Artículos
// 12/11/2018
Haruki Murakami, Hunter art magazine, pepe calvo,

 
 
 

El universo Murakami sigue vivo: La muerte del comendador (libro 1)

 
Murakami ha vuelto. Y tan Murakami como siempre.

Eran muchos los que ansiábamos que el célebre escritor japonés publicara (de una vez) una novela de las suyas, oronda, inmensa, plena, en la que sumergirse una semana o, en el caso de la que escribe, siete horas. Porque esta novela engancha desde la primera página, te sientes cebo en el océano del escritor, que te lanza la caña de pescar y te zarandea en su propio universo.

En el nuevo libro de Murakami, La muerte del comendador, hay pocas orejas femeninas (una única referencia, quizá un guiño), mucha música de jazz, pocos gatos, poca comida (un ágape suculento hacia el final de la obra), felaciones, pinturas y violencia en forma de pintura. Sí hay un soltero, sí escribe en primera persona, sí hay soledad, sí hay un ser extraño a la manera del Johnny Walker de Kafka en la orilla o de los seres que fabricaban crisálidas de aire en 1Q84, así como una mujer extraña y difuminada y hostal de medianoche, como en After dark. Y una celda herméticamente cerrada, o pozo, como en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Porque en la novela se respira ese universo extraordinario que conforma la prosa del autor.

También destacan las novelas dentro de la novela. Porque la metaliteratura se da en la reciente obra del japonés desde el propio título, que alude a la primera parte de la ópera de Don Giovanni y que da título no solo a la propia novela, sino también al cuadro clave en el argumento. Además, la siniestra y bella Alicia en el país de las maravillas es referencia en la obra, pues alude a ella cuando el protagonista ve como su hermana se cuela en un hueco que recuerda a la madriguera del conejo. Asimismo, el cuento de Barbazul es mencionado en varias ocasiones, ya que el vecino del protagonista habita en una extravagante mansión llena de habitaciones, una de ellas, cerrada a cal y canto al ojo curioso. Los menos famosos entre los lectores europeos, Cuentos de lluvia de primavera (Ueda Akinari), reflejan en una de sus historias los mismos acontecimientos que vivirá el protagonista: la temible posibilidad de que un monje budista, zombi, o momia, sea el culpable de ese sonido insistente de campanilla que escucha cada noche en la lejanía.

Para finalizar, El gran Gatsby se asoma en la novela, pero esto es un hecho que el lector puede intuir. El protagonista, retratista de oficio, se verá unido, irremediablemente, a Menshiki, un pudiente vecino que le observa cada noche y que le pedirá un favor un tanto extraño: que pinte a la hija biológica del millonario. Como Gatsby, aquel se ha mudado a la impresionante mansión para seguir los pasos de su hija, que vive en la zona. A cambio, solo pretende que le permita observarla cerca, en la misma habitación. Como el trío de Gatsby, Nick y Daisy.

Murakami hace lo propio: logra que el lector acepte como algo corriente los fenómenos más extraños posibles. El protagonista y narrador arranca la historia confesando que su mujer le ha dejado “porque tuvo un sueño”. Y él acepta este hecho, sintiéndose “un desecho bajo la fría lluvia del mes de marzo”, aunque como respuesta recorre todo Japón en un desgastado coche.

En las novelas de Murakami siempre acontece un hecho que facilita sobremanera la vida del protagonista. En este caso, un amigo ofrece al protagonista la casa de su padre, también pintor, para que habite en ella tras la separación de su mujer. Allí descubrirá el cuadro “La muerte del comendador” oculto en el desván y tapado con una tela. Y allí escuchará una campanilla siniestra que se tañe cada noche, a las 2 de la madrugada. Y todo esto, el lector lo acepta.

El oficio de pintor del personaje principal se aprecia en descripciones como la siguiente, de la propia buhardilla en la que halla el cuadro y un habitante más, un pequeño búho gris que se cobija allí:

“[El lienzo] Era el único objeto que había allí, nada más, solo la luz tenue colándose por las rendijas de ventilación, un búho gris encima de una viga y un cuadro apoyado contra la pared. En conjunto, aquella escena del desván resultaba muy atractiva”.

El narrador nos deleita con imágenes muy plásticas, propias del autor, como la siguiente descripción en la que imagina el funeral idóneo para su hermana, fallecida siendo una adolescente. El escenario imagino, con la niña dormida plácidamente, muerta, recuerda a la Ofelia de Millais:

“Tendrían que haberla puesto en un lugar más amplio, no sé, en mitad de una pradera verde, por ejemplo […] El viento mecería la hierba y los pájaros e insectos cantarían con sus voces claras. Las flores salvajes inundarían la atmósfera con sus aromas y el polen fresco. Al anochecer, infinidad de estrellas plateadas salpicarían el cielo y al amanecer, un sol renacido haría brillar el rocío de la mañana como piedras preciosas. Pero la realidad era que estaba metida en un absurdo ataúd”.

En la novela destaca, de nuevo de manera magnífica, la profundidad poética del autor, cuyo protagonista se despierta en la noche “por culpa del silencio […] un silencio repentino”.

La belleza poética de este realismo mágico japonés de Murakami nos traslada a un mundo paralelo donde los personajes de los cuadros saltan al sofá mientras el protagonista está cortando unas verduras. Pues como añade el narrador, “Alicia existía en realidad. También el conejo blanco, la morsa y el gato de Cheshire. El comendador también, por supuesto”.

El universo Murakami ha vuelto, y ahora toca esperar al segundo tomo. De nuevo, todo lo que leemos parece posible, está medido, ordenado, tiene un sentido. Y se filtra poesía. Porque… ¿quién no ha mirado alguna vez el cielo y ha imaginado, en plena noche, una pequeña luna verde cerca de la luna?

Alicia Louzao
Doctora en Filología Hispánica
Alicialouzao.com

 
 
 

Haruki Murakami, Hunter art magazine, pepe calvo,

Haruki Murakami durante la presentación de su última novela.


 
 
Alicia Louzao, Haruki Murakami,