Bruno Francés
// 07/03/2017
John Fowles

 
 
 

El mago de John Fowles
El anticomentario por Bruno Francés

 

Cuando una obra es publicada en 1965 pero de la que tan solo se puede disponer una edición, revisada por el autor, que data de 1977 la cosa ya sabes que muy normal no va a ser. Si a esto le añadimos que parece beber de las teorías psicológicas de Jung, el tipo que dejó tirado a Freud, por evidente cuestión de sexo, pero que se sacó de la manga aquello del inconsciente colectivo que es algo así como decir que no hay persona en la tierra que no sepa lo que es una Coca-Cola en bote y que, a pie juntillas, lo sabían los del paleolítico, incluso la light sin cafeína con limón y hielo por favor, pues ya la cosa empieza a liarse parda.
Si luego le metemos a los nazis, al marqués de Sade, Grecia con sus oscuros Teseos, Ariadnas y Minotauros, laberintos en todos los sentidos –y aún no estaban enfrascados en lo del rescate económico-, el dandismo pijotero de Oxford, el esoterismo, el erotismo, un tipo que se llama Conchis y un título manuscrito original que era The Godgame (El juego divino) pues ya cogemos la Coca-Cola, el hielo, el limón y le echamos una chorrada del mejor whisky que encontremos porque se nos va a ir la pinza sí o sí.
La primera imagen que se me viene a la cabeza cuando acabo de leer la obra en cuestión es la portada del Lp Dangerous de Michael Jackson ejecutada por el gran Mark Ryden, escuchando el oscuro temazo de The Cure Lullaby (en verdad es una nana con telarañas) y tratando de pasar de rosca algún tornillo de alguna parte de la jodida casa. Puta locura sin piedad.
Decir que no me he enterado de nada es como decir que me he enterado de todo. ¿Lo han entendido? ¿Sí, no, tal vez, no sabe no contesta? Pues de eso va la maravillosa obra de Flowes (Leigh-on-Sea, Essex, 1926 – Lyme Regis, Dorset, 2005), novelista y ensayista británico, del libre albedrío sin terminar de serlo. Y no se la pierdan porque nunca la mente humana estuvo tan bien descrita, diseccionada y pulverizada. Agarren un cerebro, macháquenlo, conviértanlo en polvos de talco, luego esnífenlo y ahí tienen la obra.
Una obra mayúscula pero que se me antoja filosófica. Trata de desmontar que hay un dios universal y nos convierte a todos en víctimas, casi pecadores, por no formar parte de manera activa, en muchos aspectos, de las situaciones de nuestra propia vida; pero eso jugando el tal Conchis a ser una especie de divinidad rollo director de teatro (me lo imagino como Chicho Ibáñez Serrador esperando sacar la Ruperta riendo a mandíbula batiente del sufrimiento/disfrute de los concursantes), sobre todo, de un tipo llamado Nicholas Urfe, que es un inglesito que deja Inglaterra para ser profesor de una escuela británica en Grecia y eso sin contar que le han roto el corazón por lo que se encuentra emocionalmente comprometido con el caos y, ya se sabe, si al caos le metes sexo, locura, venganza mental, le das un látigo y lo subes a un tiovivo de juegos y secretos, ya solo te falta la piñata para sacudir el interior y sacar lo más dulce de ti. Luego coges las velas del cumpleaños y en lugar de soplarlas las utilizas para darle gusto a las maneras del marqué de Sade y ya tienes la fiesta completa.
No les he dicho que el Conchis es el Mago del título, de nombre Maurice de pronunciación erótica, fálica y francesa claro, que tiene un pedazo de Villa para seducir a Nicholas y volverlo majara, o no, porque a esta obra a medio camino entre el thriller, la narración gótica, filosófica, erótica, educativa, solo le faltan las pipas para morderlas, chuparlas, masticarlas y dejar la sal en las heridas de la mente porque, de eso se trata básicamente, de una novela que conjuga la lógica, ilógica, la tortura, la conciencia, el azar, la libertad, la poesía, el sadismo, la decisión, la indecisión, la burla, la sabiduría, el cinismo, la conciencia, la inconsciencia, genialidad, locura, la filosofía, la erótica, la reflexión, introspección, lo que se lee, lo que se intuye, lo que crees intuir o lo que crees que has leído. Y si encima te atreves a decir que lo has entendido el orgasmo es apoteósico. Una obra de mirarse hacia dentro con el miedo que da observarse demasiado y encontrar, allí, rincones que creías olvidados o sombras que pensabas alumbradas.
El uso de la realidad y el sueño como la irrefrenable seducción de dos gemelas que turban la frontera de la psique a merced de un tirano, o déspota, o un ser con poderes sobrenaturales capaz de conjugar, con absoluta maestría, todos los verbos de lo que entendemos por razón hasta convertirla en una locura que se ansía mucho más que la propia cordura. El mago es una rueda mental que no deja de dar vueltas por los límites del pensamiento descubriendo, en cada giro, que quizás nunca seremos, ni más ni menos, que lo que ya somos. A veces apabullante, a veces artificiosa, cruel y siempre interesante e hipnótica, El mago de Flowes, se exhibe como una gigantesca telaraña a la vista de todos. Perfecta y simétrica en su concepción, con hilos que tensan la emoción y con esos agujeros de, aparente, liberación que no son más que ventanas de caída libre contra el suelo, eso sí, siempre, como si todo sucediera al azar. Novela de misterio y de máscara que va más allá de lo puramente literario. Te comes el tarro a base de bien como si cada pensamiento fuera el momento decisivo de la obra. Por cierto también está la versión cinematográfica (The Magus, Guy Green, 1968) que él mismo adaptó y sale Michael Caine que sale en casi todas las pelis de obras de culto de la época para terminar de mayordomo de Batman y Anthony Quinn que le pilló el gusto a lo griego y se puso con lo de Zorba y a bailar una sardana griega pero sardana al fin y al cabo. Dicen que la película no está mal pero que fue infravalorada en su momento. Yo no he tenido el placer.
Lo dicho, novelón de los imprescindibles para amantes de tramas enjauladas que, por mucho se abra la puerta de par en par, se resisten a escapar más allá del alambre que la sostiene como si la propia prisión interior fuera, irónicamente, la verdadera libertad que merecemos. Hasta el próximo anticomentario si es que lo hay.

Bruno Francés
Escritor
 
 

John Fowles