Bruno Francés
// 06/07/2017

 
 
 

La quinta mujer, Henning Mankell

El anticomentario por Bruno Francés

 

¿Qué asesino en serie, o en serio, querría asesinar a un ornitólogo, a un cultivador de orquídeas y a un poeta?
Lo sé. Todos ustedes conocen a varios de ellos, sin necesidad de muchas excusas la verdad sea dicha, también lo sé, y si cambiamos poeta por tuno aquí se nos multiplican los aspirantes; pero para escribir sobre ello y crear una apasionada novela negra donde el famosísimo inspector Wallander da lo mejor de sí pues eso, hay que ser sueco a macha martillo que por estas latitudes, creo yo, que más que serlo nos lo haríamos quizás salvo en el caso de los poetas malos que no tienen perdón de Dios.
El caso es que este anticomentario da tanto juego de maldita ironía, empatía y cariño social, los suecos son tan de España como lo es el dominó, que voy a tratar de no echar mano del chiste de caspa fácil que los de mi generación llevamos en los genes; pero ya les advierto que el autor es sueco y se pasa la mayor parte del tiempo viviendo en Mozambique. Ahí les dejo el dato en blanco sobre negro. Turismo a tutiplén, hay cosas que no cambian.
En las antípodas de la maravillosa Agatha Christie donde todo puede dar un giro radical en cualquier momento, esta obra es, más o menos, como coger el autobús en la primera parada y saber cuál es la última. Desde que te montas y te sientas sabes por dónde va a ir, cuántas veces se va a detener, cuál será el carril por el que te vas a mover y cómo va a terminar el trayecto; incluso el número de semáforos en rojo que te van a coger como el conductor no pille el primero en verde. Pues lo mismo es La quinta mujer (la sexta del universo Wallander pero la primera publicada aquí), una obra entretenida, comercial, nada chirriante, fácil y donde lo más llamativo es que el inspector Kurt Wallander es un tipo normal con el que podrías irte a tomar unas cañas y decirle quién es el asesino antes de la segunda ronda. Le ahorrarías un montón de comeduras de tarro porque el chavalote es un sufridor de aquí te espero que, además de haber perdido a su padre, está enamorado y busca casa y perro para compartir con su amada. Mejor que nos sirvan una tercera ronda que aun nos lo llevamos de tardeo al pobre.
Lógica, lineal, en ocasiones lenta, descriptiva, muy humana salvo en el sadismo de los asesinatos, La quinta mujer se adelantó al universo Millenium (Stieg Larsson) en lo que a lo macabro de lo rituales y al trato que se confiere a la mujer en sus páginas se refiere que puede variar entre lo más adorable y lo mejorcito de Alcalá Meco; incluso el paralelismo de los títulos empleando la figura femenina de algún modo subyace la mentalidad sueca sobre el importantísimo papel de la mujer en un país donde la actitud de esta está a la par, al menos literaria, en modos y maneras de sacar colores, sangre y lo que se tercie con la de los hombres. Pajares y Esteso lo pasarían muy mal con esta nueva personalidad sueca.
Novelón con personajes cuyos nombres nos recuerdan inevitablemente a los muebles de Ikea, nos hallamos ante una literatura que echa mucha mano de las costumbres, paisaje y referencias escandinavas lo que, quizás, nos deje en ocasiones del relato un tanto helados (jo con el chiste fácil pero el que avisa no es traidor); si bien es cierto que el dibujo de los personajes es meticuloso, minucioso, así como los aspectos de las personalidades humanas de estos donde Mankell es todo un maravilloso artista pues la composición que logra transmitir es tan real que consigue hacernos sentir, y pensar, lo que pasa por la mente de cada uno de ellos como si fueran la de nuestros familiares más cercanos o nuestros mejores amigos.
En un país donde todo parece perfecto, al menos desde aquí, nos hallamos con una interna crítica social que parece romper con que, en verdad, subyace una especie de tiranía de la libertad y la perfección que asusta si se rompe y que, muy bien, podría llegar a desencadenar verdaderos cataclismos si el orden establecido se resquebrajara como un fino y precioso cristal transparente al que se esfuerza en sacar brillo día sí, día también.
No voy a negar que la avalancha de grandes series televisivas actuales han dado al traste con el impacto visual de los crímenes cometidos con que esta obra, y casi todas las de finales del XX, tratan de impresionar a un lector más televisivo a nivel neuronal que el que pudiéramos encontrar hace años, quizás cuando se escribió esta quinta mujer, allá por el 1996 por lo que, aviso, aunque es una obra inteligente, entretenida, para muchos magistral, tiene regusto a serial viejo; incluso el autor envejece al personaje tanto en su edad como en sus pensamientos y movimientos, con lo que todavía es más mayor de lo que aparenta, el detalle de tanta realidad mundana de entonces no alienta demasiado a su favor.
Clásico indiscutible de la literatura actual, el inspector Wallander es una suerte de Holmes de corte frío, racional, humano, pelín aburrido, social, amigo, cercano, padre, madre y casi espíritu santo de una obra magistral, talentosa, sentimental, triste, recia, reflexiva, cruel, vengativa, sostenida, terriblemente nórdica, desigual, amena, intrigante pero menos, quizás algo poética, sobria, esperable, de receta, al uso, doméstica, real, correcta, bien escrita, desapasionada en los personajes y sus pulsos, consecuente, natural, correcta, tranquila, limitada, conclusiva, intuitiva, creíble, formal, insulsa, virtuosa en sus formas y lenguaje, responsable, sin apenas ritmo, de estantería para quedar bien con la propia bibliografía pero poco más, eso sí, se lee y se acaba rápida… como echar un polvo de memoria y porque toca, suena frío, a que sí, pero placentero, a que también; pues eso, el anticomentario. Como ven poco que decir de la trama, mucho de los personajes y mucho más de la personalidad fría que se les imprime.
Y como siempre, como suelo hacer, la banda sonora para esta obra Oxigene de Jean Michel Jarre con buena dosis de vodka para entrar en calor por supuesto.
 
Hasta el anticomentario que viene, si es que lo hay.

Bruno Francés
Escritor