Artículos
// 13/05/2019

AMOR EN CONSERVA

EL CREPÚSCULO DE LOS VAMPIROS

“La ventaja que tienen los vampiros para actuar con impunidad, consiste en divulgar la negación de su existencia”. Este era, más o menos, el eslogan que lucía la faja publicitaria de una vieja edición del “Drácula” de Stoker o la de “Carmilla” de Le Fanu. Enorme verdad. Porque los vampiros habitan la desolación de la noche desde tiempo inmemorial. Al menos en la mente de muchos lectores y no menos cinéfilos. A veces, cuando el sol es ya solo un recuerdo lejano del día, se cuelan en la casa con el rostro alunado de Bela Lugosi y pasan de puntillas sin dejar una huella en los espejos. Otras, desdentados y ruines, sombras de Murneau, con la capa apolillada, mueven las cortinas del salón y dejan un tufo desagradable a murciélago chamuscado. O, malignos y viriles, con las comisuras ensangrentadas, y un aire ligero a Christopher Lee o Gary Oldman, se filtran hasta las alcobas para inocular la eternidad, en forma de beso apasionado, a las doncellas de la familia. Porque existir, existen. Están ahí. No lo duden. Pueblan nuestros sueños. Encarnan toda una filosofía sobre la inmortalidad y el otro tiempo, ese que discurre paralelo a los trabajos alienantes de la vigilia.

Jim Jarmusch, cuyo cine ido ha creciendo en todas las dimensiones de la creatividad, la belleza y la inteligencia, nos ha dejado su testamento vampírico en una película que consigo ver tras vencer muchos prejuicios en torno a los excesos de hemoglobina y tintes gore que han ensuciado este tipo de cine: “Solo los amantes sobreviven” (2013). Una película que es un poema nocturno y elegante sobre una pareja de vampiros que se aman desde los albores de la Edad Media y, que habitando a uno y otro lado del mundo, aburridos del amor, entregados a la pasión por la literatura, ella, y por la música él, deciden encontrarse de nuevo para tratar de paliar el tedio y el ensimismamiento que provoca el paso de los siglos. Un poema simbólico, con muchas lecturas, que discurre en los mágicos escenarios del Tánger de Paul Bowles y su mitología de droga y transgresión, y las ruinas fantasmagóricas de Detroit, con su poder evocador en torno a esas épocas de decadencia, final o fermento de las civilizaciones,  que provocan los ciclos de la Historia.

Jarmusch, como hiciera en “Dead man” (1995), subvirtiendo el género del western, o en “Ghost dog: the way of the samurái” (1999), haciendo lo propio con la épica silenciosa del samurái,  pasada por el tamiz del “noir” a lo J. P. Melville, da un giro radical al tema del vampirismo, recurriendo a un apabullante sentido común o al más claro recurso de la lógica. Como el cronista no es amigo de destripar los sorprendentes hallazgos de este filme, a cuantos todavía no lo conozcan, solo puede limitarse a comentar que se fundamentan en algunos de los efectos que provoca la vida perdurable: una enorme sabiduría, un refinamiento en los hábitos alimenticios y un número muy reducido de congéneres, seleccionados por el paso de los siglos. Una mirada darwinista a los señores de las tinieblas.  Si magistral es el hallazgo de convertir a John Hurt en el dramaturgo isabelino Christopher Marlowe, como amigo de la pareja protagonista del filme -espléndidos, Tilda Swinton y Tom Hiddleston-  lo mismo ocurre con la introducción de la ”vampira que no tocó el timbre” -Mía Wasikowska- levantando el ritmo de una historia melancólica que concluye implantando una emotiva flor escarlata en nuestros corazones: la canción de Yasmine Hamdam ascendiendo por la noche perfumada de Tanger. Una trampa sutil para que dejemos abierta la ventana. No lo hagan si no están bien provistos de libros, de música, de películas para afrontar algo más de la eternidad y un día.

Categories
Artículos, Cine