Cine
// 27/02/2020
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EL CONEJO QUE TOMABA DRY MARTINI

por Juan Harpo

El señor Elwood P. Dowd (James Stewart), un cuarentón acomodado, soltero, habitual del trago, y hombre que, tras una noche de farra juvenil, decidió “ser bueno antes que listo”, salía siempre de casa para conversar y frecuentar los bares, en compañía de su amigo: el alegre Harvey. Esta amistad, no gustaba, para nada, a su hermana mayor y a su hija casadera que habitaban en la casa del generoso Mr. Dowd. Consideraban que la relación escandalizaba al vecindario y espantaba a los pretendientes de la niña, en tardía edad de merecer. El rechazo familiar al amigote, radicaba, entre otras razones, en el hecho de que Harvey fuese un conejo. Un conejo de dos metros de altura, invisible, por más señas, cuya presencia solo era advertida por Mr. Dowd, que no reparaba en charlar con el roedor en plena calle, a la hora de presentarlo a extraños y conocidos, en el momento de cederle el paso ante un semáforo en verde, o al atravesar la puerta de una taberna. Mr. Dowd, sentado frente a la barra de cualquier bar, pedía, siempre, dos Dry Martinis: uno para él y otro para Harvey. Para poner punto y final a esta suerte de bochorno, su hermana, un mal día, se decidió a internar a Mr. Down en un psiquiátrico. Y se armó un buen lío; un enredo de mil demonios, plagado de equívocos, altercados y persecuciones sin cuento.

Esta es la historia que le valió a Mary Chase el Pulitzer de arte dramático en 1945, y que Henry Koster, llevó al cine en 1950, con notable éxito. En la España de aquella década, la película se estrenó con el título explicito y rotundo –no estaban los tiempos para sutilezas- de “El invisible Harvey”. Y el niño que fue este cronista, todavía recuerda el pequeño trauma que sufrió con los ojos fijos en la pantalla. Desazón debida al deseo de que Harvey se materializase en los fotogramas, para poder gozar del placer de ver, en pelo y  hueso, a tan extraordinaria criatura. Pero anhelaba, también, que la aparición corpórea del conejo, salvase al buenazo de Mr. Dowd de las garras de los bienintencionados y ciegos loqueros. Durante muchas noches el cronista pensó, agobiado, que la terca invisibilidad de aquel ser mágico, no podía favorecer la existencia futura de Mr. Dowd; en el caso de que los personajes del cine tuviesen un futuro más allá de la sala oscura del patio de butacas.

Hace tan solo unas semanas, después de más de medio siglo, un servidor ha vuelto a encontrarse con Harvey, perdida ya la inocencia, y con mayor capacidad analítica –aunque no excesiva- para tratar de entender las cosas de este mundo, si excluimos las películas de David Linch.

El filme de Koster -un discreto realizador cuya mayor gloria fue dirigir “La túnica sagrada”, la primera película rodada en cinemascope- continúa siendo una obra llena de encanto y con ese halo poético que flotaba en el mejor cine de Frank Capra. “El invisible Harvey” es, por lo tanto, una amable parábola, de corte idealista, a mayor gloria de ese sueño individualista americano que solo puede plasmarse en el cine. La ausencia física del conejo esta plenamente justificada. Porque, hoy en día, Mr. Dowd-James Stewart, es una suerte de Quijote que, en lugar de luchar contra molinos de viento, convertidos en gigantes, intenta evadirse de una realidad insatisfactoria, para vivir en un universo hecho a la medida de sus sueños y pequeños placeres, resumidos en el cultivo indiscriminado de la amistad, al calor de un par de copas. Demasiada evasión -más bien fuga- para una sociedad competitiva, fundada en la productividad del individuo y regida por normas de conducta cada vez más opresivas. Mr. Dowd era, y es, carne de manicomio. Y Harvey, de haber mostrado sus grandes orejas, su coartada, un cómplice, un instigador de transgresiones, que debía ser eliminado, o exhibido en un circo ambulante.  Mejor que permaneciese fundido en blanco.

El cronista lee, en alguna parte, que Steven Spìlberg intenta hacer un “remake” de esta comedia de Koster. Seguro que ya esta diseñando la imagen de Harvey a semejanza de un Chubacka cualquiera… Pero dudo que se atreva a sacarlo con un Martini en la mano, fumándose un Marlboro o intentando tocarle el trasero a una coneja. Para eso ya están los chicos de “Mad Men” con licencia para pecar.

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