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// 26/09/2017
manuel navarro

 
 
 

LA LIBERTAD DE NO TENER ELECCIÓN

 
 

No conozco debate de mayor trascendencia para nuestra interpretación de la realidad que el de la existencia, o no, del libre albedrío. Para la inmensa mayoría no resulta problemático: nos sentimos libres de tomar nuestras propias decisiones, excepto por algunos posibles condicionantes que no afectan a lo fundamental. Sin embargo es difícil defender, de forma racional, su existencia. Incluso parece imposible concretar su significado sin caer en tautologías. Por ejemplo, René Descartes lo definía como la capacidad para hacer o no hacer algo (Meditación IV). Pero un termostato tiene la capacidad de encender la calefacción o no. Podemos sobreentender que se trata de la capacidad de decidir con libertad. Pero entonces habremos construido una tautología, de la cual no parece posible escapar. (Las dificultades asociadas al libre albedrío son similares a las asociadas al yo -en acepción oriental del término-, con el que esencialmente coincide).
En el plano de la física, la teoría de la relatividad especial de Einstein indica que el pasado y el futuro son tan reales como el presente, pese a que la subjetividad humana lo percibe de otra manera (de forma un tanto similar a como los fotogramas de una película existen en su totalidad y el desenlace está decidido de antemano, aunque solo se proyecte uno en cada instante y parezca que los personajes deciden sobre la marcha). Es bastante conocida la afirmación de Einstein de que “para los que creemos en la física, la distinción entre pasado, presente y futuro no es más que una ilusión, aunque una ilusión muy tozuda”. Si el futuro ya existe, parece claro que no tiene sentido hablar de libre albedrío.
Respecto a la teoría cuántica, según la “clásica” interpretación de Copenhague, el azar forma parte de la realidad última de la naturaleza. Según otras interpretaciones, compartidas por un grupo numeroso y creciente de especialistas -como la de los “muchos mundos” de Hugh Everett-, la naturaleza es determinista. Algunos pensadores han recurrido al indeterminismo de la interpretación de Copenhague para defender la posibilidad del libre albedrío, pero lo cierto es que la intervención del azar en el devenir no resulta más útil para tal fin que la creencia en el determinismo. Es decir, podemos sopesar que una gran parte de los físicos creen que la mecánica cuántica implica que el azar juega un papel en la evolución del universo, podemos también cuestionar (con dificultad) que la teoría de la relatividad implique necesariamente que el futuro ya existe, e incluso cabe especular que más adelante será superada y algunas de sus afirmaciones matizadas. Pero parece indiscutible que ni el azar ni la necesidad -los dos únicos mecanismos de cambio que concebimos- dan cabida al libre albedrío. (En las dos grandes familias de religiones, las dármicas y -en particular- las abrahamánicas, dicha noción también plantea dificultades debido, entre otros factores, a la omnisciencia de Dios. Por lo que en algunas de ellas -por ejemplo el Luteranismo, el Calvinismo, el Jansenismo y el Islam- se contempla la predestinación).
En el ámbito de la neurociencia, los célebres experimentos de Benjamin Libet en los años 80 (Libet, 1983) indican que al menos algunas de nuestras decisiones son tomadas al margen de nuestra conciencia y que esta solo toma nota de aquellas. Libet pidió a un grupo de voluntarios que eligieran el momento de pulsar un botón y descubrió, mediante registros cerebrales, que la decisión era tomada varias décimas de segundo antes de que los sujetos fueran conscientes de ella. Aunque algunos han criticado dichos experimentos, otras versiones diseñadas para corregir sus posibles vulnerabilidades, particularmente las realizadas por Masao Matsuhashi y Mark Hallett (2008) y por Simone Kühn y Marcel Brass (2009), refuerzan la conclusión acerca de la inexistencia del libre albedrío (tanto para tomar una decisión como para detenerla). Contemplar que, potencialmente, un observador de nuestros patrones neuronales podría anticipar nuestra sucesión de decisiones ayuda a percibir cuan ilusoria es la creencia en el libre albedrío. Por otro lado, si aceptamos que la mente es el resultado del funcionamiento del cerebro en su relación con el resto del cuerpo y el mundo exterior, de nuevo, no parece haber cabida alguna para tal noción.
En otro plano, conviene recordar que el ser humano desciende de seres unicelulares mediante un proceso extremadamente gradual. Y no parece concebible que en uno de esos pequeños cambios pueda surgir algo tan cualitativamente novedoso como el libre albedrío. ¿Tenían libre albedrío los australopitecos? ¿Lo tienen los chimpancés? ¿Los perros? ¿Los camaleones?
Quienes practican la meditación suelen llegar a constatar que los pensamientos surgen (en la conciencia) y que no hay ningún yo consciente que los elija. Simplemente emergen, a partir de procesos inconscientes. Y cuando, por ejemplo, hay una experiencia de rechazo hacia un determinado pensamiento y el rumbo de la mente cambia, tanto el rechazo como el cambio de rumbo también surgen. Por ejemplo, podemos elegir un helado de turrón frente a uno de chocolate, posiblemente tras haber pensado que hacía mucho tiempo que no tomábamos el de turrón. Pero no sabremos cómo ha surgido ese pensamiento. En su lugar podríamos haber recordado un artículo reciente sobre las bondades del chocolate para el sistema nervioso. O simplemente no haberle dado importancia. Alternativamente, podríamos haber imaginado, de forma más o menos consciente, el placer asociado a cada uno de ellos y elegido el segundo. O el primero. Las sensaciones virtuales y las emociones que experimentemos en cada caso habrán participado en la decisión. Pero todo ello “sucede”, sin que sepamos cómo. Todo lo que podemos hacer es constatarlo. No sabemos cuál va a ser nuestro próximo pensamiento. Lo sabremos cuando aparezca. Como afirmara Schopenhauer “el hombre puede elegir lo que hace, pero no elegir lo que elige” (Der Mensch kann tun was er will; er kann aber nicht wollen was er will).
Quizás convenga aclarar aquí que el abandono de la creencia en el libre albedrío no es incompatible con la existencia de una regulación social basada, en parte, en la aplicación de sanciones a quienes infringen las normas. La única diferencia frente al actual estado de cosas es que esas sanciones tendrían exclusivamente un enfoque preventivo y no de revancha (el odio dejaría de tener sentido). Tampoco impide constatar la existencia -infrecuente- de la sensación de libertad. Pero eso se refiere a algo totalmente diferente, esto es, a actuar sin miedo a equivocarse. Precisamente la libertad de la que se habla en (algunas escuelas de) el budismo surge cuando desaparece la ilusión del libre albedrío (y, con ella, el arrepentimiento). La mayor dificultad para alcanzar tal estado no reside, claro está, en la comprensión intelectual -de por sí valiosa-, sino en la reestructuración de un sistema cognitivo fundamentado en la noción del libre albedrío (y del yo -autónomo-, que viene a ser lo mismo). La experiencia de milenios indica que el método idóneo es la meditación.

Manuel Navarro
Artista. Físico y Profesor en la Universidad de Alicante.

Referencias:
Kühn, Simone; Brass, Marcel (2009). “Retrospective construction of the judgement of free choice”. Consciousness and Cognition. 18 (1): 12–21. PMID 18952468. doi:10.1016/j.concog.2008.09.007
Libet, Benjamin; Gleason, Curtis A.; Wright, Elwood W.; Pearl, Dennis K. (1983). “Time of Conscious Intention to Act in Relation to Onset of Cerebral Activity (Readiness-Potential)”. Brain. 106 (3): 623–42. PMID 6640273. doi:10.1093/brain/106.3.623.
Matsuhashi, Masao; Hallett, Mark (2008). “The timing of the conscious intention to move”. European Journal of Neuroscience. 28 (11): 2344–51. PMC 4747633 Freely accessible. PMID 19046374. doi:10.1111/j.1460-9568.2008.06525.x
 
 
 

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