Dos semanas en otra ciudad, Vincente Minnelli. Crítica de Luis M. Álvarez.

Cine
// 07/03/2016
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Dos semanas en otra ciudad

Por Luis M. Álvarez. Si en la actualidad son siempre noticia por estas fechas las listas de las películas favoritas del año de directores como Quentin Tarantino o Nacho Vigalondo, con toda seguridad en 1963 podría haber sido su equivalente el siempre polémico y controvertido Jean-Luc Godard, quien proclamaba entre sus diez películas favoritas de ese año una que estaba dirigida por Vincente Minnelli: Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962). Sin ser exactamente una secuela de Cautivos del mal (The bad and the beautiful, 1952), ambos títulos están claramente conectados, siendo la una fiel reflejo del Hollywood de la era dorada del star system y la otra consecuencia directa de la desaparición de esa misma época. Revisar una nos llevaría a inevitablemente a la otra por lo que ambas comparten, prácticamente, las mismas razones para (volver a) verlas.
 

El surrealismo del cine dentro del cine

Antes de convertirse en director de cine, Vincente Minnelli no sólo pasa por todos los departamentos de una producción cinematográfica, sino que anteriormente había recorrido ese mismo camino cuando da sus primeros pasos en el teatro. Este periplo le proporciona un profundo conocimiento de todos los procesos que intervienen en la realización de una película, permitiéndole entender ese complejo entramado emocional que relaciona a todos y cada uno de los artistas y profesionales que contribuyen al resultado final: la película.
Rodada en el punto más álgido de su carrera inmediatamente después de Un americano en París (An American in Paris, 1951), ganadora del Oscar a la mejor película, si en Cautivos del mal reivindica que un productor es tan responsable de una película como su guionista, su director o su protagonista Minnelli se adelantaba a la teoría de autor propuesta posteriormente por François Truffaut, en Dos semanas en otra ciudad parece señalar que todos y cada uno de los factores que intervienen en la producción de una película son determinantes, incluso aunque vengan de situaciones ajenas a la película, como una crisis nerviosa de cualquiera de los miembros del equipo, la influencia de la esposa del director o la amante del protagonista. Perfecta evolución y consecuencia una de la otra, Minnelli no duda en relacionar ambos títulos a través de su protagonista, Kirk Douglas, que interpreta al productor sin escrúpulos de la primera, Jonathan Shields, así como al sensible actor de la segunda, Jack Andrus, y que además, dentro de la ficción de la película y en un ejercicio doblemente metacinematográfico, pretende ser el actor que había interpretado a Shields, pretendiendo el director de la película que ruedan en Italia quien habría dirigido la anterior.
Siendo habituales las secuencias oníricas en el cine de Minnelli, así como él mismo un confeso admirador del surrealismo recordemos que incluso llega a contar con la colaboración de Salvador Dalí en El padre de la novia (Father of the bride, 1950), casi podemos tildar de surrealista la idea de citar una película dentro de la otra, abriendo las puertas a las dobles interpretaciones puesto que muchos de los técnicos colaboradores son los mismos en ambas producciones. De hecho, quizás no sea una casualidad que Cautivos del mal fuera su primera película tras el divorcio de su primera esposa, Judy Garland, así como Dos semanas en otra ciudad coincide con otro punto emocionalmente sensible, como era el inicio de su tercer matrimonio. Enlazadas de esta manera, ambas películas conforman una extraordinaria espiral que aporta una mirada sobre Hollywood tan profunda y romántica como cruel y perversa, que siempre merece una nueva revisión.
 

El productor que se convierte en actor

Muchos indicios señalan a John Houseman, productor de Cautivos del mal y Dos semanas en otra ciudad, como un perfecto candidato de alter ego de los protagonistas de ambas películas. Fundador junto a Orson Welles del famoso Mercury Theatre Players, antes de hacer sus propias aportaciones al guión de Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941), Houseman produce la que realmente sería la primera película como director de Welles, Too much Johnson (1983), una delicia surrealista que creíamos perdida hasta hace un par de años. Tras producir títulos como La dalia azul (The blue Dahlia, George Marshall, 1946), Carta de una desconocida (Letter from an unknown woman, Max Oph¸ls, 1948) o Los amantes de la noche (They live by night, Nicholas Ray, 1948), inicia su colaboración profesional con Minnelli a través de Cautivos del mal, a la que siguen The cobweb (1955) y El loco del pelo rojo (Lust for life, 1956), y que concluye, precisamente, con Dos semanas en otra ciudad.
Igual que Shields, Houseman trata de demostrar sus habilidades como director en una breve pieza para televisión, Sorry, wrong number (Frances Buss & John Houseman, 1946), que no debe resultar una experiencia demasiado estimulante puesto que desde entonces se ajusta a las labores de productor… hasta que decide dar el salto delante de la cámara, realizando el periplo inverso al de Andrus, para convertirse en uno de esos indispensables actores de reparto que llega incluso a hacerse con un Oscar al mejor actor de reparto por su interpretación en Vida de un estudiante (The paper chase, James Bridges, 1973). Con el tiempo se convertir en mentor de actores al fundar la división dramática de la Julliand School, contando entre sus más ilustres alumnos con figuras tan destacadas como las de Kevin Kline, Patti LuPone, Christopher Reeve o Robin Williams, una característica que le identifica plenamente con Andrus. Las similitudes entre productor y personajes no quedan ahí porque Houseman parece colocarse en el reverso de Shields y Andrus cuando se mencionaba a Orson Welles, quien le despierta una fuerte animadversión, no dejando nunca la oportunidad de atacarle y mofarse de él. La leyenda dice que él es la fuente principal de la que parte Pauline Kael para su ensayo Raising Kane, siendo falsas la mayor parte de las afirmaciones que dispersa. Sólo en su lecho de muerte, y coincidiendo con el 50 aniversario de la emisión radiofónica de La guerra de los mundos, afirma que conocer a Welles ha sido el acontecimiento más importante de su vida, uniéndose de nuevo el espíritu de las dos películas de las que hablamos.
 

Rojos (y renegados) que acaban en Europa

Otra de las similitudes entre la mayoría de los integrantes del equipo artístico que da lugar a Dos semanas en otras ciudad es su ascendencia europea. Si bien Minnelli es hijo de franceses canadienses que descienden de sicilianos de ahí su apellido, Houseman es de origen rumano, nacionalizándose primero británico y después estadounidense. Vínculos similares tiene el autor de la novela que da pie a la película, Irwin Shaw, de ascendencia rusa, salvo que hace el camino en sentido de inverso al nacer en Nueva York y verse obligado a emigrar a Europa por problemas ideológicos, además de seguir sus propio principios.
Su relación con el cine se inicia a través del guion de The big game (George Nichols Jr. & Edward Killy, 1936), siendo igualmente guionista de títulos como El asunto del día (The talk of the town, George Stevens, 1942), Ataque al amanecer (Commandos strike at dawn, John Farrow, 1942) o No quiero decirte adiós (I want you, Mark Robson, 1951), desarrolla de manera simultánea su faceta como dramaturgo y novelista. En ese mismo período, obras de teatro suyas como The gentle people, novelas como Night call y alguno de sus relatos son adaptados al cine a través de películas como Out of the fog (Anatole Litvak, 1941), Un paso en falso (Take one false step, Chester Erskine, 1949) o Vida fácil (Easy living, Jacques Tourner, 1949), respectivamente. En 1951 publica su segunda novela, Veneno en las ondas (The troubled air), en la que alumbra y advierte sobre el ascenso del macarthismo, un atrevimiento que sumado al radical y revolucionario acto de firmar una petición para que la Corte Suprema de los Estados Unidos revise los casos de colegas como John Howard y Dalton Trumbo, incluidos en la lista negra, le llevan a él mismo a ser acusado de comunista e incluido en esa misma lista negra junto a otros 150 profesionales de la cultura americana. Ese mismo año se exilia en Europa, donde continúa desarrollando, sin ningún problema, sus diversas facetas de novelista y guionista.
Entre sus obras literarias más recordadas destacan El baile de los malditos (The young lions, 1949), la que había sido su primera novela, llevada al cine en 1958 por otro peligroso comunista como Edward Dymytryk, y Hombre rico, hombre pobre (Rich man, poor man, 1970), convertida posteriormente en una popular miniserie para la pequeña pantalla. De esta manera, si Minnelli aporta el profundo conocimiento de cine y Houseman funciona como perfecto alter ego del protagonista de ambas películas, el escritor consigue transmitir a la perfección la sensación de inestabilidad emocional de quienes se ven obligados a abandonar su lugar de residencia para empezar de nuevo en otra ciudad, tal y como sucede a los que vivieron en sus carnes las duras consecuencias de la caza de brujas del senador McCarthy.
 

El abogado que se hizo guionista

Es posible que Minelli, Houseman y Shaw aporten sus respectivas experiencias a Dos semanas en otra ciudad, pero también es bastante probable que su continuidad con respecto a Cautivos del mal provenga de Charles Schnee, guionista de ambos títulos, que consigue un Oscar por su labor en esta última. Y quizás fuera realmente necesaria la aportación de un auténtico abogado profesión de Schnee antes de convertirse en guionista para defender tal cantidad de cinismo como la que se desprende de ambas obras. Y menos mal que hablamos de un guionista que se maneja a la perfección con inadaptados en ambientes inestables, tal y como reflejan títulos como Los amantes de la noche (The live by night, Nicholas Ray, 1948) producida por Hosemanó, Río rojo (Red river, Howard Hawks & Arthur Rosson, 1948), Vida fácil (Easy living, Jacques Tourner, 1949) adaptación de un relato de Shawó, Amargo desquite (Paid in full, William Dieterle, 1950), Las furias (The furies, Anthony Mann, 1950), Caravana de mujeres (Westward the women, William A. Wellman, 1951), Una mujer marcada (BUtterflield 8, Daniel Mann, 1960) o Brotes de pasión (By love possesed, John sturges, 1961), entre otras. Este largo periplo le permite madurar hasta conseguir el mayor acierto de su carrera con Cautivos del mal, que sabe llevar todavía más lejos en Dos semanas en otra ciudad. Y no debió tenerlo nada fácil si tenemos en cuenta que su esposa se suicida cuando acaba de terminar el primer borrador del guion.
 

Un actor con personalidad de productor

Es posible que todo este entramado emocional entre ambas películas hubiera pasado desapercibido si no tuviera un claro nexo que las vincula directamente: Kirk Douglas. No deja de ser curioso que un lustro después de interpretar a un productor de cine, se convierta en uno él mismo a través de un título tan emblemático como Senderos de gloria (Paths of glory, Stanley Kubrick, 1957), que también protagoniza. Aunque todavía es mucho más significativo que fuera el verdadero impulsor de una película como Espartaco (Spartacus, Stanley Kubrick, 1960), cuyo guionista no es otro que Dalton Trumbo, el mismo por el que partiera su lanza Irwin Shaw. Tras años de firmar sus textos con seudónimo, incluso de ganar un Oscar que nadie sube a recoger, Douglas personalmente se encarga de que el nombre del guionista aparezca bien visible en la pantalla, desafiando al macarthismo y marcando el inicio del final de esa polÌtica del terror que atemorizó a guionistas, directores y productores de cine en uno de los más lamentables episodios de la historia estadounidense. No deja de ser irónico que en la tierra de la libertad se persiguiera a las personas por sus pensamientos, por su ideología, que no por sus obras, por sus actos.
Sólo dos años después de Espartaco, Douglas protagoniza Dos años en otra ciudad, marcando también el final de su relación profesional con Minnelli, tras Cautivos del mal y El loco del pelo rojo (Lust for life, 1956), por las que recibiría sendas nominaciones al Oscar al mejor actor protagonista. La estatuilla se le resiste, por lo que Hollywood le recompensa con un Oscar honorífico en 1996. Tampoco es la única vez que se pone en los zapatos de personajes creados por Irwin Shaw, dado que también es el protagonista de Acto de amor (Un act d’amour, Anatole Litvak, 1953), una obra trágicamente conmovedora, así como de Ulises (Ulisse, Mario Camerini, 1954).
 

Los puntales del relato

El hecho de que siete actores y actrices hayan conseguido su nominación a un premio Oscar por interpretaciones en películas de Vincente Minnelli dos de ellos, Gloria Gaham y Anthony Quinn, se llevarían el premio a casa, es una prueba de la validez del cineasta como director de actores, que así mismo explica por qué están siempre dispuesto a repetir con él. Y esta es, precisamente, una de las mejores razones para (volver a) ver Dos semanas en otra ciudad, que nos permite comprobar la fuerza de las interpretaciones de los principales miembros del reparto, que permanecen igual de frescas y espontáneas con el paso de los años.
No deja de ser curioso que no fuera Edward G. Robinson la primera opción para interpretar a Maurice Kruger, sino Spencer Tracy, que había trabajado con Minnelli en El padre es abuelo (Father of the bride, 1950) y su secuela, pero que declina la propuesta por considerar demasiado bajo su salario. No es que no me guste Tracy, tiene una gran personalidad, pero ese es precisamente su talón de Aquiles, que suele mostrarse más a sí mismo que permitir que asome el personaje. Al contrario, Robinson sí me parece un actor con mayor capacidad de alejarse de sí mismo, llegando a mostrar aspectos negativos y hasta desagradables de su personaje, que asume de una manera muy natural. Quizás su caso es una de las excepciones del reparto, puesto que esta es su única colaboración con Minnelli, llegando a la película como propuesta de Metro-Goldwyn-Mayer. Lo mismo sucede con Claire Trevor, su esposa en la ficción, que llega debido a la buena química que había mostrado con Robinson en Cayo Largo (Key largo, John Huston, 1948) y desbancando de esta manera a la primera opción, Jo Van Fleet. Tampoco reincide posteriormente con Milleni.
Quienes sí son reincidentes, aparte del propio Douglas son Cyd Charisse y George Hamilton. Tras participar en Zigfield Follies (1945), Melodías de Broadway (The band wagon, 1953) y Brigadoon (1954), Charisse interpreta a Carlotta, una oportunista capaz de sacar lo peor de Jack Andrus en su momento más débil. A pesar de que no tiene demasiado espacio para desarrollar su personaje, la actriz convence con su interpretación de una femme fatale de (pretendida) clase alta con sus sugerentes miradas. En el extremo opuesto se encuentra David Drew, el inseguro actor principiante interpretado por Hamilton, egocéntrico y caprichoso, encuentra en Andrus a un perfecto mentor que consigue sacar lo mejor de sí mismo, encauzándolo por el buen camino después de haberle deseado lo peor tras quitarle a su novia. Esta es su segunda colaboración con Minnelli tras participar en Con él llegó el escándalo (Home from the hill, 1960).
Aunque quizás una de las mayores sorpresas de la película es el extraordinario descubrimiento de Daliah Lavi, actriz de origen palestino que ya había trabajado en algunas películas europeas antes de interpretar a Veronica, la cautivadora joven denostada por Drew, pero en la que Andrus encuentra una perfecta excusa para dejar atrás sus conflictos emocionales. Al menos mientras no surgen nuevos conflictos.
 

El cinemascope como seña de identidad y la banda sonora como vínculo emocional

Vincente Minnelli es uno de los pocos cineastas que abraza sin condiciones un formato como el Cinemascope desde el mismo momento en que surge. Pero al contrario que Eliza Kazan, que enseguida consigue aprovechar las posibilidades expresivas de los 70 milímetros, en algunas de sus películas los personajes parecen perdidos en la inmensidad del formato. Algo que no sucede en Dos semanas en otra ciudad, con toda probabilidad por acción directa de su director de fotografía, Milton R. Krasner. Ganador de un Oscar por la fotografía de Creemos en el amor (Three coins in the fountain, Jean Negulesco, 1954), primero que se otorga a una película en Cinemascope, no es la primera vez que Krasner y Minelli desarrollan un relato en este formato, sino que se trata de su tercera colaboración después de Con él llegó el escándalo (House from the hill, 1960) y Los cuatro jinetes del apocalipsis (The four horsemen of the apocalypse, 1962). Es posible que en sus dos primeras colaboraciones no consiga sacar el máximo partido de las posibilidades del formato, pareciendo en algunos casos que los personajes se mueven más en un escenario que en un set de rodaje, pero alcanza la plenitud expresiva en Dos semanas en otra ciudad. Quizás el hecho de rodar en espacios naturales contribuya a una disposición más natural de los personajes, quizás sean las dificultades añadidas a un rodaje en Roma, pero luz y personajes consiguen aquí armonía perfecta dentro del encuadre, que anteriormente se le había escapado a Minnelli. Fotógrafo y cineasta volverían a colaborar juntos en El noviazgo del padre de Eddie (The courtship of Eddie’s father, 1963) y en Castillos en la arena (The sandpiper, 1965).
Otro elemento que contribuye a la vinculación directa de Cautivos del mal y Dos semanas en otra ciudad, dotando a las dos películas de continuidad emocional, es la labor del compositor David Raksin. Discípulo de Arnold Shoenberg, hace de un jazz lírico su principal seña de identidad, consiguiendo hitos en su carrera como el tema principal de Laura (Otto Preminger, 1944). Si bien estas son sus dos únicas colaboraciones con Vincente Minnelli, no deja de ser significativo el título de su autobiografía, The bad and the beautiful: My life in a golden age of film music, aludiendo a la que sería una de sus bandas sonoras más populares. Curiosamente, en ambas películas se escucha un mismo tema musical, Don’t blame me, compuesto por Jimmy McHugh, con letra de Dorothy Fields, e interpretado en la primera por Peggy King y en la segunda por Leslie Uggams. Un vínculo que acentúa nuevamente la espiral que lleva de la una a la otra en planos diferentes que nos permiten profundizar en el apasionante tema del cine dentro del cine, aunque no sepamos si esta coincidencia viene por parte de Raksin o por elección personal de Minnelli.
 

Roma y Fellini

Es posible que la localización del relato viniera dado desde la novela de Irwin Shaw, pero también es posible que naciera ahí el interés de Minnelli por el proyecto. Porque la ciudad eterna es el escenario por el que se mueven los personajes creados por Federico Fellini para La dolce vita (1960). Así es como Roma se convierte en uno más de los personajes de la película, reflejando los complicados caminos por los que nos arrastran las emociones. No creo equivocarme si afirmo que el plató en el que se reencuentran Andrus y Kruger debe ser el mismo en el que Fellini rodara la mayoría de sus películas. De hecho, no nos costaría demasiado reconocer los guiños a la película de Fellini en las decadentes fiestas en las que Andrus se pierde en sus peores momentos.
 

Hollywood y Stroheim

Si directo es el homenaje a Fellini, indirecto es el que Vincente Minnelli realiza al que fuera uno de los grandes cineastas del cine mudo: Erich von Stroheim. Como Minnelli, también Stroheim había pasado por muchos departamentos antes de sentarse en la silla del director y como el protagonista de Dos semanas en otra ciudad, también comienza como actor, para saltar enseguida al otro lado de la cámara. Su periplo en el cine fue muy intenso, sin embargo, se encuentra con muchos escollos en el camino, aunque ninguno como el que supuso el destructor Irving Thalberg. La alusión además resulta de lo más oportuna puesto que fue en el seno de Metro Goldwyn Mayer donde director y productor tuvieran su colisión definitiva a propósito del rodaje de La reina Kelly (Queen Kelly, 1929), una obra maestra, tristemente mutilada por acción directa de Thalberg, que fulmina la moral del cineasta, quien nunca más vuelve a ponerse al frente de un rodaje. La cita se produce a través de Erich von Stroheim Jr. hijo real del cineasta, que se cruza con Andrus y le dedica unas breves palabras, siendo el cruce en sí mismo otra auténtica espiral dentro de la película si tenemos en cuenta que, aunque en otro lugar de su rostro, Andrus luce una cicatriz muy similar a la que tenía Stroheim.
Esta referencia al que fuera uno de los principales cineastas del cine mudo reincide en la idea de la espiral, puesto que lo que Minnelli cuenta en sus dos películas es perfectamente aplicable a los tiempos pretéritos como con toda probabilidad a cualquier película realizada hoy en día. Sin ir más lejos, el propio Minnelli tuvo que enfrentarse a los productores de su película, siempre en constante oposición a sus decisiones, que llegarían también a intervenir en el montaje final de la película, lo que no mermó en absoluto la fuerza de su mensaje. Un mensaje que permanece intacto cinco décadas después del estreno de la película, razón en sí misma más que suficiente para (volver a) ver Dos semanas en otra ciudad y constatar que seguimos Cautivos del mal.
 
 
Luis M. Alvarez Ignatius

Luis M. Álvarez
Analista cinematográfico
 
 
 


 


Año: 1962. Duración: 107 min. País: Estados Unidos. Director/a: Vincente Minnelli. Guión: Charles Schnee (Novela: Irwin Shaw). Música: David Raksin. Fotografía: Milton Krasner. Reparto: Kirk Douglas, Edward G. Robinson, Cyd Charisse, Daliah Lavi, George Hamilton, Claire Trevor, Rosanna Schiaffino, George Macready, James Gregory. Productora: Metro-Goldwyn-Mayer. Género: Drama | Melodrama. Cine dentro del cine.


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