Bruno Francés
// 15/01/2018
El hombre que se enamoró de la luna, pepe calvo, bruno francés,

 
 
 

El hombre que se enamoró de la luna, Tom Spanbauer

 El antiComentario
 
 

Termino de leer esta grandísima, también extensísima, novela de Tom Spanbauer (Pocatello, Idaho –USA-, 1946) y aun ando dándole vueltas –y así estaré durante un tiempo a buen seguro- de comprender, exactamente, lo que acabo de interiorizar y si es esa clase de literatura peligrosa que aseguran que es –término acuñado por el propio autor sobre el modo de escritura minimalista y sincera que explora temas que al escritor le dan miedo, vergüenza o preocupación- resulta verdaderamente sincera o forma parte de una creación literaria en sí misma a la que han bautizado de manera bastante comercial para llamar la atención de algún modo o manera, no puedo evitar hallar cierto paralelismo entre esta especie de natural tendencia a la auto-psicología sencilla y directa con los inicios para el cine del movimiento DOGMA 95 y en lo que resultó convirtiéndose al final, Lars Von Trier mediante. No tengo muy claro, le daré otro repaso con más tranquilidad.
Pre P.D. -No seguir leyendo ánimas inocentes y puras porque voy a utilizar un lenguaje –quizás soez, libertino, sexual o vaya usted a saber- que puede herir la sensibilidad de algunos lectores porque creo que es necesario para anticomentar tan sexual historia de amor o no.-
Novela de instintos sexuales sin domesticar pero, en ocasiones, más tántricos que la vida sexual de Sting (ex-cantante de Police que asegura poder copular vía espiritual durante 24 horas sin descanso lo imagino polvo vía wïfi pero dando la contraseña que no sea larga por Dios, amén y algún dígito alfanumérico más) con lenguaje rítmico y jugoso como pocos “berdaje –transexual bisexual y a tope de sexual” “Mueve mueve –o follar de modo energético rollo Red Bull que te da alas sin perder demasiado karma en la eyaculación si se produce, que no debiera o debiese, pero que no es aconsejable el retraerse no ya por el dolor testicular que produce si no porque los médicos especialistas en la materia lo desaconsejan en un 99% de las situaciones, un pasito pa’lante María, un pasito pa’trás”, un juego de simulación y trampa o engaño con nombre de pájaro que se llama teruteru, un bicho que aparenta tener un ala rota para proteger el nido y cuyo horrendo grito pronostica la lluvia, un personaje que se llama Afuera en el Cobertizo, Cobertizo para los amigos el berdaje en cuestión indio para más señas en busca de su padre; una puta sabia y alcaldesa Ida Richelieu, una puta joven Alma Hatch que seguro que su lluvia dorada huele a rosas sin espinas y un puto romántico, Dellwood Barker, que se enamora de la luna pero que cuidado con el ojo con el que te mira, y no por lo del mal de ojo, ni porque sea tuerto, ni por lo de la paja en el propio –aunque para jugárnosla al erótico lenguaje nos vendría ni que al pelo-, si no que asegura que el ojo izquierdo es el del alma y el derecho solo se encuentra con lo que queremos ver que, a la postre, nunca se sabe si es realidad o todo lo contrario. Decir que el romanticismo selenita de Dellwood queda mancillado por la penetración profunda –no tántrica, que tampoco es tonto del todo el vaquero de ojos verdes que el frote hace el cariño- del berdaje de nombre Cobertizo que buscando a su padre encuentra una foto de su madre donde no debiera entre erección y paseo lunar y no precisamente el Moon Walker de Michael Jackson… ahí lo dejo, hasta ahí puedo leer.
Novela de cuatro encantadores, tiernos, melancólicos y hasta adorables jinetes del Apocalipsis –Cobertizo, Dellwood, Alma e Ida-, la historia de Spanbauer no deja de ser un western crepuscular de personajes heridos de algún modo, soñadores de alguna manera y esperanzados de todas ellas donde las metáforas, las erecciones, las eyaculaciones, las frases filosóficas y hasta el cielo iluminado se entremezclan con el diablo y lo que este es y deja de ser en el hombre mismo.
Un romanticismo diferente para una historia que se desarrolla en un lugar que se llama Excellent (Idaho) donde el pesimismo es parte del licor de unos personajes terriblemente sinceros, perdedores consentidos, poéticos, emocionantes, imperfectos, reales, tan exagerados como la misma vida en una localidad repleta de sexo, de racismo, de barajas de cartas, de mormones, de rituales, de música, de razas, de miseria, de amor, de sorpresas, de padres, de madres, de follar mucho, más, bien y mal, de demonios, de corazones que continúan latiendo como sería el sonido de la luna si esta hablara, pero sobre todo encontramos en toda esta prosa tan precisa, cadente, literaria y mágica un canto a la intolerancia vital, a la lucha por sobrevivir a los cánones, a las reglas, a las costumbres, a ese telón que deja caer la vida tantas veces para enmascarar otra clase de vida tan válida o más que aquella sujeta a las instrucciones establecidas como correctas por una sociedad tan hipócrita como fanática.
Mezcla perfecta de filosofía, atrevimiento, diversión y aventuras sin descanso, El hombre que se enamoró de la luna abre una muy buena lectura –y tertulia- sobre la libertad sexual, sobre romper tabúes, sobre enamorarse de casi todo lo posible sin que un amor levante vallas sobre otro ni pueda evitar compartirse, sobre la inevitable atracción sexual sin sentirse culpable de ningún modo ni en ningún contexto pero ante todo la obra se erige, o erecta, como ley universal del respeto, del respeto de cada uno de los personajes no ya sobre ellos mismos y sus decisiones –acertadas o erróneas- si no del respeto de cada uno sobre el resto de protagonistas de esta historia de vaqueros, de putas, de follar, de erecciones, eyaculaciones, de todo el amor del mundo, de familias, de misticismos y de la luna con su lenguaje del corazón, de latidos, de pulsos de un modo u otro sobre esta sociedad que crea reglas estúpidas tan solo por el miedo que da atreverse a vivir la vida.
Recomendable sin lugar a dudas para mentes abiertas y con capacidad para abrir puertas, derribar muros y creer que la luna, los sueños, están dentro de nosotros mismos porque son el latido de nuestros corazones como un círculo que no debe de dejar de rodar por todos los caminos posibles y hasta por los imposibles.
Como siempre trato de acercar la obra a una canción, a un tema con el que podría ambientarla, en esta ocasión me quedo con Rosa de los vientos, del grupazo madrileño de Rock and Roll La Frontera. Canción de búsquedas sin descanso.
Disfruten de la obra y del temazo, hasta el anticomentario que viene si es que lo hay.

Bruno Francés Giménez
Escritor