Foto de familia. Relato de Raúl Jiménez.

Literatura
// 05/07/2016
raúl jimenez, rodrigo garcía

 
 
 

Foto de familia

 

Aquí, joven, acérquese, usted tiene mejor vista. La chica me guarda las cosas y luego no encuentro nada. Aunque yo juraría… Seguro que está en el armario… ¡Sí, mire! ¿Qué le decía? ¡Aquí lo tiene! ¡El Alcázar! Deje que lo abra con cuidado. Este periódico tiene por lo menos cincuenta años. No sé si lo sabe, pero lo editaba una empresa muy próxima al Opus. La mayoría de los plumillas eran curas de la capital. Gente vinculada a La Obra… A ver, debe de… ¡Leñe, pero si es esta la foto!… Escuche, voy a leerle el pie… ¿Dónde tengo las gafas?… Ah, gracias, cualquier día pierdo la cabeza… “Familia más numerosa de España, ubicada en el municipio de Burriana”. ¿Se da cuenta?, el periodista se equivocó de pueblo… Tome, échele un vistazo. ¿Me reconoce? Yo soy el tercero por la izquierda. El rubio. Aunque al año siguiente lo tenía ya castaño, y luego, en la mili, lo perdí todo. Imagino que fueron los piojos. Me debieron comer la raíz… ¡Madre mía, con el flequillo que tenía entonces! Parezco uno de los Beatles, no me diga que no. La foto nos la hicieron la misma tarde en que trajeron al pueblo el primer televisor. Todo un acontecimiento. Si se fija, se nota lo contentos que estábamos. Ese día, no hubo una sola persona que no se pasase por elbar, nadie quería perderse aquel aparato del futuro… ¡Deje, hombre!, ya se lo digo yo, no hace falta que cuente. En total somos quince. Una auténtica manada. Organizarnos llevó lo suyo. El fotógrafo nos dio muchas indicaciones. Arrimaos, decía. ¡Más juntos! Tenéis que estar mucho más pegados. A nosotros no nos nacía. Tenga en cuenta que la plaza estaba llena de curiosos. Por cierto, ¿se ha fijado en Felipe? Es éste, el que sonríe con cara de pícaro. Menudo bicho era. A mi me traía por la calle de la amargura. No había un sólo día en que no me diera un buen pescozón. Y con las niñas era peor. Nuria, que es esta de aquí, lo pasaba fatal. Felipe siempre le tenía preparada alguna. Un vez, la encerró con los cochinos y la dejó allí toda la tarde. ¡Pobrecilla, con lo dulce que era ella! Nuria era una niña buenísima, yo la quería mucho. Estaba flaca como un pajarico, pero compartía siempre su almuerzo. Se murió tres veranos después, por unas fiebres de escarlatina. De todos los que aparecemos en la foto, sólo quedamos cuatro. Sébas, que es el que está a mi lado, vive ahora en Getafe. Tiene una zapatería. Estos otros, los dos pequeñajos, son Jaime y Braulio. Se fueron juntos para Mallorca. Eran inseparables. Luego, para que vea lo que son las cosas, abrieron una heladería y terminaron echándose las cucuruchos a la cara. Los negocios a medias ya se sabe. A quien más unido estuve de niño fue a éste. Nicolás. Era un fenómeno, llegó a jugar en el Zaragoza. Hacía de medio centro. Yo siempre pensé que iba a llegar a los cien, porque era como un toro y nunca cogía un resfriado, pero que va, se murió a principios de octubre sin haber cumplido sesenta. Es una lástima, hacía años que no lo veía. Si le digo la verdad, me emociono un poco. ¡Qué foto! Lo cierto es que da el pego. Parecemos de verdad una familia. El fotógrafo supo escogernos. Esta niña y yo, por ejemplo, tenemos cierto parecido. También doña Pura, que hace de madre, y esta otra cría, se dan un aire… ¿Sabe?, la foto apareció en todos los periódicos nacionales. No hubo uno que no se tragara el cuento. Figúrese, hasta enviaron un camión desde el ministerio, lleno de leche en polvo, latas de conserva y tabletas enormes de chocolate. Cuando llegó fue un festín. Aquel día, nadie salió a trabajar al campo, la gente sacó sus mesas al frontón, igual que en fiestas, y hasta mi madre se tomó una copita de mistela. Parecía una becerrada, el pueblo estaba radiante. Al Régimen le gustaban mucho estas fotos de familias numerosas. Les servía para hacer propaganda. En España estamos unidos, somos muchos, somos felices, somos fértiles como conejos. Ese era el discurso oficial… Claro, sí, una idea buenísima. Se le ocurrió todo al maestro. ¡Éste, el hombre que hace de padre! Un tío listo, muy vivo, que además estaba muy comprometido con el pueblo. Se preocupaba de verdad por nosotros. Dicen que estaba harto de que la clase se le vaciase cuando llegaba la recogida de la aceituna, así que se le ocurrió lo del retrato, pensando en que eso traería quizá dinero. Era muy espabilao. Llamó a un amigo suyo, fotógrafo en Madrid, y entre los dos fueron seleccionando a los niños más fotogénicos. Para hacer de madre hubo muchas candidatas, y se formó cierto revuelo en el pueblo, porque casi todas las mujeres querían asumir ese papel. Al final, pusieron a doña Pura, porque el madrileño decía que tenía cara de madre abnegada. Ya ve usté la tontería, doña Pura, pero si era una solterona. Claro que a ella le hizo mucha ilusión. Luego, con los años, de tanto mirar la foto, la pobre se fue creyendo la mentira y, muchas mañanas, salía a la puerta de su casa y se ponía a dar voces, llamándonos a comer. ¡Niños, deprisa, que se va a enfriar la sopa!, decía. Algunas veces, entrábamos a comer a su casa, por no hacerle el feo. Las lentejas le salían bien… Pero deje que le cuente otra cosa. ¿Ve a este zagal? A su madre le decían La Colorá. Él se llamaba Casildo, como el torero. Pero los viejos, ya se sabe, le decían siempre El Colorín. Sale con el brazo escayolao porque unos días antes se había caído de un almendro. Aunque eso no viene al caso. Lo que le quería decir es que acabó casándose con la niña de la falda. La bizca, sí. En el pueblo se hicieron muchas bromas. Lo vuestro es incesto, les decían, y el Casildo, que era muy orgulloso, y se daba aires de señorito, acabó sacando un día la escopeta de su padre. ¡A ver quién tiene cojones ahora!, gritaba. A ver quién hace una broma. Aquello funcionó durante unas semanas, pero al final, decidieron marcharse del pueblo, por no hacer una barbaridad. Creo que les aconsejó el maestro. Era al único al que escuchaban. Todo el pueblo escuchaba al maestro. Como no teníamos médico, era él quien representaba en cierto modo la razón y la ciencia. Es una lástima que el hombre terminara luego como terminó. Todo el mundo le dio la espalda. Hasta mi madre, que decía que era un santo, se puso a preparar unas albóndigas cuando lo sacaron a empujones de la escuela y lo subieron al coche de la guardia civil… ¿Qué quiere que le diga? La gente es medio faba y no sabe reconocer a sus héroes. En fin, esta es la foto. ¿Qué le parece? Doce hermanos. Para ser hijo único, no está nada mal. Por cierto, ¿cómo dice que se llama el programa?…¿y es entonces a las doce?… Yo es que madrugo y, claro, me acuesto igual que las gallinas. Aunque esta noche prometo que voy a escucharle… ¡De verdad, sí!… ¡No, hombre, ha sido un placer! Para cualquier cosa, ya sabe donde me tiene… Ahora me va a perdonar, pero hay que dejarlo aquí. Van a dar las tres, los niños llegarán en cualquier momento… ¡No, deje, deje! Si quiere ayudarme, borre usted la pizarra, ya coloco yo los pupitres… De acuerdo, gracias. Aparte también la fregona. La chica es un cielo, pero se lo deja todo por el medio.

Raúl Jiménez Muñoz
Ilustración: Rodrigo García Llorca.
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