Cine
// 19/02/2018
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“El hilo invisible”. Cine de alta costura. De Paul Thomas Anderson
 
Juan Martínez Leal

 
 

Entiendo a los que dicen que el ritmo moroso de la película -como en tono menor- les aburre, como entiendo también su dificultad para identificarse emocionalmente con los personajes, una pareja o un trío de personajes -actores excepcionales- moviéndose distantes en un mundo inaccesible para la inmensa mayoría de los mortales, el de la alta costura de Londres de comienzos de los años cincuenta del pasado siglo.
¿Fría y distante o conmovedora? Tengo amigos en los dos bandos y en ambos los hay que saben saborear el buen cine, como dos bandos hay al parecer también entre los críticos. Admito pues la discusión, pero bajo el supuesto de que toda “obra de arte” es discutible, porque es esencialmente compleja y su recepción, personal y subjetiva. Tomaremos partido, entonces.
La película no es –permítaseme la sutileza- de las que me conmueven (en el sentido de provocar un proceso emocional de identificación hasta las lágrimas) por diversas razones: los personajes pueblan -como digo- un mundo inaccesible, el tono narrativo tan contenido, tan lento, elegante pero distante, aunque acorde con el mundo de apariencias y convencionalismos de la alta sociedad de la época, no hace concesiones al espectador. Las pasiones apenas se expresan más que a través de silencios, miradas, gestos y elocuentes elipsis, en las que ni siquiera el sexo cabe, sin atisbar siquiera lo que sucede tras la puerta del dormitorio de los amantes, la pareja formada por el famoso -y ficticio- modisto Reynolds Woodkock y su amante Alma.
El director P.T. Anderson ha creado, sin embargo, una obra turbadora, fascinante, no sólo por el esplendor visual, sino porque explora “las entretelas” de la pasión amorosa, hasta sus pliegues más oscuros e irracionales, algo que ya había sido tema recurrente en su filmografía. Nadie puede dudar de su exquisitez formal, toda ella una deslumbrante sucesión de planos, encuadres y secuencias de interiores, pero ¡qué interiores!: fundamentalmente (pero no sólo) la casa-atelier-palacete dedicado a la costura, las pruebas y los desfiles de las modelos para las damas de la alta sociedad británica o internacional.
Pero es turbadora y valiente, sobre todo, por la mirada que nos propone Anderson sobre un tema tan manido, universal y eterno como el amor, la comunicación-confrontación con el otro, la mezcla de dominio y sumisión tan consustancial o recurrente en la relación amorosa. Aquí es donde la película alcanza grados de tensión, complejidad y hondura difíciles incluso de expresar con palabras, que el director consigue con un manejo virtuoso de la cámara (y la complicidad de unos inconmensurables Daniel Day-Lewis y la para mi hasta ahora desconocida Vicky Krieps), capaz de captar todos los matices de lo que no se dice pero se trasluce, especialmente en algunos de los momentos culminantes del desenlace del drama, que no podemos desvelar.
El protagonista es un modisto en la edad madura, artista creador clásico consagrado en cuerpo y alma a vestir a las damas de la alta sociedad británica y europea. Vive prácticamente enclaustrado en su palacio-atelier, ajeno incluso al devenir de la moda (la denominación chic le parece absolutamente abominable). Necesita una rutina creativa, un orden sin estridencias ni interferencias. Vive absolutamente rodeado y acolchado en un universo femenino, el de las mujeres que trabajan en su taller y de su hermana (una espléndida Leslie Manville) que lo cuida, lo mima, atendiendo las cuestiones prácticas y engorrosas para que el hermano-artista cree sus vestidos-esculturas que puedan lucir sus selectas clientas en los momentos decisivos de su vida (presentación en sociedad, boda, grandes recepciones, etc); mujeres para las que el vestido se convierte casi en una cuestión ontológica, un ser o no ser (impresionante la escena en la que una dama madura rompe a llorar en una prueba, al darse cuenta de que la belleza del vestido, en realidad, no puede ocultar su fealdad y gordura, su decadencia en suma), y tarea en la que el modisto tiene que concentrar todas sus energías, su tiempo, al que todo lo subordina hasta el agotamiento.
Sobre este escenario, el “hilo visible” argumental central se desencadena tras la aparición en su vida de una muchacha, Alma, de la que -una variante del mito de Pigmalión- queda prendado al instante e inmediatamente pasa, de ser una camarera muy alejada de su mundo social, a convertirse en su musa, modelo, ayudante y amante, en otra de las varias elipsis: en la primera cita -nunca la desnudez- toma meticulosamente sus medidas y habla por primera vez del amor hacia su madre perdida, a la que a los 17 años le confeccionó el vestido de novia para su segundo matrimonio.
Lo más interesante de esta obra cinematográfica sería, a nuestro juicio, ese triple “hilo invisible” (phantom en el título original inglés) que une al hombre-artista, con su madre muerta pero gravitando permanentemente sobre su vida de manera torturante y edípica, con su hermana-asistente, necesaria para preservar su rutina creativa, su torre de marfil, y con Alma, la mujer a la que ama, pero que introduce “ruido y furia” en su vida, aunque sólo sea el leve crujir del pan al untar la mantequilla en el desayuno. Como hombre artista atormentado y poderoso, uno de los diseñadores más famosos de Europa, es fuerte, seguro, dominante, absorbente y exigente en relación a sus mujeres, pero como hombre-ser real en el mundo, fuera del escenario teatral de la alta costura, es un ser frágil, atormentado, débil, supuestamente tierno y necesitado de amor y de cuidados; en definitiva, abocado al temible dilema del rechazo o la sumisión y aceptación de la mujer-madre-cuidadora-amante, también dispuesta a arriesgarlo y sacrificarlo todo por amor. Alma, joven y vitalista, quiere ocupar su espacio en el universo femenino que rodea al creador admirado, y, sobre todo, poseerlo a su manera, ser necesitada e indispensable para el objeto amoroso en competencia con el resto, en especial, la madre muerta y la hermana-nodriza. En una compleja, malévola y perversa dinámica de amor-odio, plagada de metáforas, la única manera que encuentra Alma, en su pasión irrefrenable de poseer y someter al amante, es reducirle a los estados de debilidad, fragilidad, incluso de enfermedad ¡ah la escena antológica de la tortilla) en las que por fin se entrega. Ella a cambio, dice en otro momento del film: “le entrega todo su ser”.
En definitiva, la película es en el fondo una potente reflexión existencial acerca de la orfandad del hombre, del varón, y de su radical dependencia de la mujer-madre-amante-esposa, envuelta en un deslumbrante lenguaje visual. Una lección de cine de alta costura, de pliegues profundos y misteriosas entretelas.

Juan Martínez Leal
Historiador
 
 


 
 

 
 

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