María Dolores Mulá

María Dolores Mulá
// 12/07/2016

 
 
 

Memoria del agua
Miguel Cereceda

 

Lo que el espectador puede encontrar en esta exposición son cuatro secciones, dedicadas al tema del agua.
La primera de ellas, titulada “Agua desbordada”, presenta cuatro fotografías y un vídeo. Las fotografías han sido tomadas en distintos viajes de la artista, en puntos muy distantes del planeta. Dos son de Galicia y dos de la Patagonia. Se trata, en primer lugar de inundaciones, y por tanto, aunque la cosa no resulta evidente, también de la presencia del agua sobre la tierra. “Tierra inundada” es por ello el título general de esta exposición. También el vídeo alude a algo semejante (agua desbordada).
La segunda, titulada “Agua detenida”, contiene fotos de Islandia, de Sitges y de Galicia, en las que aparecen charcos, charcas, aguas estancadas en lagunas y en cráteres de volcanes. Sólo en las imágenes del cráter aparecen dos figuras humanas que nos dan las dimensiones reales del mismo.
La tercera sección, titulada “Agua rota”, contiene cuatro imágenes de una catarata en Islandia. Parece bastante espectacular y de dimensiones descomunales, pero, al no haber un referente de escala, no podemos apreciar su magnitud.
La cuarta y última sección, titulada “El misterio del origen”, presenta cuatro fotografías con la apariencia de ser del nacimiento de un río en Galicia, otra más de una telaraña con catarata al fondo, en la Patagonia, y por último otro vídeo con un paisaje, junto a un río, recorriendo un camino, entre robles y chopos.
Parece claro que el tema general de la exposición es el del agua. O más bien, el de los “paisajes del agua” y, de un modo más preciso, el del agua sobre la tierra, puesto que no vemos aquí ni paisajes marinos, ni faros ni playas ni acantilados.
María Dolores Mulá se acerca a la fascinación del agua, como fotógrafa. Y es curioso, porque el medio propio de expresión de la fotografía es la luz, pero al contemplar el agua, lo que de ella nos seduce es precisamente su juego con la luz. El agua brilla, refleja y reverbera con la luz. El agua es a veces un espejo y a veces —como en Homero— un oscuro y negro abismo. Pero como aquí se trata de un agua encharcada sobre la tierra, encerrada, retenida, rota o desbordada, nos encontramos entonces con el tercer elemento de la tierra. Ya lo hemos dicho, “Tierra inundada” es el título de esta exposición. Luz entonces, tierra y agua. Y aunque todavía no nos 22 hayamos fijado en ello, la mera simetría nos obliga a darnos cuenta de que en estos paisajes acuáticos también está presente y representado el aire. Los cuatro elementos de los griegos, fuego, tierra, agua y aire, nos aparecen entonces cuando tratamos de acercarnos a la contemplación de tan sólo uno de ellos.
El agua es desde siempre imagen del origen. En el mito bíblico del Génesis, el espíritu de Dios aparece desde el principio vagando sobre la superficie de las aguas. Pero la propia filosofía occidental tiene su origen también en el agua y a partir del agua. Thales de Mileto, el primero de los filósofos, consideraba que el agua era el principio originario (el ρχή) del que todo lo demás procede. La ciencia moderna, por su parte, coincide ya de modo indiscutible en que la vida misma tiene su origen en las aguas. En “el misterio del origen” María Dolores Mulá parece acercarse a esta imagen enigmática del agua como origen y al origen mismo del agua, contemplando el surgimiento milagroso del agua a partir de la tierra.
Fuentes, manantiales y arroyos nos plantean este enigma. ¿Cómo es que el agua brota de la tierra? Como fuente y como imagen y origen de la vida, el agua es en segundo lugar, símbolo de vida y de resurrección. El bautismo con agua o en el agua expresa todavía con fuerza este simbolismo. El manantial de agua fresca es a la vez regeneración de la vida y limpieza y purificación. Como el que se sumerge en el Ganges, nos bañamos todavía en el agua para purificar nuestro cuerpo y, en parte también, nuestro espíritu.
Hay en tercer lugar lo que Bachelard llamaba “las aguas violentas”. Sin entrar en la consideración de las tempestades ni las aguas marinas, la visión de la catarata, el agua terrestre que se precipita sin embargo desde lo alto, sirve como imagen de esta violencia del agua. En la catarata, la oposición fundamental es la de la tierra o la de la roca inmutable y la del agua que se precipita con violencia desde lo alto. En su Diccionario de símbolos, Jean Chevalier dice que la cascada es un motivo fundamental en la pintura china de paisaje, y que se opone a la roca como el yin al yang. “Su movimiento descendente alterna con el movimiento ascendente de la montaña, su dinamismo con la impasibilidad del peñasco”.
Es curioso que, para hablar de la poética del agua, cuyo simbolismo nos parece tan ilimitado e indefinido, sin embargo, al parecer las clasificaciones se repiten. El agua es aparentemente un elemento horizontal y dinámico, relacionado, como ya hemos dicho, con los otros tres elementos cosmológicos. Sin embargo, la primera imagen cultural que de ella se nos impone divide las aguas según un eje vertical. Al parecer los egipcios hablaban de un Nilo celestial, lo mismo que en la Biblia, el espíritu de Dios separa, en el segundo día de la creación, las aguas superiores de las inferiores. A la imagen fundamental de las cosmologías antiguas, de la división entre las aguas celestes y las aguas terrestres, que es posible encontrar tanto en la cosmogonía egipcia, como en la judía y en la griega, y que separa las aguas que proceden de lo alto, emparentadas con los dioses, 23 de las que brotan de la tierra, hay que añadir las otras dos distinciones: por un lado, entre agua blanca (pura, transparente y cristalina) y agua negra (turbia y abisal). Bachelard hablaba a este respecto de aguas claras y primaverales, y aguas muertas o profundas. Por otro lado, se suele distinguir también entre las aguas quietas y tranquilas, y las aguas turbulentas. Juan Eduardo Cirlot consideraba, en su Diccionario de símbolos, que en su sentido destructor el simbolismo de las aguas se subordina más bien al de la tempestad.
Sin duda para acercarse a la fascinación que la imagen del agua nos produce es necesario hablar de su profundo simbolismo. Bachelard insiste en que la imagen especular y reflectante del agua nos remite inequívocamente al mito de Narciso, y es posible que la atracción que el agua ejerce sobre nosotros nos vuelva también un poco narcisistas. Pero habla además de otro aspecto, al que no se le suele prestar tanta atención y que tiene que ver con el carácter femenino del agua. Frente a la idea establecida de la relación entre mater y materia, Bachelard señala en el agua un principio láctico y nutricio, que tiene que ver con lo maternal, así como en una relación muy especial del agua con lo femenino. “De los cuatro elementos —escribe Bachelard— sólo el agua puede acunar. Es el elemento acunador. Un rasgo más de su carácter femenino”. A este respecto es sorprendente lo vinculada que está la imagen del agua con la sexualidad. Son criaturas del agua las sirenas que tienen un poder de seducción irresistible sobre los marineros: los atraen con su canto, los destruyen y los devoran. La propia Venus Afrodita es nacida de la espuma del mar. Es enternecedor el modo en que la pinta Botticelli, navegando sobre un sinuoso mar de color esmeralda, apenas ondulado, propulsada por unos zefiri lascivi, que derraman flores a su paso. La propia Ofelia muerta del Hamlet de Shakespeare nunca tuvo tanto dramatismo, hasta que la pintó John Everett Millais, rodeada de flores, y ahogada bajo el agua.
María Dolores Mulá ha relacionado buena parte de su trabajo como artista con el agua. “El agua ha sido una constante en mi trabajo —escribe en un texto titulado “Mi mundo”—. Ríos, mar, salinas… Quizá por el agua que oculto en mi memoria, al convertirse el valle donde nací y crecí de pequeña, en un pantano, hoy llamado el pantano de Lavaells. Allí, debajo del agua, quedaron sumergidos mi casa y mis recuerdos de infancia”.
Pero es evidente que el simbolismo conduce siempre nuestro análisis por derroteros ilimitados e indefinidos. Por eso a veces resulta más interesante estudiar la evolución de este simbolismo en su plasmación en la historia del arte. Pues es ahí donde se construye y donde se renueva nuestro imaginario cultural.
A este respecto lo primero que cabe señalar es que el paisaje no forma parte en modo alguno de nuestra tradición antropológica. Por el contrario, el paisaje no es sólo un invento moderno, sino que es además una construcción eminentemente artística. Dicho en otras palabras, el paisaje es la construcción moderna y artificial del mito de lo natural.
Los antiguos carecían de paisaje. Uno puede leer los viajes de Ulises y encontrar al héroe homérico viajando de isla en isla sin manifestar en momento alguno su interés o su fascinación por el paisaje. Ni en las tragedias ni en las comedias clásicas hay descripciones paisajísticas. Tampoco las encontramos en la novela griega antigua. De hecho, no hay término alguno en griego clásico que podamos considerar traducible o equivalente al de “paisaje”. Ni tópos (lugar), ni chóros (el campo o el espacio) se corresponden en modo alguno con lo que nosotros entendemos por paisaje.
El paisaje es antes que nada una invención de la pintura. Y aun así, una invención tardía. De hecho hay que esperar a la Reforma de Lutero, y a la renovación protestante de la prohibición de la representación de lo divino, para encontrarnos un tipo de pintura, la del paisajismo holandés del XVII, en la que lo divino mismo se representa a través de su manifestación en la naturaleza, bajo la forma de paisaje. Pero ya estos primeros paisajes de la historia son manifestación de lo divino, en la medida también en que suponen el heroísmo y el triunfo de lo humano. Para los holandeses, la tierra es además y sobre todo el territorio conquistado al mar, mediante los pólder. Por ello la tierra es sagrada y divina, pero aparece siempre —y así se representa— en una relación constante con el agua. Los arroyos, los molinos, los ríos, los puentes y los canales que pueblan el paisajismo holandés de los Van Ruysdael no son sino la manifestación de este triunfo sobre el agua. Con ellos aparece el paisaje moderno y el sentimentalismo moderno por el paisaje. A partir de entonces, se construye la representación paisajística del mundo, y el mundo mismo se llega a contemplar como paisaje.
No es fácil persuadir a la gente de la enorme influencia que tiene la pintura en la construcción de la imagen paisajística de la naturaleza. Desde luego los griegos por φύσις no entienden nada que tenga que ver con la idea del paisaje. Y tampoco los latinos, al hablar de “natura” pensaban en ninguna cosa semejante. La naturaleza es para ellos el modo de producción espontáneo de las cosas, un nacimiento que es también vida y crecimiento, un producirse y reproducirse.
Sería necesario tal vez demorarse en la historia de la construcción de este paisajismo contemporáneo y de cómo la pintura ha ocupado un lugar decisivo en esta historia. Habría que prestarle una atención especial a las figuras de Friedrich y de Turner, al expandir nuestra mirada paisajística hasta ámbitos como el paisaje alpino o como el mar en tempestad, hasta entonces objetos insospechados para la contemplación. Pero es cierto que este imaginario del paisajismo romántico ya ha sido muy estudiado, en su relación con lo sublime.
De hecho, en la obra fotográfica de María Dolores Mulá, hay mucho todavía de este paisajismo romántico. Las imágenes que ella nos presenta se deleitan en lo amenazador y lo sombrío. El dramatismo de sus fotos se intensifica por el fuerte contraste de sus luces. Vemos inundaciones y aguas negras, enormes caídas de agua y cataratas, junto a cráteres anegados que acentúan, en su magnitud, lo diminuto de quien los contempla. Repite con ello buena parte de la tradición de lo sublime romántico, consagrado en la representación de la pintura.
La especificidad fotográfica introduce sin embargo, en su trabajo, un elemento diferencial y propio. No es fácil, desde luego, fotografiar el agua. Hay que saber combinar, por un lado, una cierta exposición que permita captar el movimiento y las espumas, pero que no queme sin embargo el resto de la imagen. Es necesario además conseguir una cierta profundidad de campo, que nos permita ver el resto del paisaje. La primera fotografía que se conserva, atribuida a Nicéphore Niépce en 1826, es ya una imagen paisajística, tomada desde la ventana de su casa. Pero la representación del agua resultaba muy difícil en fotografía. Del mismo año 1839, en que se hizo oficial el daguerrotipo, conservamos algunos paisajes de Daguerre del Sena y de las Tullerías, reflejadas sobre el agua del río. Hacia 1856 Gustave Le Gray consiguió una espectacular fotografía de una ola, pero para ello tuvo que hacer una exposición disociada para el mar y otra para el cielo, combinando ambos negativos en la copia positiva.
Hay un cierto heroísmo en la representación fotográfica del agua que sin duda la pintura nunca supo comprender. No hay más que fijarse en el modo infantil en que pinta el agua Botticelli o en la ingenuidad de la representación acuática, en que todavía se mantiene la pintura de Millais, para darse cuenta de cuánto ha aportado la fotografía al respecto. Pues el agua al ser transparente e incolora no es sólo muy difícil de representar, sino también de capturar. Las imágenes acuáticas de María Dolores Mulá son, por un lado, imágenes de viajes. En ellas está en primer lugar y sin duda la fascinación por lo que el viaje nos entrega: la experiencia y el recuerdo de lo visto. A veces son viajes exóticos y lejanos, como Islandia o la Patagonia, y otras veces son viajes íntimos y cercanos, como Sitges o Galicia. En ellas la fotografía actúa en principio al modo inocente en que lo hace también el viajero y el turista, para guardar un recuerdo del viaje. Pero en las fotografías paisajísticas de María Dolores Mulá opera en segundo lugar una relación muy especial con la memoria. Pues lo que a ella le atrae en los charcos, en las lagunas negras, en los cráteres inundados o en todo lo que aparece sumergido, es precisamente lo que el agua oculta pero no muestra, lo que podríamos llamar la memoria del agua.
Ya lo hemos dicho por tercera vez: el título de esta exposición es “Tierra inundada”. No es por tanto el agua en cuanto tal su tema dominante, sino más bien lo que el agua oculta: su memoria.
 
 
miguel cereceda

Miguel Cereceda
Crítico, comisario.
artesycosas.com

 
 


 
 
María Dolores Mulá