Bruno Francés
// 18/07/2020

Música para camaleones.
Truman Capote.

Que en mi vida me he visto en tal aprieto, rezaba el segundo verso del magistral Lope de Vega en “Un soneto me manda hacer Violante”, pues con Música para camaleones (1980) del no menos magistral Truman Capote me he sentido de tal guisa a la hora de atreverme a escribir este anticomentario de una suerte de puzzle de, al parecer, gente sin suerte.

Una rapidísima mirada al autor, Truman Streckfus Persons (Nueva Orleans, 1924 -Los Ángeles, 1984) agarra el apellido Capote del segundo marido de su madre, un coronel canario que residía en Cuba. A las famosísimas Desayuno en Tiffany’s (1958)y A sangre fría (1966) (una de las primeras en crear el término de Novela de No Ficción) hay que añadir Otras voces, otros ámbitos (1948), una de las primeras novelas donde se plantea de modo abierto el tema de la homosexualidad.

Amigo de sus amigos, una de su inseparable fue Harper Lee autora de Matar a un ruiseñor (1960), de ella nació el personaje de Idabel de Otras voces, otros ámbitos y le gustaba decir que él era uno de los personajes de Matar a un ruiseñor, uno de los que se encontraban en el juicio. Su gran carisma y personalidad lo llevó a tratar con lo más selecto de la aristocracia y alta sociedad neoyorkina.

Música para camaleones, dedicado a Tenesse Williams, es un libro de relatos dividido en tres partes; la que da lugar al título Música para camaleones que resguarda Música para camaleones, Mr. Jones; Una luz en la Ventana; Mojave; HospitalidadDeslumbramiento.

Una novela corta titulada Féretros tallados a mano, y una tercera parte Conversaciones y retratos que reúne siete piezas a cada cual más poderosa Un día de trabajo; Hola, desconocido; Jardines ocultos; Intrepidez; Luego, todo sucedió; Una hermosa niña y Vueltas nocturnas.  

Tratar de definir el estilo del libro de manera homogénea se me asemeja al hecho de acudir a la Sagrada Familia de Barcelona y tratar de no volverme loco con tanto estilo. Todo cuadra, sí, todo en teoría es del mismo autor, sí, todo es coloquial, descriptivo, sencillo, complejo, personal, único, auténtico, sí, todo sale de una misma experiencia, sí, todo es creación y madurez, sí; y en el fondo todo es diferente.

Un triángulo equilátero donde cada una de sus puntas dista de la otra, no se tocan nunca pero conforman el polígono perfecto. Eso es Música para camaleones.

Empezando por el tercer acto sus tesoros incluyen conversaciones con Marilyn de la que dice que lleva collares de piedras preciosas para que no se fijen en sus manos al parecer gordas y a la que describe como adorable criatura; con un miembro de la familia Manson enlazando el hecho con el corredor de la muerte y el sufrimiento de los personajes de A sangre fría; sus problemas con el alcohol y su amor por el Brandy; su rechazo al Mardi Gras o carnaval de Nueva Orleans; su reunión con un antiguo compañero de clase que respondió a un mensaje en una botella de una menor y que ha perdido todo menos el amor al whisky; una especie de Descalzos por el parque versión marihuana y una confesión donde el autor además de conversar con varios escritores expone su preocupación por terminar de expulsar odios, rencores, resentimientos del modo que sea, incluso por olvido, en virtud de una madurez a alcanzar; el título de esta última pieza final es en sí mismo todo un simbolismo de lo que encierra Vueltas nocturnas o experiencias sexuales de dos gemelos siameses.

El segundo acto lo conforma la novela corta Ataúdes tallados a mano (Relato real de un crimen americano); cuenta la historia de una serie de crímenes llevados a cabo por un tal Quinn que se cepilla a los miembros del jurado que, años a, habían votado contra él por las aguas de un río; el tal Quinn se dedica a enviarles por correo ataúdes en miniatura.

La prosa del autor sin margen, sin guiones y refiriéndose a los personajes tan solo por sus iniciales se centra en la investigación que realiza de un caso que queda impune gracias a “la mano de Dios” que no es otra que la del propio Quinn ironizando sobre su libertad.

Es una novela que bebe de las aguas, nunca mejor dicho, de A sangre fría recreándose en un género en el que se mueve como pez en el… agua, casi creado por él y en el que utiliza un lenguaje limpio y directo como queriendo jugar a esconder cualquier tipo de estilo concreto y que confluye, generalmente, entre paréntesis acerca del motivo por el que se le apartó de la investigación, una especie de metáfora de la desaparición de todo menos la propia acción del relato. Sencillamente maestro.

El primer acto de esta intensa obra está formada por seis piezas donde encontramos desde el deslumbramiento por una mujer maldita -la señora Ferguson- por engendrar un mulato pero que deslumbra por poseer poderes mágicos donde el autor busca que lo convierta en chica -bailadeslumbradeslumbra; la buena costumbre de dar suculentos almuerzos a los extranjeros en Alabama; el juego del amante como un aceptado remedio para el aburrimiento y, sobre todo, para consolar la pérdida de la atracción propia como referente social; una culta y lectora anciana amante de los gatos a los que gusta congelar una vez muertos; un juego de espías rusos con el señor Jones y, por supuesto, Música para camaleones.

Exquisita pieza desde el mismo título y a la que le valdría de igual modo Mozart para camaleones; una obra donde Capote saca a relucir su virtuosismo de periodista que juega con el diálogo incansable para mostrarnos una visión de la importancia que tienen para algunas personas la mezcla de sangre, el filo hilo del racismo enfundado en el cambio de color de unos camaleones que mutan su tono como protección contra, quizá, todo lo que no les es propio; todo ello envuelto en la música de Mozart como hipnosis de los animalitos y la evocación a las maravillas de Alicia en virtud de un espejo negro que, perteneció a Gauguin, y que sirve como sedante de la propia visión cansada de contemplar la realidad; lo negro, la oscuridad termina tornándose azul enigmático preparando un viaje que, al fin y al cabo, nunca se termina de emprender.

En esta escalada hacia la cumbre de una obra magnífica un prefacio que, en sí mismo, podría constituir una pieza como el resto; en esta introducción Capote nos cuenta cómo comenzó a las ocho años a escribir y cómo un maravilloso don concedido por Dios termina convirtiéndose en un látigo para autoflagelarse. El sufrimiento de darse cuenta que no es lo mismo algo bien hecho que arte, y el largo proceso de cuanto vivió y descubrió hasta alcanzar ese equilibrio entre arte y vida que, al parecer, nunca llega a encontrar. Y a sufrir que son dos días.

Obra pues minuciosa, milimétrica, sencillamente densa, fresca, profunda, fría, cruel, cálida, hermosa, nostálgica, de ganadores, de la belleza de los perdedores  y, sobre todo, de aprender a destilar el buen sabor de la vida ya sea con una victoria o con una derrota. Al fin todos somos de algún modo camaleones en algún momento de nuestras vidas.

Colores son amores. Hasta el próximo anticomentario, si es que lo hay.

Bruno Francés
Escritor