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// 07/10/2019
Eric Fischl, pepe calvo, exposición pintura, pintura contemporánea,

Eric Fischl es uno de los artistas estadounidenses que surgieron con más fuerza a finales de los 70 y durante la década de los 80 encabezando un movimiento postmoderno de retorno a la representación figurativa. Su estilo fue clasificado en el neoexpresionismo y en el «bad painting«, nombre otorgado por la crítica artística Marcia Tucker que despreciaba la intromisión de esta pintura más «tradicional» cuando en el país triunfaba el arte conceptual y el minimalismo. Hoy sigue en la brecha y es un pintor y un escultor consagrado en el mercado americano e internacional, en cambio muchos de los que partieron con él en la abstracción y el minimalismo ya han sido olvidados.

En este artículo trataré de sus orígenes como pintor y de como se labró un estilo muy definido a partir de los 90, que hace que le incluya en ese cajón de sastre que es el término postmodernidad.

Pasó su infancia y juventud entre los suburbios de Long Island (Nueva York) y Phoenix (Arizona). En su familia se aparentaba una felicidad exterior, mientras  internamente vivía su propio drama. Una madre con depresión, alcohólica, hermosa, una creativa frustrada, sujeta a ataques de ira épica en la que culpaba a sus hijos y esposo. Después de amenazar durante años con quitarse la vida, finalmente tuvo éxito, estrellando su coche contra un árbol.

Tras iniciar sus primeros estudios artísticos en Phoenix, se trasladó a Los Ángeles para seguir cursando (1970-1972) en el California Institute of the Arts de Valencia, justo uno de los centros más vanguardistas por aquellos y por estos años. En aquellos tiempos se ponía especial énfasis en que el arte contemporáneo debía fluir espontáneo, sin ataduras con el pasado y siempre original. También le enseñaron que lo de menos para un artista era la técnica pictórica y el conocimiento de la historia de la pintura. En las entrevistas que concede Fischl suele quejarse de su «deformación» en este centro donde no aprendió los recursos técnicos necesarios para cualquier pintor. De esos años quedan sus primeras obras cercanas a la abstracción de la década de los 70, pero de las que no hemos podido localizar ni una fotografía siquiera en la  web oficial del pintor.

California Institute of the Arts sigue hoy en día una enseñanza muy parecida.

Sin embargo, algo bueno tuvo que tener su paso por el centro: le dotó de una actitud inconformista e irreverente que le llevó a cuestionar no sólo a la sociedad que le rodeaba, sino también a lo mismo que estaba estudiando. Creo que también fomentó en él un deseo de experimentación y de curiosidad constante que le acercó a otros medios expresivos a lo largo de su vida como la fotografía, el cine y más recientemente, la informática y el photoshop.

La figuración llegó a Fischl a finales de los 70 como una liberación, como aquél que lleva tiempo atado y logra liberarse de las ligaduras que le aprietan. Tenía necesidad de expresar sus sentimientos de una forma directa y descarnada, que no podía hacer por medio del minimalismo o la abstracción. La pintura realista será para él una terapia a través de la cual desvelar sus traumas, desmontar la hipocresía que le había amordazado durante su adolescencia y juventud. El secreto y la vergüenza sobre sus relaciones familiares se tradujeron en las desconcertantes pinturas de Fischl sobre una familia de nombre imaginario que el llamaba “los Fishers” (muy cercano al suyo). En ellas brotaron historias miserables y perversas, psicosexuales, ambientadas en una vivienda unifamiliar cualquiera de los suburbios burgueses de cualquier ciudad.

Con Sleepwalker (1979) y Bad Boy (1981) descubre los tabúes y la falsedad que encubren la sociedad americana. Asistimos a escenas escabrosas de alto contenido sexual como la de un chico masturbándose en una piscina de terraza o el exhibicionismo de una mujer adulta ante un joven que le roba disimuladamente en el bolso. El pintor golpea en el subconsciente del espectador. Pretende que se sienta incómodo, como un sucio «voyeur», contemplando intimidades ajenas; pretende, en definitiva, que se desasosiegue ante sus cuadros. En otras obras, aparentemente más festivas, se denuncia la vacuidad de la clase media americana de la que procede, con sus ambientes «felices» de suburbio y barbacoa (Barbacoa, 1982).

Desde mediados de los 80 volvió su mirada sobre los clásicos que nunca le enseñaron. Recorrió Europa y visitó sus museos, sacando provechosas lecciones, sobre todo, del Barroco. Desde los noventa tiene un estilo neto e inconfundible que podemos analizar desde el punto de vista temático y técnico.

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