Literatura
// 15/06/2020

Sé que a ella le molesta que me pase las horas muertas observando expectante la actividad mínima de nuestras vecinas, dos hermanas viejísimas. Le cuesta comprender la fascinación que ejerce sobre mí lo viejo, lo que se acaba irremediablemente, el misterio de dos vidas prontas a consumirse, que se llevarán con ellas montones de vivencias, recuerdos, tiempo, tiempo…

     Pero no puedo evitarlo. Descuido los estudios por descubrir en ellas un gesto que signifique, por captar una palabra reveladora. Vana tarea, puesto que todos sus días son iguales: sus horarios, sus costumbres, que cumplen como un rito, con la seguridad de que de su cumplimiento depende su supervivencia. Un acontecimiento que lo alterara todo acabaría con ellas.

     Me sé sus días de memoria. Se levantan temprano, lo cual me obliga a madrugar, -esto es lo más duro-. Pero vale la pena, porque es por las mañanas cuando puedo observarlas en la plenitud de su vejez. Una de ellas, -seguramente la más presumida- se para ante el espejo del cuarto de baño, y es cuando la puedo ver mejor, dada la proximidad de nuestras ventanas. Se entristece al comprobar su propia vejez, como si esperara un milagro que hiciera retroceder el tiempo. Su deseo es tan fuerte, tan desmesurado que hace que olvide que el tiempo ni vuelve, ni tropieza. Se arregla con obstinación, se peina el pelo rubio teñido, se depila las inexistentes cejas, se pinta los labios de rojo, los parpados, que son un amasijo de arrugas, de un color indefinible. Cuando da por terminada su cotidiana tarea, sonríe complacida con su aspecto de muñeca grotesca. Bette Davis actuando solo para mí.

     Mientras tanto la otra prepara el desayuno, silenciosa, sin preocuparse de su aspecto, ni mirarse en el espejo, algo que no hace nunca. Lo primero que me llamó la atención fue comprobar que nunca se miran cara a cara, ni siquiera cuando intercambian unas pocas palabras. Me alegra pensar que mi minuciosa vigilancia no ha sido descubierta.

     Solo en una ocasión un suceso rompió la monotonía. Se trataba de una celebración: un aniversario, un cumpleaños, no pude enterarme bien. Después de tomarse un chocolate con pastas se sirvieron una copita de anís. La elaboración de la merienda, me recordó a las brujas de Macbeth, aunque fueran una menos. Después del anís, la hermana a la que veía todas las mañanas reconstruirse ante el espejo, decidió que se pondría un bonito vestido y cantaría algunas canciones, con la aprobación de la otra que aguardaba con los ojos brillantes por la excitación de la fiesta. Digno colofón a lo que había sido un gran día.

     Cuando apareció, más maquillada de lo habitual, -lo que parecía imposible-, no se podía imaginar que actuaba también para mí. Llevaba un vestido rojo con grandes flores blancas. No le debió quedar ni un solo abalorio por ponerse. Empezó haciendo pruebas de voz, cuando por fin empezó a cantar, con la voz rota, algo parecido a un cuplé. Su hermana palmoteaba feliz y se mordía los labios presa de un nerviosismo que yo, seguramente malinterpretaba, pues veía en ellas el convencimiento de que habían vencido al paso del tiempo, y que ese era el sentido de la ceremonia, rito, o lo que quisiera que fuera para ellas. El entusiasmo de la cantante se acrecentaba a medida que avanzaba su actuación. Mezclaba trozos de canciones, no terminaba ninguna, hacía grandes alardes de voz, y bruscos movimientos, segura de hallarse ante un auditorio que la adoraba.

     Mientras tanto el entusiasmo de la hermana espectadora había llegado al delirio, un golpe de tos hizo que la cantante se interrumpiera a mitad de canción, y fue en ese momento cuando reparó en su única espectadora, -sin contarme a mí-la miró con una dureza sorprendente, como descubriéndola por primera vez. Su alarido me pilló desprevenido, yo pensé que continuaría cantando. Pero solo gritaba poseída por una furia que no me esperaba: “¡No, tú mi único público, no!”

     La escena era tan melodramática, tan excesiva, que me hubiese reído de no ser por el temor y la indignación en los ojos de las dos hermanas. Me retiré de la ventana sorprendido, sin acabar de entender lo ocurrido. Para mí, perfecto espectador desde mi infancia, lo sucedido era una escena perfecta de Gran Guiñol.

     Hoy ha sucedido algo que me obliga a ser más precavido. Han admitido a un extraño como huésped, un joven estudiante, lo que acrecienta mi curiosidad.

II

     Es una lata tener que conformarme con esta casa lóbrega, hubiese preferido un colegio mayor, pero la situación económica de mis padres no da para tanto. Espero que las dos viejas no se metan demasiado en mis cosas. La rubia es muy divertida, con que ojos me miraba cuando tratábamos las condiciones de mi estancia en la casa; provocadora, parecía que quería seducirme. La otra es como una sombra, tan silenciosa. Lo que no me gusta nada es que de entrada ya me hallan mentido, me aseguraron que en la casa no vivía nadie más que ellas, pero a mí el otro día al salir del lavabo, me pareció ver a una mujer joven, muy guapa que atravesaba el pasillo. Al seguirla solo encontré a una de las hermanas que limpiaba minuciosamente el polvo de uno de sus muebles tan viejo como ellas. Cuando le pregunté, me contestó de mala manera que en la casa no había nadie más que nosotros tres. Yo estaba convencido de que mentía.

III

La presencia del huésped dificulta considerablemente mi vigilancia, ya que el temor a ser descubierto me impide espiar los momentos en que él está en la casa. De todas formas, he visto lo suficiente como para descubrir que la atmosfera de la casa resulta agobiante. Él no aguanta la presencia de las dos hermanas, se muestra esquivo y poco amable, aunque a ellas no parece importarles demasiado. Sobre todo, la rubia se muestra cariñosa con él, a veces le acaricia el pelo y le llama hijo y él no puede disimular una mueca de fastidio. Cada día se arregla más, si no fuera muy descabellado, pensaría que es para él. La otra hermana sigue igual, silenciosa e inescrutable como un misterio.

     Tengo miedo, miedo de esa mujer fantasmal, cuya presencia obsesionante me persigue. Las dos viejas insisten en que son imaginaciones mías. El otro día apareció a mi lado en el espejo del lavabo y después de comprobar que era bellísima, grité horrorizado. Las viejas me dijeron que no podíamos continuar así, que si seguía con esas manías se verían obligadas a prescindir de mí. No tengo a donde ir y este asunto me atrae y me repele con igual intensidad. A veces pienso si no me estaré volviendo loco.

     El aspecto del muchacho ha cambiado considerablemente desde que llegó. Está demacrado, parece enfermo. Ayer volvió borracho, dando trompicones, hasta que cayó mientras balbuceaba insultos. Las dos, como buenas samaritanas procedieron a auxiliarle, tendrían que darle a oler algo, pero ¿qué? Resolvieron que habría que acostarle. Previamente tendrían que quitarle la ropa, y era todo un espectáculo ver a las viejas manipular su cuerpo joven, casi con avaricia. Pero más interesante fue la escena del otro día. La rubia estaba viendo fotos y desgranando vehemente una letanía, de la que solo me llegaban retazos, palabras sueltas: primavera… juventud olvidada… flor truncada por el tiempo… Cuando apareció él y se abalanzó sobre una fotografía de una mujer muy guapa gritando: “¿Quién es? ¿Quién es? La mujer contestó asustada: “Soy yo cuando era joven. Cantaba, era muy famosa, todo el mundo me adoraba”. Él la interrumpió furioso gritando: “¡Mentira, mentira! Esa mujer vive en esta casa”. Ella indignada contestó: “Basta ya de tonterías, me ofende que digas que no soy yo, que esta mujer vive aquí con nosotros”.

     No pude continuar en mi lugar de observador, porque el muchacho se había colocado de tal forma que podía verme, pero pude oír que la discusión continuó por un tiempo.

IV

Todas las noches me visita, su presencia me embriaga como algo prohibido. Su cuerpo suave, su aroma cálido, sus besos, ¡Dios sus besos! Tengo la certeza de que le estoy entregando algo más que mi amor; pero no me importa. Se ha convertido en la razón de mi existencia, de la que seguramente se está apoderando. No me interesa nada que no sea ella.

     La noticia, aunque no tiene nada de sorprendente, me ha dejado helado: el huésped de mis vecinas ha muerto. Ya no las vigilaré nunca más. Incluso he pensado que debemos mudarnos, alejarnos de su presencia.

     Me he inventado montones de excusas, no tiene ningún sentido mi vigilancia, pero la verdad es que estoy horrorizado. Siento que algo maligno emana de ellas, de su aspecto de viejecitas indefensas, de sus vidas ordenadas. Hace un rato no he podido resistir la tentación de espiarlas, asegurándome a mí mismo que sería por última vez. Estaban sentadas hablando sobre la conveniencia de tomar un huésped.

Víctor Esteban
Escritor

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