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// 14/12/2020

El beso francés

París es un teatro enorme, lleno de historias y personajes, y allí, Robert Doisneau descubrió la manera de contar su propio relato de tramas sencillas, encuadradas en composiciones a través de una mirada delicada y lírica.

Las calles y plazas de París, sus jardines, mercados y museos han sido inmortalizados por las lentes de artistas como Eugéne Atget, Willy Ronis, Brassaï, Andres Kertész, Cartier-Bresson y el propio Doisneau a quién no le interesaba crear nada relevante e incluso no sabía de la existencia de los fotógrafos mencionados. En realidad, no conocía a ningún fotógrafo destacado cuando comenzó su andadura con la cámara en esos largos paseos, motivados únicamente por la necesidad de realizar un trabajo simple, sin ninguna trascendencia: fotografiar la vida confirmando el universo cotidiano que tanto amaba; consideraba la calle como el lugar donde pasan las cosas que realmente importan.

Hijo de una familia humilde, lo que realmente le atraía era el París de los callejones y la gente de los suburbios.

Nació en Gentilly, una localidad marginal al sur de París, en 1912, hijo de un fontanero y de un ama de casa. De forma autodidacta empezó a realizar sus primeras fotografías en 1929.

Tengo 17 años, soy delgado y voy mal vestido. Trabajo en una profesión sin futuro. El decorado que me rodea es absurdo y al enseñar mis fotos a mis amigos opinan que es película tirada a la basura. Pero me da igual, no me rendiré; quizá algún día alguien encontrará en mis imágenes una rebeldía llena de sarcasmo.

A pesar de esto, su tío que era el alcalde de Gentilly, le encargó un reportaje sobre el pueblo, lo que le permitió, con el dinero que ganó, comprarse la Rolleiflex 6×6 con la que realizó sus primeras imágenes célebres antes de acceder a la Leica soñada.

A finales de los años cuarenta realiza fotos publicitarias para Simca y Renault, creando imágenes con una visión futurista, nunca vista hasta entonces.

En 1949 es contratado por la sofisticada revista Vogue y se dedica a tiempo completo a la fotografía de modas. Otro de sus cometidos era retratar a la alta sociedad parisina, así tuvo acceso a la aristocracia más poderosa, lo que no le hacía demasiado feliz, para mí, estar entre ellos suponía traicionar a los de mi clase.

Su modo de ver presenta muchas similitudes con los citados Cartier-Bresson y Willy Ronnis, con los que forma el triunvirato fundador de la fotografía humanista, a la que podemos calificar como un subgénero de la fotografía documentalista.

Cuando su celebridad llega hasta la revista americana Life, es el encargado de realizar un reportaje sobre los enamorados de París en la posguerra, que llevaba como título “París y el amor”; de ese trabajo salió una de sus fotografías más célebres “Le baiser de l´Hotel de Ville” qué, aunque no tuvo excesivo protagonismo entre los artículos de la edición, fue redescubierta en 1980 cuando se hicieron infinidad de reproducciones en posters que se vendieron como churros en todo el planeta. Pero… ¿cuánta espontaneidad existe en esta pretendida instantánea del romántico beso junto al ayuntamiento parisién? Es lo que los fans de la imagen se preguntaban, Doisneau no lo ocultó y confesó que había contratado a dos actores que eran pareja a los que hizo besarse varias veces delante del edifico hasta conseguir la composición deseada. Fue una imagen ensayada pero el amor que sentían era real. Algunos años mas tarde, Annette Doisneau, su hija, cuenta que la revista Life le había advertido: Nada de fotografiar a paseantes, hay que evitar problemas judiciales. No obstante, sí los tuvieron.
Esta imagen se convirtió en un icono, la culminación de su carrera, pero también en una polémica historia con juicio incluido, motivado por la denuncia de los modelos, que querían sacar tajada de los derechos de imagen por las innumerables ventas que atesoraba la foto, no olvidemos de que se trata de la fotografía más vendida de la historia. Los últimos años de la vida de mi padre -sigue comentando Annette- fueron muy tristes por este proceso, la maldición le persiguió a causa de esta imagen, fue muy negativo para él, que murió sin conocer la resolución de la causa. Un año después de su deceso en 1994, la justicia dio la razón al fotógrafo.

Para un reportero como Doisneau, el oportuno momento de apretar el obturador y conseguir la mejor foto que ofrece la escena, ese instante decisivo era muy acorde con el planteamiento y modo de actuación de Henri Cartier-Bresson, que era el padre del reportaje, cofundador de la legendaria Agencia Magnum, a cuyas filas incorporó al fotógrafo de los célebres besos parisinos.

Siempre fotografió en blanco y negro a excepción de ciertos trabajos, como una serie que realizó para la revista americana Fortune en 1960. Un encargo de reportaje en Palm Springs, fotografiando su ambiente y su gente. Poco después, Pérez Siquier (Almería, 1930), realizó un proyecto similar, dejando su propia impronta, en la costa andaluza. Ya en la primera década del nuevo siglo, Martin Parr (Surrey, Reino Unido, 1952) da una visión personal del mismo asunto, en Benidorm (Alicante).

Era ya muy popular cuando en los años setenta comenzó a ser reivindicado como uno de los más importantes fotógrafos universales, los grandes museos del mundo le abrieron sus puertas; ya había tenido el privilegio de haber sido seleccionado para participar en la exposición más célebre de todos los tiempos The family of man que tuvo lugar en el MOMA de Nueva York, en 1955, comisaríada por Edward Steichen. Robert Doisneau, autor de cerca de quinientos mil negativos, es una figura clave de la fotografía universal. Autor de numerosos libros, se consagró con infinidad de importantes premios; maestro de la fotografía narrativa, sus imágenes muestran una deliciosa complicidad entre el fotógrafo y los ocasionales modelos, con imágenes que forman parte del imaginario colectivo del siglo XX. Después de todo nada es más subjetivo que el propio objetivo de la cámara. Nunca mostramos las cosas como “realmente” son.

Pepe Calvo, 2020
Editor de Hünter Art Magazine


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