Locura, de Patrick McGrath. Anticomentario de Bruno Francés

Bruno Francés
// 11/11/2016
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Locura, de Patrick McGrath. Crítica de Bruno Francés

 

Escucho el Adagio de Albinoni mientras escribo estas letras acerca de Locura, la magnífica obra de Patrick McGrath y le va como anillo al dedo. Al menos de ese modo lo siento. La obra contenida de Albinoni, ese Adagio íntimo, triste, personal, lacrimal, desbordante me cuadra con la obra que anticomento. Las cuerdas de la obra sonando como uñas que arañan el cristal de la cordura para terminar desvaneciéndose, cristal y uñas, quedando el poso de la soledad de la vida pero sin vida alguna. ¿Una vida terrible merece un final igual de terrible para no desentonar? No se crean aquello de que el tiempo lo cura todo. No siempre y, a veces, tampoco importa demasiado o quizás sí.
He leído esta Locura del gran McGrath (Londres, 1950) y reconozco que la escucho más que la leo, que la huelo, que la fantaseo, que la padezco, que la siento real, que me creo su tristeza interna, como si un corazón se creara tan solo para latir sufrimientos; el de los celos, el de la soledad, el de perder y seguir perdiendo casi todo el tiempo sin remedio, sin más remedio que sentirse loco para tener algo a lo que agarrarse, para querer vivir lejos del tedio, de la monotonía, de lo que se espera sin desesperar, de la ilusión, de la pasión irracional o racional y necesaria y, aún así, ser tan solo una enfermedad ese sentimiento díscolo porque la vida real, la verdadera, no deja espacio para salirse de las normas, de las celdas, de la prisión, de un centro psiquiátrico donde la locura es la norma y la cordura, donde hasta lo enfermizo parece estar pronosticado como una rueda de la que no se puede huir, donde no hay escapatoria ni para los cuerdos, ni para los locos, ni para los enamorados que son todo lo anterior y mucho más. O quizás sí.
Personajes torturados en sus vidas cotidianas cuya salvación está en la locura que será castigada, precisamente, por eso, por ser locura. Tan solo por eso como si la locura tuviere la culpa de existir.
Pulsiones, psicología, lazos familiares, manipulación, abandono, lo gótico, lo austeniano, la década de los 60, haber vivido pegado a un psiquiátrico, el que tu padre haya trabajado allí toda la vida, Dickens, personajes victorianos, paranoia, terror, el mal, conspiraciones, sadismo, tradiciones rotas, infidelidades, rechazo, más celos, cartas, huida y vuelta inevitable a la pasión, destrucción, triángulo de cuatro lados (locura), manicomio y tristeza, mucha tristeza en el fondo, en el alma de los personajes.
Novela de un autor psicológico que apabulla, que escribe lo que le gustaría leer, que vivió su infancia pegado a los muros de un psiquiátrico y se nota, que donde hubo queda, que ni siquiera les he mencionado los nombres de los personajes porque no es necesario hacerlo y donde contar siquiera la sinopsis sería un crimen por mi parte pues se desvelaría mucho. Apenas una mujer bella que lo tiene todo, un marido triunfador en la vida, los muros de un manicomio, Edgar Stark artista y asesino de su mujer y la obsesión envolviéndolo a todo y a todos. Fascinante.
Léanse la obra porque les llegará dentro, porque es apasionada, real, irreal, cruel, maravillosa, infernal, celestial, racional, irracional porque es descarnada para la carne y sus vísceras, porque se me antoja como una cuerda más para un violín, o para una guitarra, o para colgarse con ella del sufrimiento de los personajes.
No les pienso contar nada más, es un anticomentario aunque creo que, en esta ocasión, se me ha notado todo lo que me ha llegado.
Bueno sí, que Patrick McGrath ha escrito entre otras obras igual de alucinógenas y macabras Grotesco, Sangre y agua, Spider, Port Mungo, Martha Peake o Doctor Haggard’s Disease; de algunas de ellas incluso ha sido guionista y de los buenos (les recomiendo en particular la película de Spider -David Cronenberg, 2.002- que les dejará con la boca abierta).
Y después del Adagio de Albinoni me pongo el concierto de Aranjuez del maestro Rodrigo. Y la vuelvo a leer. Imprescindible para los cuerdos, para los locos y para los que no se deciden por ser una cosa o la otra.
Hasta el próximo anticomentario, si es que se tercia.

Bruno Francés
Escritor