La paz de las ruinas. Poema de José Luis Rico.

José Luis Rico
// 14/02/2016
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La paz de las ruinas

En la médula del huracán, esta ciudad
de filósofos con la respuesta
de sus conversaciones arqueológicas,
acaba de dormirse a balazos.

Es la noche, amigos,
parejas, empleados y ladrones,
jugadores, adúlteros, suicidas,
melancólicos, alcohólicos,
viudas y viajeros,
pescadores, prostitutas, cenicientas,
misioneros, gobernantes y pianistas,
insepultos, arcángeles, abandonadas, huérfanos…
Es la noche,
Antonio, Rafael, Carlos, Alberto…
¡Es la noche!

(He cerrado los ojos: no te olvido.
De este modo, asoma, en la incómoda violencia de la memoria, el dibujo o la impresión de tu regreso. Y me hablas de ciertas reincidencias imposibles; de cuando mi corazón no sabía de ninguna opacidad, porque era una fracción de luz; un libro, rojo como el ardiente ombligo de la tierra, con pequeñas hojas limpias donde tú escribías la historia de mis días felices.
Pero ya no soy el extraño que deja su ventana abierta hacia un ángulo neutro, esperando la voz que le retire el dedo del gatillo.
Qué avidez por arañar la cara interna de los párpados. Qué furor gratuito por abrir huecos al sueño, para inundarse los ojos de besos exclusivos.
Es la costumbre, amor, cuando se vive perpetuo al otro lado.

Dejas los ojos sobre la mesilla; eliges un capítulo cualquiera, y te duermes.
He aquí el inflexible ritual de esta religión descolorida.
Entonces se entiende por qué el mar es un ciego que tantea las rocas con su bastón furioso, falseando, como un signo ridículo, la magnitud del espejo.
Por qué, un simulacro de fuerza, convierte el ocio del tigre en un jinete del Apocalipsis, bajo la selva cálida.
Y por qué, tú, fuiste necesaria; eres imprescindible, y serás obligatoria)

Y en la noche,
la voz de los relojes condenando a muerte.
En la noche en que me suenan las horas
a conocidos números, sabidas longitudes,
dimensiones coherentes a mi cuerpo,
alguien calcula la medida exacta
desde mi infancia al miedo
y de un lado a otro de mi sangre;
estudia el hemisferio casual de mi cabeza;
me cuenta los cabellos uno a uno, y me descuenta
el tiempo en que la boca de mis ojos
devora el testimonio de semillas azules,
fragmentos de planetas,
estrellas
que estaban esperándome en el vértice del sueño,
cuerpos insomnes que persigo,
revolviendo las esquinas y el vacío nocturno,
buscando una caricia huida hacia los forros del aire;
y mi presencia
que temo escondida en baúles sin nombre.

(… Pero he cerrado los ojos. Ningún dios nos enviará sus brazos para sujetar los extremos de la ausencia.
Descabalga, pues, tu estrella, y vístete de miedo: esa que nos visita, amada mía, es la muerte.

¿No lo comprendes?
Surgimos en la Era de luz innecesaria; de los primeros aullidos de un lobo planetario.
Mírate ahora –mirémonos juntos- ¿no sientes que te empujan hacia las horas muertas; que te llaman a juicio; que te han condenado de antemano a todas las verdades, y yaces con los sueños separados del cuerpo?

Pues ha llegado el momento, prepárate a vivir la paz de las ruinas.)
(del libro “Un espejo de alcohol”).
 
 
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José Luis Rico
Poeta