se muestra como un espléndido mujeriego al que no le tiembla el pulso en hora y recuento de amantes mientras espera el momento del amor eterno con su Julieta de nombre Fermina. La práctica hace al maestro que diría otro de los refraneros de nuestra santa lengua.
La obra transcurre a medias entre momentos históricos –cambio de siglo, guerra de los 1000 días, la muerte de Víctor Hugo-, pero sobre el caudaloso río Magdalena en la ciudad costera de Cartagena (Colombia) y no deja de ir y venir como los recovecos de ese manantial de agua dulce donde se mueve la historia entre la vida y la muerte cual moneda de pago en una historia donde el autor utiliza el naturalismo en el lenguaje de cada uno de los personajes.
Positivismo total entre el inagotable e incansable paso del tiempo como una cuenta atrás en la historia de los enamorados que merecen el paraíso aunque tan solo sea por esa fe en sí mismos, en la vida, en la posibilidad de llegar a cumplir ese destino dibujado en los papeles del amor escritos por Florentino Ariza y leídos por la siempre real, natural, humana y templada personalidad de Fermina Daza, quizás el personaje más humano, con más sangre, con más realidad en todo este sueño de amor eterno.
Historia de amor, de amores, de amantes, de infidelidades, de supuesta homosexualidad, de la pasión como un secreto a voces que se debe de gritar, de callar, de gemir, de ocultar, tapar, desnudar, realizar, imaginar, soñar, ganar, perder, luchar, huir, correr, regresar, persistir pues es tan solo la muerte lo que convierte estas palabras en una necesidad. El inexorable y oxidable paso del tiempo como una margarita que deshoja sus pétalos o como un revólver que va disparando su munición y al que vamos restándole las balas de ese tambor que no queremos que deje de sonar, o de latir pues una vez llegue el silencio se terminará todo y cuánto se puede amar en el último suspiro de la vida.
Obra magna y quijotesca donde el personaje principal convierte a Fermina Daza en la Dulcinea con más bellas y deseables arrugas de toda la literatura universal.
Dulce, emotiva, triste, alegre, real, mágica, con tortugas que desaparecen, loros que conversan, mujeres fantasma como la mujer de la curva en versión río, el prodigioso olfato de la protagonista, un chino en un ataúd, la sociedad burguesa que lo escandaliza y lo glorifica todo sin medida generando antónimos de la propia vida, el tiempo y la muerte como los verdaderos amantes intemporales desde que el mundo es mundo, un matrimonio perfecto para humanizarlo todo, para caducarlo, para quizás darle valor, sentido, sin sentido, pasión, pena, alegría, dolor pero esa esperanza que navega sobre el río Magdalena empleando, al mismo tiempo, el agua como metáfora de la propia vida, de donde se originó todo, lo que somos, lo que nos da la vida y la que puede ahogarnos pero sobre la que debemos de aprender a flotar o a nadar para sobrevivir como lo hace Florentino Ariza a lo larguísimo de todos estos años.
Novela que ya enamora desde el mismo título y que anticomento con la intención de que no dejen de leerla, de disfrutarla, de escucharla porque cuando uno lee a Gabriel García Márquez encuentra que sus palabras son como una selva musical donde al armonía de sus palabras van creciendo cual flores sobre la tierra pero, a la vez, germinando más y más en las siguientes hojas con la maestría de poder hacer lo difícil –su prosa es precisa, correcta, hermosa- en lo más sencillo de leer, de sentir, de imaginar, de soñar.
Inevitablemente traer a la mente a la colombiana Shakira y a una BSO que recomiendo –y no la película- porque es bella como un remanso o recodo en ese río que surcan los personajes. Una curiosidad, Gabo puso como condición para hacer la terrible película donde un Javier Bardem no representa al personaje (humilde opinión) que la música original la compusiese su querida amiga Shakira. Insisto, hasta los dioses tienen caprichos y debilidades.
 
Léanla, disfrútenla pero con paciencia y relamiéndose las letras leídas. Hasta el próximo anticomentario si es que lo hay.

Bruno Francés Giménez
Escritor