Destellos de Audrey, Donen y Avedon en Funny Face.

Cine
// 10/03/2016
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Destellos de Audrey, Donen y Avedon en Funny Face

 

Por Juan de Mata Moncho Aguirre. Ahora los acontecimientos cinematográficos parecen contarse por centenarios tal como ha quedado registrado en la balanza del año 2015 en el que el mayor peso mediático ha recaído en el recuerdo de Ingrid Bergman y Orson Welles que hoy, de no haber fallecido en 1982 y 1985, respectivamente, cumplirían cien años. El recuerdo de aquellas dos figuras irrepetibles sólo ha servido para una obligada rememoración televisiva, en el caso de la actriz sueca cuya carrera quedó sellada con dos Oscar y una estupenda autobiografía (Mi vida, editada por Planeta en 1982), y en el caso del genial autor de Ciudadano Kane y Sed de mal, de una amplia colección de ensayos sobre su vida y sobre las obras que dejó inacabadas.
Pero tales nombres como tantos otros que ya son Historia del Cine, apenas aparecen en los medios audiovisuales aunque no dejen de emitirse algunos de sus films emblemáticos. Y no deja de ser curioso el modo en que el cine se acuerda de sus mitos del siglo XX como es la filmación de algún biopic cada cierto tiempo, con estrellas de hoy que difícilmente pueden atraernos sin conseguir siquiera un acercamiento al personaje original, tal como denotaba la floja biografía sobre Grace Kelly (Grace, Olivier Dahan, 2014), aunque la protagonizase Nicole Kidman. El reciente Life (Anton Corbijn, 2015), reconstrucción de la época en que James Dean pasó a ser leyenda cuando el fotógrafo Dennis Stock publicó su impactante reportaje en aquella revista, ha asomado por las carteleras comerciales sin pena ni gloria, lo que testimonia el desconocimiento actual de aquellos ídolos cuyas icónicas siluetas adornaban o iluminaban hasta hace poco tiempo tantos centros de ocio.
Una excepción del olvido en que han caído las estrellas de la época dorada de Hollywood lo constituye Audrey Hepburn, icono de la postmodernidad a través del continuo revival de algunos de sus modelos fetiche de películas como Sabrina, Funny Face, o Desayuno con diamantes, cuyos originales aún se cotizan en las millonarias subastas, o bien se obtienen copias manufacturadas en cadenas de ropa juvenil. La foto de la actriz asociada con los diamantes de Tiffany´s es otra simbólica imagen que también se utiliza como reclamo de alta joyería, por lo que no es casual que la Hepburn siga siendo adorada en nuestra época. Si su estilizada figura le sirvió para abrirse paso en el cine de los años 50 en oposición a innumerables vamps de sinuosas líneas, hoy aquel físico andrógino y su seductora fotogenia tampoco desentonan del canon actual de belleza. El secreto de aquella nueva estrella, lanzada mundialmente en Vacaciones en Roma (1953) y convertida en la más deliciosa versión moderna de Cenicienta con Sabrina (1954), está en lo que decía su director, Billy Wilder –artífice de aquella magistral comedia y de Ariane (1957)–, refiriéndose al contraste que ofrecía Audrey Hepburn con el glamouroso star-system de aquella década: “Después de tantas camareras metidas a actrices, aquí se ve claramente alguien con estudios que puede vocalizar y probablemente tocar el piano… Es ligera y delgada, pero al mirarla, se siente su presencia. Con la posible excepción de Ingrid Bergman, no ha habido nadie igual desde Greta Garbo”. Por no hablar del amplísimo vestuario diseñado en exclusiva por el célebre modisto Givenchy, resaltando el personal chic que se ha convertido en su más genuino distintivo. Y otra peculiaridad no menos resaltable es la nómina de directores bajo los que trabajó, por lo que en su filmografía esencial con apenas veinte títulos (entre 1953 y 1989), abundan diversos maestros. Además de William Wyler –que la dirigió en tres ocasiones–, Billy Wilder, en dos, y Stanley Donen, en tres, la lista se amplía con nombres como King Vidor, John Huston, Fred Zinnemann, Blake Edwards, Richard Quine, George Cukor, para finalizar con Peter Bogdanovich y Steven Spielberg. Con ellos la grácil figura de Audrey apareció asociada lo mismo a brillantes comedias sofisticadas (Desayuno con diamantes, Funny Face, Dos en la carretera, Todos rieron), como a vibrantes dramas (Guerra y Paz, Historia de una monja, Robin y Marian), y al musical My fair lady con el que llegó a culminar la cima artística. Otra razón más para no pasar de moda pues las reposiciones televisivas y las reediciones audiovisuales de cada uno de esos títulos que ganan con el tiempo han puesto de relieve su ductilidad interpretativa, la sutil desenvoltura con que cruzaba la pantalla, y su magnetismo y el don especial con el que tan bien se compenetraba con sus partners, ya fuesen de la misma generación –Gregory Peck, George Peppard, William Holden, Sean Conney– o algo más maduros, tales como Bogart, Astaire, Cooper y Cary Grant.
Pero no se puede hablar del estilo de la Hepburn sin detenerse en una película que, de haber sido tratada con displicencia por la crítica española en su momento, ahora resulta una obra de culto. Me refiero a Una cara con ángel (Funny Face), un insólito musical rodado en 1956 por la Paramount en color y en Vistavision, el cual, como lo ha definido Fernando Colomo –director español al que siempre le ha atraído la comedia–, “hoy resulta todavía una película moderna, de estilo, de narrativa, de factura…” Con aquel film, Stanley Donen, tras su faceta en la M.G.M. de gran director de inspiradas comedias (Un día en Nueva York, 1949, Cantando bajo la lluvia, 1952, y Siete novias para siete hermanos, 1954), decía adiós al musical, reencontrándose por última vez con Fred Astaire quien personificaba a un fotógrafo de modas que transformaba a una joven librera de Greenwich Village (A. Hepburn) en sofisticada maniquí para viajar ambos a París y presentar la última colección de una famosa revista de alta costura.
El argumento reactualizaba una vieja comedia musical de George e Ira Gershwin con la que se presentó Fred Astaire en el Broadway de 1927 cuando aquél formaba pareja con su hermana Adele. El guión escrito por Leonard Gershe tomaba, además, otros elementos de su propia comedia, Wedding Day, con música de Roger Edens. En conjunto, la trama se inspiraba en la vida del famoso fotógrafo de modas, Richard Avedon, y no dejaba de ser una variante en versión musical del eterno tema de Pygmalion, tan vinculado a la estrella cuya transformación en la película de seria librera a elegante modelo le permitía lucir deliciosas creaciones originales de Givenchy y cantar y bailar junto al maestro Astaire. Éste había sido el impulsor de la operación porque, como declaraba “era la última y única oportunidad de trabajar con la gran y adorable Audrey, y no pienso perderla”.
En la película de Donen, el gran experto en musicales, con el fondo maravilloso de París, Audrey supuso la pareja ideal para un artista que encarnaba la contrafigura del célebre fotógrafo de modas, de “Harper´s Bazaar” y de “Vogue”, Richard Avedon, quien precisamente figuraba en calidad de asesor visual del film pues a él se debe el estilo de fotografía, que por obra y gracia suya era su mayor atractivo, por determinar su desarrollo argumental e, incluso, la actuación de los intérpretes y sus movimientos en la puesta en escena. Recordemos a este respecto las secuencias iniciales en las que el personaje de Dick Avery (el otro Avedon encarnado por Astaire) aparecía buscando y encontrando en una vieja librería de Greenwich Village al prototipo de las maniquíes americanas por encargo de una de las publicaciones femeninas más importantes de Nueva York, el “Quality Magazine”. El contraste entre los ambientes intelectuales de la inexperta librera y los superficiales del magazine lo hallamos perfectamente definido en aquellas secuencias de interiores completamente deshumanizados que componen la redacción de la revista de modas, la iluminación de esos fríos pasillos y el tratamiento de la luz en las escenas del laboratorio donde el fotógrafo tras el negativo descubre asombrado la prometedora fotogenia de la joven.
Conviene recordar que las fotografías de moda y los retratos de Richard Avedon (1923-2004) habían ayudado a definir en Estados Unidos los rostros de personajes de la envergadura de Truman Capote, Henry Miller, Humphrey Bogart o Marilyn Monroe, entre otros muchos. Estando aquél cursando estudios de fotografía en la New School lo descubrió el director de “Harper´s Bazaar”, entonces la revista de moda por excelencia, después de la II Guerra Mundial. En 1946, Avedon abrió su propio estudio y se dedicó a vender imágenes para los grandes magazines de la época, como “Vogue” y “Life”, hasta que Harper´s lo contrató en exclusiva como director de fotografía. Trabajó con Capote para documentar los personajes más influyentes del siglo XX, con retratos de Buster Keaton, Mae West, Picasso, Chaplin o Frank Lloyd Wright. Sus fotografías de moda de los años 50 aparecieron en el libro Una autobiografía (1993), retrospectiva del fotógrafo. Su método era sencillo pero efectivo, consistente en derrotar anímicamente al fotografiado, a través de largas y cansadas sesiones de hasta cuatro horas. Así el indefenso modelo, lejos de la pose fingida era capaz de mostrarse tal cual era.
El método Avedon lo hallamos reflejado en Funny Face en la descripción de las duras sesiones fotográficas a las que Astaire ha de someter a su modelo en esas poses callejeras para que cada vestido que luce se adapte a un lugar pintoresco de París haciendo juego con el estado anímico de la mujer que vaya a vestirlos. El sello de Avedon lo ilustra una de las secuencias más representativas del film: la utilización habilísima del París monumental conjugando cada pose de los modelos con relación al lugar elegido –la Gare du Nord, Montmartre, Versalles, el Arco de Triunfo, Les Halles,etc.– y el tipo de vestido adecuado. Sus imágenes constituyen la mejor prueba del grado de sofisticación que podía alcanzar la actriz en cada personaje con naturalidad y que aquí culmina con el descenso vertiginoso por la escalinata del Louvre, rodado en una sola toma y en el que Audrey Hepburn ha quedado inmortalizada, vestida de rojo ante la estatua de la Victoria de Samotracia.
Una subtrama de la película que ligaba a la protagonista con los ambientes de vanguardia –la intelectual dependienta había accedido a viajar a París con el único fin de conocer al filósofo enfaticalista del que era apasionada seguidora–, daba pie a Donen para mostrar su concepción de la danza creando esa extraordinaria atmósfera del número “Metabolismo Básico” donde Audrey se destapa como bailarina en un moderno club existencialista.
En suma, la fotografía, la iluminación, el baile y el vestuario, son los aspectos que llegaron a hacer de Funny Face una cinta brillante y cautivadora aunque no fuese apreciada en el momento de su estreno español en 1962 por la crítica especializada. Sin embargo, hoy quedan más a la vista los rasgos innovadores que supo infundirle Avedon. Y para concluir, hay que dejar la última palabra a una experta del universo estético que recrea el film, la diseñadora de vestuario para el cine, Yvonne Blake, Oscar por su trabajo en la superproducción Nicolas y Alejandra (1971), y a quien se deben los estilizados bocetos y trajes medievales que lucían Audrey Hepburn y Sean Connery en Robin y Marian (1975). Cuando se rodaba en España aquel film de Lester, ella confesaba que lo que decidió su vocación profesional era haber visto hacía algunos años lo maravillosamente vestida que aparecía la Hepburn en Una cara con ángel, a través de su modisto Givenchy.

Juan de Mata Moncho Aguirre
Profesor universitario, Doctor en Filología Hispánica.
Escritor y crítico cinematográfico.
 
 
 


 


Año: 1957. Duración: 137 min. País: Estados Unidos. Director/a: Stanley Donen. Guión: Leonard Gershe. Música: George Gershwin, Adolph Deutsch, Roger Edens. Fotografía: Ray June. Reparto: Audrey Hepburn, Fred Astaire, Kay Thompson, Michel Auclair, Robert Flemyng, Dovima, Suzy Parker, Sunny Hartnett, Jean Del Val, Virginia Gibson, Sue England, Ruta Lee, Alex Gerry. Productora: Paramount Pictures. Género: Musical. Comedia. Romance | Comedia romántica. Moda.