La dama de blanco de Wilkie Colllins. Por Bruno Francés.

Bruno Francés
// 06/06/2016
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La dama de blanco de Wilkie Collins

Imagínense a un tal Dickens, de nombre Charles, y a un tal Collins, de nombre Wilkie, montando una bien gorda en el siglo XIX rollo poli malo, poli bueno pero a nivel cultural en plan revistas, co-ediciones y co-autorías varias; luego retuérzanlo con que el tal Collins, el de nombre Wilkie, acabó enganchado al opio por una artritis de la época (gota de toda la vida) y súmenle una ilusión paranoide, insisto de la época, sin libros de Punset, ni autoayuda, ni nada por el estilo, en la que el autor creía, aseguraba, juraba, estar acompañado a tiempo completo de un clon suyo al que llamaba “Ghost Wilkie” que le pasaba el jabón en la ducha y la esponja si era menester, la de crin que es la que rasca, pica y da esplendor; imagínenselo con estilo victoriano, por supuesto, té a las cinco, pastas de mantequilla y con el epitafio de su tumba londinense subrayando que es el autor de La dama de blanco; pero vamos que si con estas premisas ya no les llama la atención ni la vida ni la obra del Collins, de nombre Wilkie, pueden volver a sus apasionantes vidas cotidianas de guasap, feisbuk y selfis de pose todo-lo-que-me-da-el-brazo con fondo de armario lo mismo me da sea la plaza mayor petá de gente que el cuarto de baño empañao con vapor marca ACME, eso sí, olvídense de lo que viene a continuación porque es de agarrarse los machos.
La dama de blanco (1859/60) inauguró el género policíaco en lo que a novela se refiere, de hecho estableció lo que se llamó la sensation novel (subgénero inglés de las novelas de suspense) y está considerada una de las primeras novelas de misterio ahí es nada. Borges la tenía como uno de su libros de cabecera, ahí es nada 2.
Escrita a modo de novela folletinesca, como casi todas las que se publicaban entonces, vamos por capítulos como las telenovelas tipo Cristal, La dama de rosa, Falcon Crest, Dallas, V y Los ricos también lloran; resulta una novela apasionante, melodramática y de juicios pero sin Ally McBeal, ni Ironside y su quad casero, ni sin los castizos de Turno de oficio para defender caso alguno sin dejar de lado, mi preferido, “¡ordenó usted el código rojo!” (Algunos hombres buenos, Tom Cruise dixit).
Vamos que igual de apasionante que todos estos seriales pero de entrega semanal –en la revista All the year round- y expuestos, los primeros capítulos, en un escaparate para llamar la atención de los posibles clientes que se detenían absortos a leer la excitante historia del profesor de dibujo Walter Hartright, la hermosa Laura Fairlie (-spoiler- esta es la chica de la historia), el malvado y cazadotes Sir Percival Glyde, el malo malasombra (somos malos de verdad) Conde Fosco, Marian (hermana de la hermosa Laura) que parece la tontita pero que por algo sale no les digo más y una extraña mujer de blanco llamada Anne Catherick, hija de una antigua ama de llaves de los Glyde que vaya por Dios los caprichos de la genética –spoiler 2-; tiene la joven un inquietante parecido con la hermosa Laura si es que vamos al mar a bañarnos y se ha secao.
Novelón más largo que la Guerra de los Cien años es una auténtica obra de arte, un rompecabezas amoroso que se lee como las historias de aventuras de toda la vida, las que atrapan, las que enganchan, embelesan, enamoran, las que no puedes dejar de leer y hacen que lo largo se convierta en corto -de ahí la manida frase el tamaño no importa- y parecen tontunazas que no lo son en absoluto puesto que es una magistral historia contada desde varios puntos de vista, -la versión de los testigos, les dije antes lo del juicio-, con un lenguaje que en su momento se acusó de facilón, de alejado de lo entendido como culto por los listos de entonces -Dostoiewski o Balzac qué mala es la envidia-, pero que el tiempo ha puesto en su lugar como el léxico necesario para la historia que se narra.
Contada en primera persona el autor dota, maravillosamente bien, de tono, ritmo y suspense a cada uno de los hablantes de la obra que poseen su propio idioma literario para enganchar al lector con el paso al consiguiente testigo –siguiente narrador- sin perder, en ningún momento, la cadena ni un clímax eterno y mágico que atrapa más que la tortilla de patatas del domingo con cervecita fresca, panchitos optativos que dan sed.
Cambio de escenario, flashbacks para la época, rotura con la cronología, sensible y amorosa sin caer en la ñoñería, inquieta, arrolladora, valiente en la estructura, siempre in crescendo, extrema, ansiosa, trepidante, visionaria en los cambios de narrador, emotiva, aparentemente calmada por momentos que no lo son tales (geniales los engaños del compás), La dama de blanco es una sofisticada pieza de relojería en la que todas los segundos confluyen en minutos y estos se transforman en horas con una precisión real porque todo lo que se cuenta en ella puede suceder y ese es también uno de sus maravillosos puntos de vista en los que el autor nos introduce sin que nos demos cuenta. Pues no es tramposo el tal Collins, de nombre Wilkie.
Lo que sucede siendo ficción, siendo increíble, siendo apabullante puede ser verídico. La dama de blanco es una construcción maravillosa donde los recursos literarios juegan la baza de parecer sencillos, asequibles, letras del vecino de al lado, de las que le sobran a un charlatán pero que, en verdad, son toda una joya inigualable de narrativa. Hacer fácil lo difícil sucede tanto en la historia como en la escritura de ese maravilloso autor que es el tal Collins, de nombre Wilkie, el del clon fantasma con la esponja de crin.
Ya les avisé en mi primer anticomentario que no iba a destriparles la historia pero sí que les contaré que el desafío, que este circo de cinco pistas, esta argumental torre de babel que se monta el autor no deja indiferente a nadie. No da puntada sin hilo, no deja un solo cabo sin atar la historia de amor imposible de Laura Fairlie y Walter Hartright en una sociedad que siempre ha mirado por los pudientes, por ser lo que tenemos más que aquello que valemos, amor incondicional traumatizado por un argumento tan drogodependiente que asusta y que no se nos cura ni con metadona.
Los protagonistas enamorados hasta las trancas no pueden vivir su amor porque ella, la hermosa Laura, se debe a un amor interesado que no es más que una trampa porque el pretendiente no tiene ni para pipas sin sal y lo ayuda un malvado, al que ya le darán lo suyo por maloso, que se meriendan a una pobrecita dama vestida de blanco que dicen que está loca pero que es una locura que vendrá al pelo para los fines dramáticos de la historia y que se parece a la prota de la historia y que hasta se quema una iglesia y todo y que si hay final feliz, o no, ya depende de ustedes que se involucren como espectadores, mejor testigos, mucho mejor lectores y que juren decir la verdad y toda la verdad y nada más que la verdad que estamos en un juicio ya están tardando en ir a leerlo.
Por cierto, se me olvidaba comentarles que le inteligencia del tal Collins, de nombre Wilkie, era tan avispada que dejó sin exponer el final de su obra en el escaparate después de semanas manteniendo a sus lectores tras el cristal; que aquel que quisiera saber del The end de aquellos dos enamorados y aquella loca y misteriosa dama de blanco se gastara los cuartos. Un golpe de efecto publicitario que ya querrían para sí las grandes marcas comerciales de este siglo. Si es que ya lo decía mi abuela “¡si es que ya está todo inventado!”.

Bruno Francés
Escritor