Rauschemberg fotógrafo

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// 13/12/2016

 
 
 

Robert Rauschenberg pasea por las calles de Venecia, por su gran plaza, delante de su extraña catedral, mezcla de oriente y occidente. Todo es bello en esta ciudad de oro, de agua y de tiempos pasados que no cesan. Venecia habla antiguo, quizás más que ninguna otra ciudad, más que Florencia, incluso que Siena. Pero eso no le importa a Rauschenberg, que disfruta curioseando por sus calles llenas de historia, por sus pequeños establecimientos que ocupan y crean la vida íntima de esas calles de la ciudad, la historia de las generaciones que las han habitado. Sus escaparates, sus vitrales, que rebotan la luz hacia esa agua encharcada que reina en sus bellos canales. Rauschenberg va con su cámara recién comprada en un establecimiento donde hablaban en inglés. Cosa no tan rara en esta ciudad turística y excepcional. Ya tiene en sus manos una Pentax, una cámara que hace años quiso comprar por sus características, una réflex con una óptica Takumar, seguramente una de las mejores, hechas fuera de Europa, en Japón. Pasea solo, pues se ha levantado muy temprano, no podía dormir, el día anterior le habían dado el gran Premio de pintura de la Bienale de Venecia, 1964, y todavía no se lo cree.
El periplo había sido largo desde su trabajo en Nueva York hasta verse aquí, premiado, muchos avatares para ser elegido, para que al final, todo se pusiera de su parte. Leo Castelli había jugado fuerte para imponer a su artista, y el jurado formado por artistas y expertos de todo el mundo del arte en América decidió que fuera él, después de muchos debates sobre lo que en aquel tiempo se consideraba arte y lo que debía ser priorizado como arte contemporáneo frente a códigos que ya parecían más antiguos, más asimilados. Aquello costó largos meses de deliberaciones y de encuestas, América reclamaba para sí un premio importante, se había situado ante la supremacía de Europa con los grandes éxitos de Pollock y de De Kooning, pero Rauschenberg representaba otra cosa, sus combinated de material de deshecho, encontrado en sus paseos por los barrios de Nueva York, formaba parte de su obra pictórica, y revolucionaba todo. La famosa cabra disecada supuso un hito en las exposiciones en la gran manzana, el escándalo fue mayúsculo, pero era lo que la sociedad culta y la crítica reclamaban, un nuevo paso hacia la figuración ante el cansancio de la abstracción, los guiños hacia la sociedad de masas y su pathos, representado por los productos populares, Warhol dixit.
En ese paseo por las calles de Venecia, Robert descubre algunas tiendas donde se venden piezas antiguas, porcelanas, vidrios, lámparas, fotos amarillentas en pequeños marcos, botellas, juguetes, etc. Todo un mundo lleno de referencias de la vida en Italia, con todo lo que significa lo que cada uno va recogiendo, atesorando, en su ambiente, para después malvenderlo en estas tiendas de segunda mano. Mirando por el cristal, observando desde la calle su interior, los reflejos le impiden ver los objetos, la escenografía, con claridad. Se va moviendo y cambiando de sitio hasta perder ese reflejo molesto, y, desde ahí, Robert coge su cámara y realiza la primera fotografía, luego prueba otros ángulos hasta terminar el carrete. Con pasión, busca una tienda de fotografía para comprar otros carretes. ¡Veinte!, le pide al asombrado dependiente. Coloca uno y sale por las calles en busca de esos escaparates que le devuelven su imagen pero que dan testimonio de sus piezas en el interior de la tienda… A partir de ahora este será el trabajo que más le ilusiona, cada vez que se encuentre en las calles de una ciudad como París, Roma, Londres, más tarde, en su Nueva York. Retratando las fachadas de madera pintada con letreros y sus escaparates repletos de objetos, llenos de historia. Estas imágenes se convierten en una obsesión en Rauschemberg. Esta acumulación y las transparencias a través del cristal le incitan a una representación de lo aparentemente caduco, lo que carece de vida. Pero Robert adivina que esta obsesión es dar vida, nueva vida a estos objetos, abandonados por sus dueños, pero que pueden servir para otros que admiren sus valores como objetos cálidos que vuelven a tener vida propia. De momento estas imágenes son, para Robert, una secuencia de su obra plástica, objetos que toman fuerza en otro contexto distinto al que han vivido hasta entonces. Así, con ello, busca recuperar el espacio, determinar cuál puede ser su valor. En principio la acumulación, el collage, el combinated, está servido. Qué más da que sea en una imagen fotográfica. Este paso desde la instalación, la escultura, la pintura, el combinated de objetos, hacia otra técnica como la fotografía aumenta su visión del mundo y, al mismo tiempo, le da valor a su proceso creativo, a su forma de ver el arte. Plantea una recuperación de los objetos más diversos, les da una oportunidad para seguir existiendo, más allá de su momento histórico, para seguir siendo él mismo, Robert Rauschenberg, en definitiva, un artista contemporáneo.

Eduardo Lastres
Artista
www.eduardolastres.com
 
 


 

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