Anthony Goicolea portfolio

Anthony Goicolea
// 17/01/2017
anthony goicolea

 
 
 

Los niños terribles

 
 

En una suerte de autorretratos, Anthony Goicolea, utiliza su propia imagen, que a menudo llega a multiplicar, para conformar una serie de ficciones, manipuladas digitalmente, que suceden dentro de decorados de colegios privados, donde se nos muestra una legión de muchachos, aparentemente clonados, que confieren a las imágenes un aire de sorpresa y del misterio que rodea a las películas de niños siniestros como Los niños de Brasil de Franklin Schaffer (1978), El pueblo de los malditos de John Carpenter (1995) e incluso los de la película española ¿Quién puede matar a un niño? de Ibañez Serrador (1976). El artista ha creado otro ejercito de niños indignos tan tenebrosos o más que los que aparecen en estos films, aunque dotados de una extraña sutileza. Dedicados a una insólita vida escolar, los niños de Goicolea, realizan acciones, frías en apariencia, a pesar de encerrar cierta maldad, que nos resultan sorprendentes plásticamente, como asimismo, por encerrar misterios que parecen suceder únicamente en la infancia y que exploran las pulsiones de la sexualidad adolescente con evidentes formas homosexuales. Imágenes de sus primeras producciones que han recorrido el mundo y le han dado reconocimiento internacional.
De origen cubano, nacido en Atlanta en 1971, educado en la Universidad de Georgia, donde estudió pintura, fotografía y escultura, a mitad de los noventa se marcha a vivir a Nueva York donde comienza su carrera. A pesar de tener multitud de figuras en cada una de sus imágenes, se trata, en realidad de autorretratos de gran complejidad temática y de realización, en la que todo sucede con naturalidad, como si fueran acciones cotidianas que cualquiera pudiera realizar, usando la arquitectura del cuerpo humano para construir paisajes que crean mundos implicados en lo naturalmente fantástico.
Se ha dicho ya que la obra de Cyndy Sherman podría ser una influencia, ya que ambos tratan el tema del autorretrato, poniendo énfasis en las narraciones de carga sexual, aunque visualmente son muy personales, cada uno trabaja con caracteres propios. Sobre todo se ve esta influencia en su primera serie, Faire tales (1997), pues través de 26 piezas en blanco y negro, se convierte en diferentes personajes de cuentos populares, utilizando un discurso de insinuaciones de sospechas y deseos ocultos. Lo realmente inspirador en la obra de Anthony Goicolea es el trabajo que realiza el fotógrafo francés Bernard Faucon (1950), a través de piezas que funcionan a modo de tableaux vivants. A pesar de estas referencias, Goicolea construye un lenguaje visual propio, donde aparecen las extrañas cuitas de adolescentes que pululan dentro de un universo obsesivo, donde se exploran temas como la nostalgia y la memoria, la identidad y la sexualidad.
 


 

Ha realizado innumerables exposiciones en salas públicas y privadas como el Museo de Arte de Brooklyn, Museo Guggenheim, MOMA, Museo Whitney, en Nueva York. Así mismo expone en museos, centros de arte y galerías de Europa y Asia; en nuestro país lo tuvimos en la Galería Luis Adelantado de Valencia, Fabien Frins Gallery de Marbella, Galeria Senda, Barcelona y La Casa de América en Madrid, entre otras.
Con maneras propias, su serie de paisajes parece beber de la fuente del artista italiano Giovanni Segantini (1858-1899) donde aparecen así mismo ciertos caracteres con una inevitable simbología que le aproxima a otros pintores simbolistas como Casper David Friedrich (1974-1840). Aunque no haya sido consciente de ello en el momento de crearlas.
En los últimos años parece haber abandonado la fotografía para pintar con acrílico y grafito, pero sus obras continúan siguiendo la estela de lo inquietante, sus figuras resultan todavía más siniestras y sombrías con el trazo del lápiz.

Pepe Calvo/2016
 
 


 

 

 
 
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