Cine
// 17/04/2019
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Amor en conserva, las crónicas de Juan Harpo

Juan Harpo (Alicante, 1945), es el seudónimo de un cinéfilo alicantino que comenzó a firmar alguno de los primeros dosieres sobre realizadores, interpretes, y géneros cinematográficos que editaba el Cine Club “Chaplin”, a primeros de la década de los setenta del siglo pasado. Desde entonces hasta el día de hoy, sus desenfadadas crónicas han venido publicándose en algunos medios escritos pero, fundamentalmente, en el suplemento literario del Diario Información de Alicante, “Arte y Letras”. Su columna “Amor en conserva” es una pieza habitual de esta publicación que, como el propio autor indica, es un constante homenaje al “cine enlatado”, en cualquier formato, que ha facilitado la posibilidad de revisar las películas de todos los tiempos sin necesidad de moverse de casa, como se hace con los libros. La intención de estas pequeñas píldoras se centra, fundamentalmente, en la influencia que el cine tiene en nuestras vidas o viceversa; es decir en como nuestras vidas se miran en el espejo de la pantalla y, en cómo, a través de una personal labor creativa, modifican cuanto vemos en ella convirtiéndonos, siempre, en espectadores únicos y singulares en busca de nuestro lugar en el mundo.

Como ejemplo de estas crónicas amables, sin excesivas pretensiones, salvo las de entretener y, en ocasiones, incitar al imposible debate con el lector, presentamos hoy una de las tres columnas que, como pequeño muestrario, hemos solicitado a Juan Harpo: la que reseña la última película de los hermanos Coen, «La balada de Buster Scruggs», una declaración pasional de amor al western. Solo cabe añadir que el seudónimo de Juan Harpo no es un antifaz, una máscara para actuar con impunidad y alevosía -la personalidad autentica del autor es un secreto a voces- y responde a esa necesidad romántica del desdoblamiento que casi todos llevamos dentro, la de ser, por algunos instantes, otro, saliendo de la monotonía profesional que nos ha designado la rácana existencia.

LOS COHEN REGRESAN AL OESTE

El 16 de noviembre pasado viví la nerviosa expectación ente el estreno de una película, como en los viejos tiempos. Solo que fue una experiencia extraña: no ante la taquilla de una sala de cine, sino ante la pequeña pantalla del ordenador. Y, preparado para ver la última película de los hermanos Cohen, “La balada de Buster Scruggs”, recordé la “première” en Alicante de “Bonnie & Clyde”, cuando unos amigos, ansiosos por ver la película, se vistieron de “gansters” americanos para asistir al evento.

La incursión de los Cohen, de los que soy insobornable admirador, en el western, a través de “No es país para viejos”, recreando el universo fronterizo del gran Cormac McCarthy, y la posterior versión de la inigualable “Valor de ley” de Hathaway, limando su optimismo épico para ofrecernos un baño de realismo, eran garantías suficientes para aguardar con entusiasmo “La balada…”. Y confieso que, lejos de sentir la más mínima decepción, disfruté como hacía años que no lo lograba ante un estreno, aunque fuese ante el aparato donde uno suele enchufarse a Netflix.

«La balada…», formada por seis episodios independientes, es un homenaje al western, una visión antológica desde una óptica crítica, reflexiva e incluso demoledora, que se expande más allá de los lugares comunes del género para mostrarnos su capacidad a la hora de fagotizar toda la belleza y variedad temática del Cine. El primer episodio es una humorada vitriólica en torno a las viejas películas con vaqueros cantantes (Roy Rogers o Hopalong Cassidy) pasada por el tamiz del «spaghetti» y la violencia de Peckinpah, a mayor gloria de una balada que no aparece en la banda sonora: «Jinetes en el cielo». Una introducción que da paso a la historia del ladrón de bancos, expuesto siempre a ser linchado y que da un giro de trescientos sesenta grados a la mítica «incidente en Ox-Box», del inigualable Wellman. Dos aperitivos para degustar el más sombrío de los episodios, inspirado en la figura del buhonero, el dentista o el pobre empresario teatral que anima las noches tristes de los poblados del Oeste con su insólito espectáculo que, en este caso, parece sacado directamente de «La parada de los monstruos». No falta la perspectiva ecologista, bellísima, centrada en la historia del buscador de oro, un Tom Waits solitario que nos recuerda al Walter Huston de «El tesoro de Sierra Madre», con el «cameo» formidable de un viejo búho. El segmento dedicado a las «caravanas», el de mayor metraje, inserto en el recuerdo de «Wagon master» o «Caravana de mujeres» -mi preferido- es una puñalada poética al tópico de las soluciones radicales ante un ataque de los indios. Cierra el filme otro episodio de inspiración fordiana, el de la diligencia y sus pasajeros. Una versión del lugar común que podía haber filmado Ingmar Bergman con un guión de Stephen King, si no conociésemos el estado de inspiración de los Cohen cuando se encuentran estupendos.

«La balada de Buster Strugges» es, en resumen, uno de los mejores western de las últimas décadas. Un «western-western», que es lo mismo que decir «cine-cine», ante el cual uno solo puede lamentar una cuestión: que no se haya estrenado en una sala cinematográfica y no tener dieciocho años para asistir a su proyección vestido de Wyatt Earp. No se pierdan el espectáculo.

Juan Harpo
cronista cinematográfico

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