Cine
// 09/11/2020

Primer plano de unas manos manipulando un enorme reloj atado a varios cartuchos de dinamita. El dueño de las manos comienza a correr proyectando su sombra en la pared hasta alcanzar un coche aparcado en el que coloca la bomba de relojería. Una pareja monta instantes después en el coche, se pone en marcha y va recorriendo lo que parece ser una pequeña localidad fronteriza. Gente que cruza la calle, que pasea, carritos de venta ambulante. El coche se detiene en la frontera de EE.UU y México al mismo tiempo que otra pareja de viandantes con la que los guardias inician una charla. El coche reanuda la marcha cruzando al otro lado mientras continúa dicha conversación. Instantes después, el estruendo de una explosión.

En total, tres minutos y medio. Pero no de cualquier forma. Tres minutos y medio de movimiento EN UN SOLO PLANO. Sin cortes.

Este prodigioso inicio no es sino el aperitivo de lo que viene. Una sucesión de escenas en las que Orson Welles se consolida como un radical defensor de la forma. Welles no centra su visión en el fondo del asunto, sino que llega a él a través de la sabia utilización de los elementos formales.

Los encuadres de Welles son en algunas escenas una cuestión moral, y en otras el cristalino reflejo de la tensión de la situación. Nada es casualidad en la puesta en escena de “SED DE MAL”, abigarrada, barroca, asfixiante, extenuante, excesiva…

Welles no da un respiro y encadena escenas en las que da ritmo y fluidez al relato a través de decisiones de cámara magistrales aunque carentes de toda sutileza. Welles se está gustando, se exhibe sin ningún pudor, pero no traiciona el espíritu de la narración. La forma se ajusta como un guante al infernal clima del relato.

La escena del registro-interrogatorio-enfrentamiento en que vemos de lo que es capaz el Quinlan interpretado por Welles es de un virtuosismo muy difícil de lograr. Son los personajes los que entran y salen de plano. Todos hablan, se pisan los diálogos (al igual que sucede en la vida real) y aun así todo se entiende, moviendo el director la cámara sólo cuando es necesario para introducir un nuevo elemento que haga avanzar la narración. La cámara aplasta literalmente a los personajes creando una olla a presión que no hace más que aumentar la temperatura del relato a la par que avanza la investigación. Los personajes deambulan en un devenir que tiene un poso realista que se contrapone al expresionismo que Welles crea con la cámara.

Welles nos cuenta la eterna historia del bien y el mal. Pero no sólo con el guion (basado en una novela de escasa relevancia). Nos la cuenta con la cámara. Soy un firme defensor de la puesta en escena invisible. De la cámara que “no se nota”. Welles está en las antípodas: él hace ostensible el artificio. Pero asumo sin remordimientos mis contradicciones, ya que lo hace con un sentido tan inequívocamente cinematográfico y ajustado a lo que narra que no cabe más que levantarme y aplaudir por esta vez una manera de hacer de la que siempre he despotricado.

La posibilidad de ver hoy “SED DE MAL” se debe a dos factores decisivos. En primer lugar, el empeño de Charlton Heston por sacar el proyecto adelante con Orson Welles de director. Heston estaba en ese momento en la cresta de la ola y demostró un inusitado arrojo (quizá amparado en ese estatus) al defender con uñas y dientes que salieran adelante proyectos como éste o como el “Mayor Dundee” del también díscolo Sam Peckinpah.

En segundo lugar, la rápida respuesta de Welles a la alteración por la productora de su montaje (la redundante pesadilla wellesiana): redactó un memorándum de 58 páginas rogando a los estudios que siguieran las indicaciones en él contenidas para montar la película tal y como Welles la quería.

Décadas después, y gracias a que Heston guardó una copia de este informe, se restauró la película, reestrenándola en los cines en 1998 tal y como Welles la concibió.

Obra de una fuerza sin parangón, “SED DE MAL” permanece como el canto de cisne del cine negro, a la vez cumbre del género y glorioso cierre del mismo.

Una absoluta obra maestra.

Paco Sepúlveda
Crítico cinematográfico


Categories
Cine, Paco Sepúlveda